sábado, 18 de diciembre de 2010

Vivir sin cole - Artículo en Última Hora Menorca


Christopher Paolini nunca fue a la escuela. Se pasaba el día viendo películas y leyendo libros. Entre los 15 y los 17 años vivió encerrado en su habitación y sólo salía para comer y para hacer una hora de ejercicio antes de cenar. A los 17 salió de su habitación con el manuscrito de Eragon, su padre lo publicó y supongo que ya sabéis cómo acabó la historia: el libro permaneció 121 semanas en la prestigiosa lista de los más vendidos del New York Times. Y de ahí a Hollywood. Se ha forrado haciendo lo que más le gusta porque ha tenido todo el tiempo que ha necesitado y, sobre todo, porque ha tenido la total confianza de sus padres y no ha tenido que pasar seis horas al día sentado en una clase haciendo ver que aprendía cosas que en realidad no le interesaban lo más mínimo.

No quería inaugurar este espacio con un artículo sobre homeschooling pero, después de leer el reportaje que esta semana han publicado Ultima Hora y Diari de Balears, me siento prácticamente obligada.

En realidad, no es por el reportaje, sino por los comentarios que he leído en internet. Hoy en día cualquiera se cree con derecho no sólo a opinar sino a juzgar al amparo del anonimato en la red y juzgan sin saber nada del tema y sin conocer a los protagonistas del reportaje. Decir que Nan y Paula son “hippies que vienen de la selva” y que “basta ver cómo viven para ver que son unos hippies radicales antiglobalización” es, cuanto menos, atrevido. Alguien ve la foto de una familia feliz tocando la guitarra en una casa de campo (porque de la foto en la que salen sentados delante del ordenador nadie dice nada) y ya saca unas conclusiones que ni los tipos del CSI.

Otros tienen algo más de educación y, en vez de meterse con las pintas de la familia, se meten directamente con el homeschooling. Sin saber nada del tema, claro. Uno dice que está demostrado que la educación en casa produce problemas de integración. Que me diga qué estudio llega a esa conclusión o dónde ha podido comprobarlo, que yo puedo darle unos cuantos (estudios y ejemplos) que concluyen justo lo contrario. Newton y Einstein fueron casos claros de fracaso escolar, inadaptados al sistema, gracias a Dios. Harvard y Yale reservan un cupo de plazas para gente que se ha educado en casa. Podría hablar también de Jimbo Wales, de Frank Lloyd Wright, de Elijah Wood y de muchos otros. En cambio, se me ocurren muchos nombres de personajes que sí fueron a la escuela y no acabaron tan bien, como Charles Mason o Adolf Hitler, por ejemplo.

“Así son las normas” dice uno de los internautas “y, al que no le guste, que se largue a vivir al desierto”. La escolarización universal y obligatoria es un invento bastante reciente, en realidad. Han intentado hacernos creer que era necesario e imprescindible­ saber despejar la X y saber analizar un poema o haber leído a Nietzsche, saberse las capitales del mundo y escribir sin faltas de ortografía. Sin embargo, todo eso de poco nos sirve en la vida real, en el caso –dudoso- de que lo hayamos aprendido.


Pero nos hemos creído el cuento. Ya nadie –o casi nadie- se cuestiona el actual currículum educativo, la división del conocimiento en materias y el sistema de exámenes y notas. Nadie se plantea el hecho de que lo que la escuela consigue es convertir a los niños en estrategas. Que lo que el timbre enseña es que no hay ninguna actividad lo suficientemente importante que merezca la atención de ser terminada. Que los exámenes sólo sirven para poner de manifiesto lo que no has sido capaz de retener y vomitar. A nadie le importa que después del examen lo olvides todo, que no hayas entendido nada, mientras la nota sea adecuada.

Hacerse cargo de la educación de los hijos de forma integral no es fácil. Nos hemos acomodado a un sistema que nos quita a los niños de en medio durante cinco, seis o siete horas al día, lo que nos permite continuar con nuestra vida de adultos como si el hecho de la maternidad no fuera a cambiar nada. Hemos creído que sin educación no somos nada y que la educación sólo la pueden proporcionar profesionales especializados en centros específicos. Hemos permitido que el Estado reescriba la Historia, que decida en qué lengua deben aprender nuestros hijos y qué valores hay que inculcarles. Hemos permitido que nos etiqueten, que nos adjudiquen un número de coeficiente intelectual que nos marcará quizás de por vida, que nos diagnostiquen TDAH, dislexias, disgrafías y cada vez más cosas que van a situarte en el lado de los que pueden o de los que no pueden. Pero, si te toca estar en el lado de los que no pueden, no te preocupes, que ahora se valora y se reconoce el esfuerzo por encima de los resultados. La actitud es lo que cuenta, amigos. Ser obediente, acatar las normas calladamente es lo que se lleva. Están diseñando siervos, gente anónima, dócil y sumisa, en vez de personas libres y capaces. Y los siervos, ya se sabe, cuánta menos capacidad de cuestionarse el sistema tengan, tanto mejor. 

Hemos asumido el riesgo, hemos delegado la responsabilidad y, ahora, ya no tenemos ni voz ni voto. Hemos mirado hacia afuera y hemos creído en los demás más que en nosotros mismos. La individualidad, la personalidad, la diferencia y la libertad no están de moda. 

Los niños duermen unas ocho o nueve horas diarias; pasan otras cinco o seis en el colegio; van a extraescolares; quizás comen con la canguro, o con la abuela o en el comedor escolar. Vuelven a casa cansados, tienen que hacer los deberes, ducharse y cenar. ¿En qué momento hemos permitido que nos separen de nuestros hijos? ¿Qué mentiras nos hemos creído? No podemos –no deberíamos- quedarnos parados mientras el Estado se apropia de nuestra descendencia. Liberémonos y liberemos a nuestros hijos. Recuperémoslos.

*Artículo publicado en Última Hora Menorca el 18.12.2010