domingo, 2 de enero de 2011

La insultante ley anti-tabaco



Hace ya varias décadas, algunos médicos relacionaron el consumo de tabaco con el cáncer de pulmón. Las autoridades del momento –y del lugar- iniciaron una dura campaña contra el tabaco, por el bien de los ciudadanos. Aumentaron los impuestos con la intención de disuadir a los fumadores; se gastaron el dinero en campañas para educar y concienciar a la gente; prohibieron fumar en casi todas partes y restringieron enormemente la publicidad del tabaco. Fue la primera campaña pública antitabaco, pero no funcionó: durante esa década, el consumo de tabaco aumentó entre la población civil y sólo disminuyó entre los militares porque tenían racionados los cigarrillos.

En el año 2005, el Gobierno español inició una campaña similar que también fracasó. La mayoría de los bares (que, con la ley de 2006, podían elegir) siguió permitiendo el consumo de tabaco en su interior. Aunque Trinidad Jiménez dijo que, al año siguiente de la entrada en vigor de la ley anti-tabaco, habían “dejado de fumar más de un millón de personas”, lo cierto es que los datos oficiales proporcionados por el Instituto Nacional de Estadística indican que el número de fumadores ha aumentado desde entonces.

Ahora, en un alarde de dirigismo, la nueva ley antitabaco española ya no permitirá a los dueños de los bares y restaurantes decidir si quieren que sus locales se conviertan en espacios sin humo. Han subido los impuestos, se han gastado el dinero en campañas (que, por cierto, no funcionan) y, además, han convertido a los camareros en policías. A la España del 2011 se le puede aplicar el primer párrafo de este artículo. Por cierto, el “momento” del que hablo en ese primer párrafo era la década de los 30; el “lugar” era Alemania y las “autoridades” eran Adolf Hitler y compañía del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán.



La hipocresía del Estado metomentodo llega al punto de intentar hacernos creer que este tipo de
leyes liberticidas son “por nuestro propio bien”. El ejercicio de la libertad individual consiste, fundamentalmente, en el poder de tomar decisiones conscientes y en la  capacidad de extraer enseñanzas de nuestros propios errores. En el ejercicio de mi libertad individual, y por mi propio bien, puedo decidir no entrar en bares donde se permita fumar, si no soy fumadora, como puedo decidir no entrar en restaurantes donde sirvan carne si soy vegetariana. Pero ni yo ni el Estado tenemos legitimidad para prohibir a los demás que vayan a bares de fumadores si quieren ir, tanto si fuman como si no. Como tampoco tiene el Estado legitimidad para prohibir a los dueños de los locales que permitan fumar en su interior. Lo cierto es que nos las apañamos bastante bien cuando el Estado no se inmiscuye en nuestras vidas. Cuando no hay prohibiciones, el dueño de un local puede decidir que en su bar no se fuma, como en Starbucks. Y cualquier persona que quiera tomar un café sin tener que tragar el humo de los cigarrillos de los demás, puede decidir ir a Starbucks en vez de ir a cualquier otro bar.

La cuestión fundamental es, como escribía mi amigo Albert Esplugas en Libertad Digital, que confunden el derecho a no inhalar humo en contra de tu voluntad con el derecho a no inhalar humo en contra de tu voluntad en una propiedad que no es tuya. Algunos arguyen que uno tiene derecho a fumar pero no a meter—imponer—su  humo en el pulmón ajeno. Argumento falaz, pues equivale a decir que puedo poner mi pulmón en la propiedad ajena y así imponer allí mi voluntad en contra de la del propietario. Mi libertad termina donde empieza la de mi prójimo. Si no quiero ese humo, es tan fácil como no entrar en esa propiedad. Y si entro sin saber dónde me meto, siempre cabe dialogar.

La civilización se caracteriza por dos magníficos inventos sociales basados en el mutuo respeto: la propiedad privada y los buenos modales. Cuanto más se respetan ambos, menos leyes necesitamos y más harmonía tenemos. Pero los modernos gobiernos, cuya ignorancia sólo es igualada por su prepotencia, creen que la propiedad privada y los modales son bárbaras reliquias irrelevantes ante la superioridad del intervencionismo. El problema es que el intervencionismo, basado en la negación del mutuo respeto, no es superior moralmente y, por tanto, tampoco en los resultados. 

Esta ley que hoy entra en vigor es una absoluta falta de respeto a la libertad, a la propiedad privada, a los buenos modales y a la inteligencia de los ciudadanos. Pero hecha la ley, hecha la trampa. La sabia naturaleza humana siempre se abre camino entre la arrogante contaminación intervencionista. El único efecto positivo de las prohibiciones es que agudizan el ingenio, así que nos queda el consuelo de que en España, donde la picaresca es deporte nacional, surja alguna iniciativa parecida a la de Pat Carroll, el dueño de la taberna Crowbar Inc., de Illinois (USA) que recaudó donaciones de sus clientes para pagar las multas por incumplir la ley que prohibía fumar en los bares. O que venga alguien menos metomentodo y derogue esta ley… y otras tantas.


 *Artículo publicado en Última Hora Menorca el 02.01.2011

1 comentario:

Ipe dijo...

Acá en Extremadura los que han hecho negocio son los vendedores de estufas de butano para exterior... ahora los bares están vacíos y las calles están llenas de gente.

Yo no soy fumadora, sin embargo no estoy nada contenta con la ley, lo primero es por que creo que el mejor gobierno es el que menos gobierna y después por que hay hay demasiadas cosas que no entiendo, por ejemplo, ...me gustaría entender por que hasta el año pasado el tabaco estaba subvencionado como cultivo si ya sabíamos todo que es malisimo para la salud... o si efectivamnte el gasto oncologico es superior al cardiovascular debido al incremento de la obesidad ... a mi todas estas cosas me suenan distracción de lo realmente importante.