domingo, 27 de marzo de 2011

Leyendas urbanas sobre arrendamientos urbanos



No deja de sorprenderme la cantidad de leyendas urbanas que existen en torno a los asuntos jurídicos fomentadas, en parte, por la influencia de la televisión y por el hecho de que la falta de cultura jurídica suele llevar a los ciudadanos a generalizar a partir de supuestos concretos que conocen de primera mano. El mayor enemigo del abogado penalista español es, sin duda, la industria cinematográfica de Hollywood. Y el mayor enemigo del abogado civilista, aquí y en cualquier parte, es lo que conocemos como leyendas urbanas.


A veces, llega un cliente al despacho, te expone su caso y te dice exactamente qué es lo que debes hacer. Y lo que debes hacer, según el cliente, es lo que hizo el abogado de su amigo Mario, de su vecina Lola o de su vecino del segundo. Aunque el caso no sea el mismo. Y, a veces, cuesta hacerles comprender que, aunque los casos se parezcan, pueden necesitar estrategias diferentes o puede, incluso, que las leyes aplicables no sean las mismas.

Muchos asuntos jurídicos se “solucionan” fácilmente en la barra de un bar, en la sala de espera del médico o en la sobremesa de una comida familiar.

Donde más abundan los conocimientos populares es en materia de arrendamientos urbanos, o sea, de contratos de alquiler. La primera leyenda se refiere a la formalización del contrato por escrito. Es clásico el caso del cliente que ha arrendado su piso, por el cual está cobrando una renta mensual, pero que, por el motivo que sea, decide echar a sus inquilinos con el argumento de que “no tienen contrato por escrito”. A veces es difícil hacerles comprender que el contrato verbal es perfectamente válido ya que la ley únicamente establece que las partes “podrán” exigirse la formalización por escrito. Pero “podrán” no es lo mismo que “deberán”.

 
La segunda leyenda es el asunto de la fianza. Aquí hay opiniones para todos los gustos: que si es legal, que si no lo es, que si es un abuso, que si ha de ser de un mes o de dos, que si puedes negarte o no puedes negarte, etc. Pero la ley es muy clara en este punto y determina que “será obligatoria la exigencia y prestación de fianza en metálico, en cantidad equivalente a una mensualidad de renta en el arrendamiento de viviendas y de dos en el arrendamiento para uso distinto del de vivienda”.




La tercera leyenda es el curioso caso de la duración inferior a un año. Todavía no sé cuál es el origen de esta leyenda, pero se dice que, si el contrato tiene una duración de 11 meses o menos, no tienes obligación de prorrogarlo. Supongo que a las gestorías ya les viene bien, porque así redactan un contrato nuevo cada once meses, pasando por caja, claro. Pero la ley no dice nada de contratos de duración inferior a un año. Lo que dice es que la duración será libremente pactada por las partes y que, si es inferior a cinco años (cinco, no uno) se prorrogará automáticamente por plazos anuales hasta alcanzar los cinco años, a menos que el arrendatario (el inquilino) manifieste su intención de no prorrogarlo con una antelación de 30 días. Y, si el contrato no establece la duración, se entenderá que se ha celebrado por un año prorrogable hasta cinco. Digan lo que digan tus amigos, tus vecinos, tus cuñados o María Patiño.


*Artículo publicado el 26.03.2011 en Última Hora Menorca


sábado, 19 de marzo de 2011

Cuando pensar es un castigo



Poner a un niño de cara a la pared, arrodillado y haciéndole sujetar un par de pesados libros con cada mano no está bien visto. Pegarle es, incluso, ilegal en un gran número de países. En las sociedades occidentales los padres suelen disponer de poco tiempo (y, en ocasiones, de pocas ganas) para buscar otras formas más eficaces de disciplinar a los hijos. De ahí que un programa televisivo nefasto como es la Super Nanny haya tenido tantísimo éxito.


Como los castigos, en el sentido tradicional del término, empiezan a ser políticamente incorrectos, los adultos hemos recurrido no a nuevas estrategias sino a nuevos eufemismos. Hay un castigo clásico llamado “time out” (tiempo fuera) que consiste en aislar durante cierto período de tiempo al niño que se ha portado mal. En primer lugar, deberíamos revisar el concepto de “portarse mal”. ¿Se ha portado mal el niño de dos años que ha derramado el vaso de leche porque todavía no ha terminado de desarrollar su motricidad fina? ¿Se ha portado mal el niño que ha montado un escándalo porque no quería bañarse a la hora que tú has decidido que debía hacerlo? En segundo lugar, deberíamos revisar, también, nuestras normas que, normalmente, son arbitrarias y tienen poco sentido. ¿Es realmente tan importante merendar a las cinco y no a las seis de la tarde? ¿O tendría más sentido que el niño merendara cuando tuviera hambre? ¿Es tan importante ver la tele sólo durante una hora al día? ¿O tendría más sentido negociar con él para que pueda ver su programa favorito completo en vez de disponer sólo de cierta cantidad de tiempo?

Hace unos días, un amigo me contaba que su hijo de cinco años había estado jugando al fútbol dentro de casa y que había roto una bombilla. Su padre (mi amigo) le explicó por qué no era conveniente jugar al fútbol dentro de casa y por qué era peligroso que se hubiera roto la bombilla. Además, le impuso un castigo consistente en no bajar al parque con él a jugar a fútbol por la tarde, tal como habían quedado. Mi amigo no se daba cuenta de que el niño no había tenido ninguna intención de romper nada (ni la bombilla ni las normas familiares); de que, muy probablemente, había tenido suficiente con el susto de ver que la bombilla le caía encima hecha pedazos (no digamos ya de ver el enfado de su padre); y tampoco se daba cuenta de que aunque, en efecto, las acciones tienen consecuencias, el prohibirle bajar al parque no es en absoluto una consecuencia lógica y natural del hecho de haber roto la bombilla. Aplicando este tipo de consecuencias artificiales lo que conseguimos es que nuestros hijos se esfuercen por no ser descubiertos en futuras ocasiones y esto implica que empiecen a mentirnos. Si nuestros hijos confían en nosotros y se sienten seguros en nuestra compañía, nos contarán las cosas que han hecho o que les han pasado. Pero, si no confían en nosotros y no se sienten seguros porque saben que les caerá una “consecuencia”, lo más probable es que no nos lo cuenten. Ni a los dos años, ni a los siete ni a los dieciséis. ¿Es ése el tipo de relación que queremos tener con ellos? Porque es fácil quejarse de lo herméticos que son los adolescentes y no querer darse cuenta de que, quizás, somos nosotros los que hemos alentado esta actitud cuando, de pequeños, los hemos mandado a “pensar” en vez de hablar con ellos.

Aislar al niño por haber incumplido normas que quizás no comprende (y que quizás no tengan ningún sentido) supone una enorme falta de respeto hacia él, además de una humillación totalmente innecesaria (como toda humillación, dicho sea de paso). Se le ha cambiado el nombre al clásico “time out” y ahora se le llama “silla o rincón de pensar”. Con lo cual convertimos el pensar en un castigo. Quiero creer que, en realidad, no queremos que nuestros hijos crezcan con la idea de que pensar es un castigo. Sin embargo, ése es justamente el mensaje que les transmitimos. Es más, durante el tiempo que dura su aislamiento (que, según “expertos” como la Super Nanny ha de ser equivalente a un minuto por año de edad) lo que el niño piensa en realidad es cómo evitar ser descubierto la próxima vez; y la lección que aprende es que gana el más fuerte o el más astuto. De este modo, el niño aprende a calcular el “precio” de sus acciones y a decidir, en cada caso, si vale la pena o no asumir el riesgo.

Desde los años 50, los científicos que han estudiado la disciplina han venido clasificando a los padres en función de que basaran sus actos hacia los niños en el poder o en el amor. La disciplina basada en el poder incluye (o puede incluir) pegar, gritar y amenazar. Los castigos, por supuesto, son una forma de amenaza, un claro chantaje: “si no te acabas la comida, no podrás salir a jugar”, por ejemplo. La disciplina basada en el amor, en cambio, incluye prácticamente todo lo demás. A los lectores interesados en conocer alternativas prácticas y reales al castigo, les recomiendo encarecidamente la lectura de los libros “Por tu propio bien” de Alice Miller, “Crianza incondicional” de Alfie Kohn, “Ser padres sin castigar” de Norm Lee (disponible gratuitamente online), “Padres liberados, hijos liberados” de Adele Faber y Elaine Mazlish y el libro de Rosa Jové sobre las rabietas que está a punto de ser publicado. Para ir abriendo boca, pueden buscar en internet los siguientes artículos: “Cinco razones para dejar de decir muy bien” de Alfie Kohn, “Las rabietas” de Rosa Jové, “Ayudar a los niños a resolver conflictos emocionales” de Naomi Aldort o “Educar sin castigar” publicado por quien suscribe estas líneas en la revista www.atalisdigital.com (pág.47).


*Artículo publicado el 19.03.2011 en Última Hora Menorca

sábado, 12 de marzo de 2011

Dictadura árabe. Hipocresía española.


¿Se acuerdan de la segunda guerra del golfo? Todo aquello de Sadam Hussein, las armas de destrucción masiva, las caceroladas, los actores del subvencionadísimo cine español convirtiendo la gala de los Goya en la gala de no-a-la-guerra. Ahora se cumplen ocho años de la famosa foto de las azores, en la que posaban sonrientes los tres malos malísimos del momento: Tony Blair, José María Aznar y George Bush (prácticamente, el diablo en persona), que se habían aliado contra el dictador iraquí. Dictador que ejecutó a más de trescientas mil personas entre 1979 y 2003. Hagan cuentas: el tipo se cargó a unas mil personas al mes incluidos algunos miembros de su propio partido, su cuñado y los maridos de dos de sus hijas. Ben Alí, Mubarak y Gadafi casi no le llegan a la suela de los zapatos. No hay color.


El caso es que los españoles estaban en contra de la guerra y en contra de Bush y todos los que le apoyaron en la invasión de Irak. El mundo estaba dividido. Y España también. Tal vez, convenga recordar que entre los más entusiastas defensores de la intervención militar destacaron aquellos países que más fresca tenían en la memoria su propia liberación, como los países del Este de Europa que vieron en la iniciativa americana un respaldo a la democracia liberal frente a la barbarie totalitaria que ellos tanto había sufrido en manos del sádico socialismo soviético. Entre los principales críticos destacaron países como Francia, socio principal de Sadam Hussein en la construcción de plantas nucleares.

Bush invadió Irak como respuesta a la invasión de Kuwait por parte de Irak, igual que Reagan (con Margaret Thatcher) había bombardeado Libia años antes como respuesta al ataque terrorista de Gadafi contra una discoteca alemana. Según ha confirmado el ex ministro de exteriores francés, Roland Dumas, resulta que François Mitterrand, Bettino Craxi y Felipe González salvaron la vida del coronel Gadafi, negando a la armada aérea de EE.UU. el derecho a utilizar los espacios aéreos de Francia, España e Italia, cuando Ronald Reagan decidió lanzar una implacable operación de castigo, entorpecida expresamente por los gobiernos de Francia, Italia y España, que filtraron al dirigente libio las intenciones del presidente norteamericano.
 
Sin embargo, la misma Europa hipócrita que le salvó la vida al dictador libio no pudo salvársela al iraquí. El 30 de diciembre de 2006, la foto de Sadam en la horca dio la vuelta al mundo.

Y ahora que los dictadores del mundo árabe caen como moscas (Ben Alí el 14 de enero de 2011 y Hosni Mubarak el 11 de febrero del mismo año), Gadafi sigue resistiendo y las revueltas populares se han convertido ya en guerra civil. De modo que Occidente se plantea intervenir. Y, oh sorpresa, las encuestas indican que el 68% de los españoles está a favor de la intervención. Zapatero, el mismo que retiró las tropas de Irak y que pidió a los otros países allí presentes que siguieran su ejemplo (pero las mantuvo en Afganistán), ahora quiere llevar a nuestras tropas a Libia. 

Mientras tanto, olvidándose también de la sacrosanta ONU, se ha llegado a pedir que se ataque Libia aunque no haya resolución de la ONU. La misma ONU que, hasta después de iniciadas las revueltas, seguía manteniendo a esa dictadura en su Consejo de Derechos Humanos a pesar de que las organizaciones independientes llevan décadas advirtiendo del nulo respeto de la dictadura libia por los derechos humanos. Y el mismo Obama que recibió un Premio Nobel de la Paz preventivo y que alardeó al cerrar la prisión de Guantánamo como primer acto de su presidencia, acaba de anunciar que la reabre mediante decreto presidencial. Su segundo acto fue eliminar los tribunales militares y ahora donde dije digo, digo Diego. 

Como sigan así, el verdadero “acontecimiento planetario” de la Alianza de Civilizaciones acabará siendo la alianza de USA con España y sus secuaces para atacar a un gobierno árabe.

El mal, según nos venden con tanto éxito, no depende de qué se hace, ni mucho menos del por qué, sino de quién lo hace. Esto tienen un nombre muy concreto: hipocresía. Y, si encima tenemos en cuenta que los malos oficiales siempre son unos y los buenos apolíneos siempre son otros, entonces lo que contemplamos es hipocresía sectaria.

 *Artículo publicado el 12.03.2011 en Ultima Hora Menorca.


miércoles, 9 de marzo de 2011

Asociación para la Libre Educación (y la mala educación)



En noviembre de 2007 me hice socia simpatizante de la Asociación para la Libre Educación (ALE). Dos años después, habiendo ya desescolarizado a mi hijo y habiendo asistido a un encuentro nacional de familias que educan en casa, me di de alta como socia de pleno derecho. Finalmente, en febrero de 2011, fui elegida presidenta de la asociación en la asamblea anual ordinaria, sustituyendo en el cargo a Azucena Caballero.

ALE me ha aportado muchas cosas maravillosas: hemos conocido a familias de todos los rincones del país, hemos hecho amigos, compartido recursos, alegrías y tristezas. Me ha dado la oportunidad de aparecer en varios medios de comunicación para hablar de homeschooling y, así, aportar mi granito de arena a la normalización social de esta opción educativa (pero, a pesar de lo que digan algunas, yo ya tenía contactos con medios de comunicación en los que aparecí a título personal). ALE me ha permitido sentirme menos sola, menos bicho raro.

Pero también ha habido sinsabores, disgustos y peleas. Vi marcharse a tres buenas amigas, Marta García (a la sazón vicepresidenta de la entidad), Anna Dragow (a su vez, secretaria) y Malvina Sellanes (vocal de la Junta Directiva). Vi acaloradas discusiones cibernéticas ser llevadas al terreno de lo personal; vi a madres que educan a sus hijos en casa caer en la bajeza de juzgar e insultar a otras personas que no pensaban como ellas. Pensé que si las autoridades competentes entraran en el foro privado de ALE, tendrían todos los motivos para prohibirnos seguir educando en casa. Vi, también, como se daban consejos de tipo legal a familias que estaban siendo investigadas por la fiscalía de menores. Consejos probablemente bienintencionados pero jurídicamente aberrantes. 

Pero parecía que llegaban tiempos de cambio. Se convocó la asamblea anual ordinaria, en la que el principal punto del orden del día era la renovación de la junta directiva. Algunos meses antes, presenté mi candidatura a la presidencia e invité a todos los socios que quisieran colaborar, a unirse a ella. Algunos lo hicieron y empezamos a planificar el nuevo rumbo que queríamos darle a la asociación. Teníamos ideas. Teníamos ganas de trabajar. Y nos votaron.

Pero hubo irregularidades. Se falsificó el acta de la asamblea, que no reflejaba lo que allí se había debatido y votado. Dos semanas después, todavía no se había hecho el traspaso de la documentación interna (a saber, base de datos, claves de administración de la web y el foro, cuentas bancarias, etc). Se me acusó, incluso antes de poder empezar a trabajar, de mentir, de falta de trasparencia, de gasto excesivo e injustificado (vuelvo a recordar que todavía no había tenido tiempo de tomar ninguna decisión de este tipo y que, además, no contaba con la tesorería y que había anunciado la realización de una campaña de captación de fondos) y de no querer en la junta directiva a socios críticos y controladores. Pues no, claro que no. En la junta directiva tiene que haber gente dispuesta a trabajar; crítica, por supuesto, pero con motivos, no simplemente crítica porque sí y con el ánimo de fiscalizar y controlar. Alguien llegó a decir que me habían votado únicamente porque era la única candidatura, no porque la consideraran adecuada.

Por supuesto, he tenido apoyos, tanto públicos como privados, tanto de socios como de no socios, tanto de gente que educa en casa como de gente que no educa en casa. Y no puedo decir que no me hubieran avisado. Hubo ex socios que me avisaron cuando anuncié que me iba a asociar. Hubo ex socios que me avisaron cuando anuncié que presentaba mi candidatura a la presidencia. Quizás sólo sean 4 o 5 los que no quieren dejarnos trabajar. Los que nos han torpedeado incluso antes de que pudiéramos empezar a hacer nuestro trabajo han sido sólo dos. Lamentablemente, una de estas dos personas es miembro de la actual junta directiva. 

Me veo, por tanto, en la obligación moral de dejar esta asociación, que no ha conseguido que el Estado Español deje de perseguir a las familias que educan en casa. Y que dudo que alguna vez lo consiga.
Hay una cita de Edmund Burke que me gusta mucho y que es ideal para esta situación: "Lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada".

Y esto, en resumen, es lo que pasa en ALE: que unos pocos hacen y deshacen a sus anchas y unos muchos (o quizás no tantos como dicen; yo nunca he visto los datos reales) que permanecen callados, por miedo a lo que puedan decirles (como aquella socia a la que invitaron poco elegantemente a dejar la asociación por mostrar su disconformidad con un asunto) y por miedo a encontrarse solos y desamparados el día en que les llegue la denuncia, la visita de la Guardia Civil a altas horas de la noche, la cita con Fiscalía de Menores, el temido juicio por abandono de familia… Porque estas cosas pasan. Pero lo cierto es que no hace falta una asociación como ALE para salir bien airado de estas situaciones. Sólo hace falta tener un buen abogado y mucha seguridad en lo que estás haciendo.

Lo más triste es ver cómo la gente que pide que se le respete por haber elegido una opción educativa poco conocida es la primera en faltar al respeto a los demás, a sus propios compañeros de fatigas.

Y luego algunos vienen con el cinismo de pedirme que reconsidere mi decisión, dando a entender que consideran que no es una decisión sino una pataleta.

Mi conclusión es que ALE es una entidad profundamente enferma y que, aún extirpándole el cáncer que padece, necesitaría mucho tiempo y muchos cuidados para recuperarse. Mi conclusión es que, ahora mismo, lo mejor que le puede pasar a ALE, es desaparecer.

Nota para aprensivos: este blog tiene activada la moderación de comentarios y, como el blog es mío y sólo mío, voy a publicar sólo los comentarios que yo quiera, así que os podéis abstener de seguir insultándome, de decirme que si tengo pruebas ponga una denuncia y  de pedirme explicaciones.


martes, 8 de marzo de 2011

Reportaje en Aula Abierta


Aula Abierta, la Revista educativa de la provincia de Alicante, publica un reportaje sobre homeschooling en España. Lo firma Andrés Cabrera.