miércoles, 9 de marzo de 2011

Asociación para la Libre Educación (y la mala educación)



En noviembre de 2007 me hice socia simpatizante de la Asociación para la Libre Educación (ALE). Dos años después, habiendo ya desescolarizado a mi hijo y habiendo asistido a un encuentro nacional de familias que educan en casa, me di de alta como socia de pleno derecho. Finalmente, en febrero de 2011, fui elegida presidenta de la asociación en la asamblea anual ordinaria, sustituyendo en el cargo a Azucena Caballero.

ALE me ha aportado muchas cosas maravillosas: hemos conocido a familias de todos los rincones del país, hemos hecho amigos, compartido recursos, alegrías y tristezas. Me ha dado la oportunidad de aparecer en varios medios de comunicación para hablar de homeschooling y, así, aportar mi granito de arena a la normalización social de esta opción educativa (pero, a pesar de lo que digan algunas, yo ya tenía contactos con medios de comunicación en los que aparecí a título personal). ALE me ha permitido sentirme menos sola, menos bicho raro.

Pero también ha habido sinsabores, disgustos y peleas. Vi marcharse a tres buenas amigas, Marta García (a la sazón vicepresidenta de la entidad), Anna Dragow (a su vez, secretaria) y Malvina Sellanes (vocal de la Junta Directiva). Vi acaloradas discusiones cibernéticas ser llevadas al terreno de lo personal; vi a madres que educan a sus hijos en casa caer en la bajeza de juzgar e insultar a otras personas que no pensaban como ellas. Pensé que si las autoridades competentes entraran en el foro privado de ALE, tendrían todos los motivos para prohibirnos seguir educando en casa. Vi, también, como se daban consejos de tipo legal a familias que estaban siendo investigadas por la fiscalía de menores. Consejos probablemente bienintencionados pero jurídicamente aberrantes. 

Pero parecía que llegaban tiempos de cambio. Se convocó la asamblea anual ordinaria, en la que el principal punto del orden del día era la renovación de la junta directiva. Algunos meses antes, presenté mi candidatura a la presidencia e invité a todos los socios que quisieran colaborar, a unirse a ella. Algunos lo hicieron y empezamos a planificar el nuevo rumbo que queríamos darle a la asociación. Teníamos ideas. Teníamos ganas de trabajar. Y nos votaron.

Pero hubo irregularidades. Se falsificó el acta de la asamblea, que no reflejaba lo que allí se había debatido y votado. Dos semanas después, todavía no se había hecho el traspaso de la documentación interna (a saber, base de datos, claves de administración de la web y el foro, cuentas bancarias, etc). Se me acusó, incluso antes de poder empezar a trabajar, de mentir, de falta de trasparencia, de gasto excesivo e injustificado (vuelvo a recordar que todavía no había tenido tiempo de tomar ninguna decisión de este tipo y que, además, no contaba con la tesorería y que había anunciado la realización de una campaña de captación de fondos) y de no querer en la junta directiva a socios críticos y controladores. Pues no, claro que no. En la junta directiva tiene que haber gente dispuesta a trabajar; crítica, por supuesto, pero con motivos, no simplemente crítica porque sí y con el ánimo de fiscalizar y controlar. Alguien llegó a decir que me habían votado únicamente porque era la única candidatura, no porque la consideraran adecuada.

Por supuesto, he tenido apoyos, tanto públicos como privados, tanto de socios como de no socios, tanto de gente que educa en casa como de gente que no educa en casa. Y no puedo decir que no me hubieran avisado. Hubo ex socios que me avisaron cuando anuncié que me iba a asociar. Hubo ex socios que me avisaron cuando anuncié que presentaba mi candidatura a la presidencia. Quizás sólo sean 4 o 5 los que no quieren dejarnos trabajar. Los que nos han torpedeado incluso antes de que pudiéramos empezar a hacer nuestro trabajo han sido sólo dos. Lamentablemente, una de estas dos personas es miembro de la actual junta directiva. 

Me veo, por tanto, en la obligación moral de dejar esta asociación, que no ha conseguido que el Estado Español deje de perseguir a las familias que educan en casa. Y que dudo que alguna vez lo consiga.
Hay una cita de Edmund Burke que me gusta mucho y que es ideal para esta situación: "Lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada".

Y esto, en resumen, es lo que pasa en ALE: que unos pocos hacen y deshacen a sus anchas y unos muchos (o quizás no tantos como dicen; yo nunca he visto los datos reales) que permanecen callados, por miedo a lo que puedan decirles (como aquella socia a la que invitaron poco elegantemente a dejar la asociación por mostrar su disconformidad con un asunto) y por miedo a encontrarse solos y desamparados el día en que les llegue la denuncia, la visita de la Guardia Civil a altas horas de la noche, la cita con Fiscalía de Menores, el temido juicio por abandono de familia… Porque estas cosas pasan. Pero lo cierto es que no hace falta una asociación como ALE para salir bien airado de estas situaciones. Sólo hace falta tener un buen abogado y mucha seguridad en lo que estás haciendo.

Lo más triste es ver cómo la gente que pide que se le respete por haber elegido una opción educativa poco conocida es la primera en faltar al respeto a los demás, a sus propios compañeros de fatigas.

Y luego algunos vienen con el cinismo de pedirme que reconsidere mi decisión, dando a entender que consideran que no es una decisión sino una pataleta.

Mi conclusión es que ALE es una entidad profundamente enferma y que, aún extirpándole el cáncer que padece, necesitaría mucho tiempo y muchos cuidados para recuperarse. Mi conclusión es que, ahora mismo, lo mejor que le puede pasar a ALE, es desaparecer.

Nota para aprensivos: este blog tiene activada la moderación de comentarios y, como el blog es mío y sólo mío, voy a publicar sólo los comentarios que yo quiera, así que os podéis abstener de seguir insultándome, de decirme que si tengo pruebas ponga una denuncia y  de pedirme explicaciones.