sábado, 12 de marzo de 2011

Dictadura árabe. Hipocresía española.


¿Se acuerdan de la segunda guerra del golfo? Todo aquello de Sadam Hussein, las armas de destrucción masiva, las caceroladas, los actores del subvencionadísimo cine español convirtiendo la gala de los Goya en la gala de no-a-la-guerra. Ahora se cumplen ocho años de la famosa foto de las azores, en la que posaban sonrientes los tres malos malísimos del momento: Tony Blair, José María Aznar y George Bush (prácticamente, el diablo en persona), que se habían aliado contra el dictador iraquí. Dictador que ejecutó a más de trescientas mil personas entre 1979 y 2003. Hagan cuentas: el tipo se cargó a unas mil personas al mes incluidos algunos miembros de su propio partido, su cuñado y los maridos de dos de sus hijas. Ben Alí, Mubarak y Gadafi casi no le llegan a la suela de los zapatos. No hay color.


El caso es que los españoles estaban en contra de la guerra y en contra de Bush y todos los que le apoyaron en la invasión de Irak. El mundo estaba dividido. Y España también. Tal vez, convenga recordar que entre los más entusiastas defensores de la intervención militar destacaron aquellos países que más fresca tenían en la memoria su propia liberación, como los países del Este de Europa que vieron en la iniciativa americana un respaldo a la democracia liberal frente a la barbarie totalitaria que ellos tanto había sufrido en manos del sádico socialismo soviético. Entre los principales críticos destacaron países como Francia, socio principal de Sadam Hussein en la construcción de plantas nucleares.

Bush invadió Irak como respuesta a la invasión de Kuwait por parte de Irak, igual que Reagan (con Margaret Thatcher) había bombardeado Libia años antes como respuesta al ataque terrorista de Gadafi contra una discoteca alemana. Según ha confirmado el ex ministro de exteriores francés, Roland Dumas, resulta que François Mitterrand, Bettino Craxi y Felipe González salvaron la vida del coronel Gadafi, negando a la armada aérea de EE.UU. el derecho a utilizar los espacios aéreos de Francia, España e Italia, cuando Ronald Reagan decidió lanzar una implacable operación de castigo, entorpecida expresamente por los gobiernos de Francia, Italia y España, que filtraron al dirigente libio las intenciones del presidente norteamericano.
 
Sin embargo, la misma Europa hipócrita que le salvó la vida al dictador libio no pudo salvársela al iraquí. El 30 de diciembre de 2006, la foto de Sadam en la horca dio la vuelta al mundo.

Y ahora que los dictadores del mundo árabe caen como moscas (Ben Alí el 14 de enero de 2011 y Hosni Mubarak el 11 de febrero del mismo año), Gadafi sigue resistiendo y las revueltas populares se han convertido ya en guerra civil. De modo que Occidente se plantea intervenir. Y, oh sorpresa, las encuestas indican que el 68% de los españoles está a favor de la intervención. Zapatero, el mismo que retiró las tropas de Irak y que pidió a los otros países allí presentes que siguieran su ejemplo (pero las mantuvo en Afganistán), ahora quiere llevar a nuestras tropas a Libia. 

Mientras tanto, olvidándose también de la sacrosanta ONU, se ha llegado a pedir que se ataque Libia aunque no haya resolución de la ONU. La misma ONU que, hasta después de iniciadas las revueltas, seguía manteniendo a esa dictadura en su Consejo de Derechos Humanos a pesar de que las organizaciones independientes llevan décadas advirtiendo del nulo respeto de la dictadura libia por los derechos humanos. Y el mismo Obama que recibió un Premio Nobel de la Paz preventivo y que alardeó al cerrar la prisión de Guantánamo como primer acto de su presidencia, acaba de anunciar que la reabre mediante decreto presidencial. Su segundo acto fue eliminar los tribunales militares y ahora donde dije digo, digo Diego. 

Como sigan así, el verdadero “acontecimiento planetario” de la Alianza de Civilizaciones acabará siendo la alianza de USA con España y sus secuaces para atacar a un gobierno árabe.

El mal, según nos venden con tanto éxito, no depende de qué se hace, ni mucho menos del por qué, sino de quién lo hace. Esto tienen un nombre muy concreto: hipocresía. Y, si encima tenemos en cuenta que los malos oficiales siempre son unos y los buenos apolíneos siempre son otros, entonces lo que contemplamos es hipocresía sectaria.

 *Artículo publicado el 12.03.2011 en Ultima Hora Menorca.