viernes, 30 de septiembre de 2011

La revolución de las rosas



La Revolución de las Rosas se inició en España como reacción a una serie de viñetas que se publicaron en el boletín de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia y en la que se hacía burla de situaciones muy delicadas que, en no pocas ocasiones, son causadas por los propios profesionales de la salud. Hacer burla del prolapso uterino, de los embarazos prolongados, del nivel intelectual de sus pacientes, o de su peso, e incluso, de conductas tan indecorosas como mirar a la paciente con lascivia es una grotesca obscenidad, se mire cómo se mire.

Al movimiento de la Revolución de las Rosas se le ha objetado carecer de sentido del humor y no respetar la libertad de expresión. Pero el sentido del humor, así como la libertad de expresión, tiene varios límites y uno de ellos es la ética profesional. Lo cierto es que algunas de esas viñetas (no todas, sólo unas pocas) podrían tener alguna gracia si las firmara cualquier otra persona y las hubieran publicado en cualquier otra parte. Aunque la mayoría de las viñetas resultarían igualmente ofensivas las firmara quien las firmara. Pero que sea un médico ginecólogo el que las dibuje y que sea en la gaceta oficial de su profesión donde se publican es un claro indicio de que algo anda muy mal en la sociedad española. Cuando las mujeres que luchan por conseguir partos más humanizados y protocolos hospitalarios más respetuosos (y que, en muchas casos, han sido víctimas directas de la violencia obstétrica que tanto abunda en este país) son ninguneadas de esta forma, es que hemos llegado a un punto de no retorno. Porque un sector del colectivo médico se ha olvidado del Juramento Hipocrático auspiciado, en parte, (reconozcámoslo) por cierto tipo de mujeres desnaturalizadas, desconectadas de su esencia femenina y maternal, que prefieren una cesárea con anestesia general antes que tomarse la molestia de parir. Porque para que haya un verdugo tiene que haber, necesariamente, una víctima, y hay mujeres que desempeñan ese papel a la perfección.

Pero hay otras mujeres que son muy conscientes de cuál es su papel en este asunto de dar vida. Mujeres que se han informado y que han tomado sus propias decisiones. Mujeres con las ideas claras que saben qué están dispuestas a tolerar y qué no. Mujeres que presentan sus propios planes de parto en los hospitales; planes de parto muchas veces aceptados administrativamente pero ignorados en la práctica. Y que son víctimas de la violencia obstétrica cada vez que se les realiza una cesárea innecesaria, que no se les da libertad de movimiento, que son obligadas a parir en posición horizontal (se me ocurren pocas cosas más anti-naturales que ésa), que se las mutila con una episiotomía, que se les realiza una maniobra de Kristeller o que se las separa de su bebé recién nacido.


Y cada uno de estos actos tiene graves secuelas, no sólo para la madre que los sufre en sus carnes, sino también para el recién nacido que llega al mundo. Mientras no le demos al nacimiento la importancia que tiene, mientras no seamos conscientes de que parir y nacer son actos naturales que no deben medicalizarse por norma, seguiremos teniendo una sociedad enferma.

*Imagen diseñada por www.prepapa.es para La Revolución de las Rosas


domingo, 25 de septiembre de 2011

sábado, 24 de septiembre de 2011

Espacios libres de niños




Sucedió que mi vecina y yo queríamos ir a ver un concierto de flamenco en el Hotel Audax (Cala Galdana), pero no pudimos entrar porque con nosotras venían nuestros hijos y el Hotel Audax, desde este verano, no permite la entrada a los niños.





Siempre he defendido la libertadde los dueños de los establecimientos abiertos al público para decidir qué se puede y qué no se puede hacer en ellos. La defendí con el asunto de la SGAE y con la prohibición de fumar, por ejemplo. Y la seguiré defendiendo aunque se trate de asuntos que me afecten negativamente de forma personal, porque el hecho de que un local esté “abierto al público” no significa que sea de titularidad pública; el local sigue siendo privado y, por tanto, su propietario es quien tiene legitimidad para decidir quién entra y quién no, si pueden entrar animales o no, si se puede fumar o no, si se pone música o no (sin pagarles a Ramoncín y compañía) y si pueden entrar niños o no.



Desde que se publicó la noticia de que algunos bares y restaurantes de Bilbao no permiten el acceso a niños, se ha desatado la polémica. Padres y madres de todo el país se rasgan las vestiduras ante una decisión que consideran discriminatoria e injustificada y que, por tanto y según ellos, debería ser ilegal. Ilegal no lo es, porque en España aún existe el derecho de admisión; injustificada, tampoco, porque hoy en día hay muchos niños –y muchos adultos- que carecen de modales.

Hemos creado una sociedad en la que cada vez hay menos sitio para los niños. Es un círculo vicioso: si no permitimos que los niños vayan a según qué lugares, si no dejamos que se relacionen con los mayores, difícilmente aprenderán a comportarse adecuadamente en esas situaciones. Tenemos (tienen, algunos) a los niños aparcados todo el día: en el colegio, en actividades extraescolares, con canguros, etc. Para un adulto es mucho más rápido y sencillo hacer la compra a solas que acompañado de un niño. Si llevamos al niño al supermercado, es probable que nos pida que le compremos cosas que creemos que no debemos comprarle. Por tanto, tendremos que “perder tiempo” explicándoselo y, además, es probable que nos monte un escándalo. Ahora bien, si tuviéramos la paciencia de ir a hacer la compra con los niños siempre que nos fuera posible, ellos aprenderían, poquito a poco, cómo debe comportarse uno en el supermercado y por qué hay cosas que se compran y cosas que no. Pero, si no los llevamos nunca, el día que los llevemos seguramente será un calvario. Para todos. Así que no volveremos a llevarlos. Como dije, es un círculo vicioso.

Así las cosas, en una sociedad en la que muchos niños no saben comportarse adecuadamente en determinadas situaciones y lugares, es comprensible que algunos establecimientos no permitan su entrada y que sigan teniendo clientes. Personalmente, no me molesta cenar en un restaurante donde haya niños. Más bien al contrario, me gustan los niños y creo que una sociedad que separa a los niños de los mayores es una sociedad enferma y decadente. Pero sí me molesta ser testigo directo de algunas escenas que no por ser habituales me resultan menos desagradables: como los padres que hablan mal a sus hijos, o los hijos que hablan mal a los padres. Los padres conductistas y los que actúan en función del qué dirán sin importarles qué es lo mejor para sus hijos. Los niños que gritan en vez de hablar. Los que montan rabietas gratuitas porque sus padres no han sabido ayudarles a canalizar y gestionar sus emociones. Los padres que, a la mínima, amenazan con castigar o que castigan directamente, sin amenazar siquiera. Si les levantan la mano, ya habremos agotado el cupo de mi resistencia.



Así que hay bares, restaurantes y hoteles que no permiten la entrada a los niños. ¿Y qué? Si fuera mi bar, tampoco querría tener que soportar a ese tipo de críos que están echados a perder por culpa del pésimo sistema escolar que tenemos, que ha degenerado tanto que ya no merece siquiera la atención de ser llamado sistema educativo. Porque no educa. Des-educa o mal educa. Y todo ello a un coste de 6.000 euros anuales por cada plaza pública y 3.000 por cada plaza concertada. Porque no, laeducación no es gratis y nos cuesta mucho más que sólo dinero.