sábado, 24 de septiembre de 2011

Espacios libres de niños




Sucedió que mi vecina y yo queríamos ir a ver un concierto de flamenco en el Hotel Audax (Cala Galdana), pero no pudimos entrar porque con nosotras venían nuestros hijos y el Hotel Audax, desde este verano, no permite la entrada a los niños.





Siempre he defendido la libertadde los dueños de los establecimientos abiertos al público para decidir qué se puede y qué no se puede hacer en ellos. La defendí con el asunto de la SGAE y con la prohibición de fumar, por ejemplo. Y la seguiré defendiendo aunque se trate de asuntos que me afecten negativamente de forma personal, porque el hecho de que un local esté “abierto al público” no significa que sea de titularidad pública; el local sigue siendo privado y, por tanto, su propietario es quien tiene legitimidad para decidir quién entra y quién no, si pueden entrar animales o no, si se puede fumar o no, si se pone música o no (sin pagarles a Ramoncín y compañía) y si pueden entrar niños o no.



Desde que se publicó la noticia de que algunos bares y restaurantes de Bilbao no permiten el acceso a niños, se ha desatado la polémica. Padres y madres de todo el país se rasgan las vestiduras ante una decisión que consideran discriminatoria e injustificada y que, por tanto y según ellos, debería ser ilegal. Ilegal no lo es, porque en España aún existe el derecho de admisión; injustificada, tampoco, porque hoy en día hay muchos niños –y muchos adultos- que carecen de modales.

Hemos creado una sociedad en la que cada vez hay menos sitio para los niños. Es un círculo vicioso: si no permitimos que los niños vayan a según qué lugares, si no dejamos que se relacionen con los mayores, difícilmente aprenderán a comportarse adecuadamente en esas situaciones. Tenemos (tienen, algunos) a los niños aparcados todo el día: en el colegio, en actividades extraescolares, con canguros, etc. Para un adulto es mucho más rápido y sencillo hacer la compra a solas que acompañado de un niño. Si llevamos al niño al supermercado, es probable que nos pida que le compremos cosas que creemos que no debemos comprarle. Por tanto, tendremos que “perder tiempo” explicándoselo y, además, es probable que nos monte un escándalo. Ahora bien, si tuviéramos la paciencia de ir a hacer la compra con los niños siempre que nos fuera posible, ellos aprenderían, poquito a poco, cómo debe comportarse uno en el supermercado y por qué hay cosas que se compran y cosas que no. Pero, si no los llevamos nunca, el día que los llevemos seguramente será un calvario. Para todos. Así que no volveremos a llevarlos. Como dije, es un círculo vicioso.

Así las cosas, en una sociedad en la que muchos niños no saben comportarse adecuadamente en determinadas situaciones y lugares, es comprensible que algunos establecimientos no permitan su entrada y que sigan teniendo clientes. Personalmente, no me molesta cenar en un restaurante donde haya niños. Más bien al contrario, me gustan los niños y creo que una sociedad que separa a los niños de los mayores es una sociedad enferma y decadente. Pero sí me molesta ser testigo directo de algunas escenas que no por ser habituales me resultan menos desagradables: como los padres que hablan mal a sus hijos, o los hijos que hablan mal a los padres. Los padres conductistas y los que actúan en función del qué dirán sin importarles qué es lo mejor para sus hijos. Los niños que gritan en vez de hablar. Los que montan rabietas gratuitas porque sus padres no han sabido ayudarles a canalizar y gestionar sus emociones. Los padres que, a la mínima, amenazan con castigar o que castigan directamente, sin amenazar siquiera. Si les levantan la mano, ya habremos agotado el cupo de mi resistencia.



Así que hay bares, restaurantes y hoteles que no permiten la entrada a los niños. ¿Y qué? Si fuera mi bar, tampoco querría tener que soportar a ese tipo de críos que están echados a perder por culpa del pésimo sistema escolar que tenemos, que ha degenerado tanto que ya no merece siquiera la atención de ser llamado sistema educativo. Porque no educa. Des-educa o mal educa. Y todo ello a un coste de 6.000 euros anuales por cada plaza pública y 3.000 por cada plaza concertada. Porque no, laeducación no es gratis y nos cuesta mucho más que sólo dinero.


2 comentarios:

lina dijo...

Muy bien Lau , tienes toda la razón.

lina dijo...

Muy bien Lau, estoy completamente de acuerdo contigo.