miércoles, 26 de octubre de 2011

Educar en libertad


*Artículo escrito para la Revista Atalis Digital (nº VI)

Existe la asunción generalizada en la sociedad actual de que la escuela provee a los jóvenes de la educación necesaria para su desarrollo y para su vida futura. Existe la asunción de que escolarización y educación son términos equivalentes y de que educación y aprendizaje son, también, términos equivalentes. Sin embargo, el proceso natural de aprendizaje, inherente a todo ser humano, no puede darse en un centro escolar. La curiosidad con la que nacemos es necesariamente atrofiada cuando, día tras día y año tras año, el niño debe reprimir su instinto para atender a las explicaciones del profesor sobre asuntos que quizás en ese momento no le interesan en absoluto y para encajar en un aula con veinticinco niños que nacieron el mismo año.

La división del conocimiento en asignaturas es un artificio que puede resultar necesario a partir de un determinado nivel de conocimiento, pero que resulta absurdo cuando se trata de niños y jóvenes que están aprendiendo (o más bien, siendo enseñados) sobre asuntos básicos de la vida. La vida no se divide en asignaturas y nada debería ser etiquetado en función de que se considere educativo o no educativo. Cualquier cosa, por trivial que parezca, puede ser educativa. Y cualquier cosa que sea necesaria para el correcto desenvolvimiento del niño en sociedad, será aprendida incluso a pesar de la escuela. No imagino a un niño que no sepa que el cielo es azul porque no fue a clase el día que “enseñaron” el color azul.

Hemos cometido el error de separar a los niños de los adultos y, más aún, de separarlos del mundo real. Los encerramos entre cuatro paredes para que aprendan cosas que aprenderían de todos modos. ¿Qué necesidad hay de estudiar un libro sobre árboles cuando tenemos árboles reales ahí afuera? Lo que la escuela enseña es que siempre hay una –y sólo una- respuesta correcta. Que equivocarse se penaliza cuando, en realidad, equivocarse es la única forma de avanzar y superarse. Thomas Alva Edison nunca consideró que sus intentos hubieran fracasado; sólo encontró mil formas que no funcionaban. Él fue uno de esos niños que forman el grupo del “fracaso escolar”. Como Albert Einstein. No consiguieron un título académico pero, al menos, conservaron intactas su curiosidad natural y su instinto de auto-superación. Steve Jobs dejó los estudios universitarios seis meses después de haberlos empezado. Mark Twain dijo la ya famosa frase “nunca dejé que la escuela interfiriera en mi educación”.


Los padres y los educadores profesionales deberíamos preguntarnos qué es lo que pretendemos respecto de los niños. Considero que el único aprendizaje que realmente importa es la toma consciente de decisiones. Si un niño es capaz de tomar sus propias decisiones y de asumir las consecuencias, se convertirá en un adulto capaz de tomar decisiones. Al principio quizás la decisión sólo consistirá en si prefiere cenar macarrones o tortilla, en si prefiere ducharse ahora o más tarde, en si prefiere ir a clase de música o de inglés (o a ninguna). Pero, poco a poco, el calibre de las decisiones irá creciendo del mismo modo que el niño irá creciendo y se convertirá en adolescente y en adulto. Pero es función de los padres darle la oportunidad de tomar esas decisiones. Si el padre le pregunta si quiere merendar o no, la única respuesta aceptable no puede ser “sí”. Ahora bien, si constantemente coartamos su libertad de elección, acabaremos por ahogar su instinto natural de decisión y, en definitiva, su individualidad. Si lo encerramos entre las cuatro paredes de la escuela y le obligamos a realizar una actividad (la que sea: un ejercicio matemático, un análisis sintáctico o un dictado musical) y luego le obligamos a parar independientemente del estado en que se encuentre la actividad, la lección que le estaremos transmitiendo es que no hay nada en la escuela que merezca la pena ser terminado. Eso es lo que nos enseña el timbre y ésa es una de las grandes incongruencias del sistema escolar.

La grandeza de la humanidad es que somos seres individuales, independientes y diferentes unos de otros. Y, sin embargo, hemos permitido la creación y el crecimiento de un aberrante sistema (mal llamado educativo) que pretende uniformizarnos a todos. La educación (académica) se considera tan importante que se justifica la coerción sobre las personas (¡menores de edad!) durante diez años de su vida. Diez años en los que impedimos el aprendizaje de las actividades que realmente les interesan. Gever Tulley creó un campamento de verano en el que los niños pueden utilizar todo tipo de herramientas para construir cualquier cosa que se les ocurra. Asimismo, escribió un manifiesto en el que expone cincuenta cosas peligrosas que los padres deberían dejar que sus hijos hicieran. Las cinco primeras son jugar con fuego, usar una lanza (o lanzar otras cosas), conducir un coche, desmontar un electrodoméstico (o similar) y tener una navaja propia (o aprender a usar otras armas). Por supuesto, no significa que los padres deban dejar a sus hijos solos para que hagan cualquier cosa que se les ocurra, pero sí que deben confiar en sus aptitudes y proveerles de un entorno adecuado para desarrollarlas. Todo ello es imposible en las escuelas convencionales, donde todo está controlado y dirigido y donde el espacio físico está extremadamente condicionado por todo tipo de medidas de “seguridad”.



Por todos estos motivos (y algunos más) hay familias que no escolarizan a sus hijos. Para darles el espacio y el tiempo necesarios para seguir sus propios intereses, para que puedan aprender a su ritmo, sin imposiciones, sin las interrupciones del timbre y sin el estigma de las calificaciones. Porque la educación que ofrece la escuela es meramente académica (ya ni siquiera intelectual) y deja de lado otros aspectos del desarrollo de la persona, como la educación emocional, psicológica o física. Y porque el aprendizaje es un hecho natural que se da de forma óptima cuando los niños son dejados en libertad.


1 comentario:

Sofía dijo...

Que equivocarse se penaliza cuando, en realidad, equivocarse es la única forma de avanzar y superarse-> Ahí me has dao. Yo he tardado mucho en ver todas estas cosas, pero las estoy aprendiendo de la peor forma, en mis propias carnes, es decir, en mis hijas. Me he llevado un chasco muy grande, pero también estoy viendo que no soy la única..