sábado, 8 de octubre de 2011

La conciencia alquilada




Existen muchos prejuicios sobre la abogacía. Es una profesión a menudo incomprendida y, normalmente, mal vista. Pocas veces salimos bien parados los abogados en la literatura y en el cine. Incluso es probable que, algún día, la RAE incluya en su diccionario el vocablo “abogangster”, que no requiere más explicaciones.

Escribí el año pasado en la Revista de Ferreries que muy a menudo, el abogado les va a decepcionar, porque nada es como en las películas americanas ni como en las novelas de John Grisham y compañía. Olvídense de Gregory Peck en Matar a un ruiseñor, de Susan Sarandon en El cliente y de Matt Damon en Legítima defensa.

William Shakespeare escribió que lo primero que había que hacer era matar a todos los abogados. Napoleón Bonaparte, que tampoco se quedaba corto, quería “tirarlos a todos al río”. Y Hitler, en su línea, aseguró: “no descansaré hasta que cada alemán comprenda que es una vergüenza ser abogado”.

Creo que la mala fama de esta profesión es injustificada. Lo que hace –o debería hacer- el abogado es encontrar el hueco que dejan las leyes y darles un giro retórico para que hablen a su favor. Y esto no significa que sea tendencioso ni que desprecie a la Justicia (así, con jota mayúscula) sino que, sencillamente, la ley no es absoluta. Las leyes no pueden prever todas las situaciones y, por tanto, ante un mismo caso puede haber varias soluciones posibles y todas ellas ajustadas a Derecho. Cosa distinta es que la ley proceda en contra de su propia finalidad, que destruya su propia meta, que seamos testigos, a veces, de lo que Bastiat denominó la “completa perversión de la ley”.

Y, sin embargo, tenía razón Dostoievsky cuando escribió, en su novela “Los hermanos Karamazov”, que “el abogado es una conciencia alquilada”. Porque el cliente, al poner un asunto en manos de un abogado, se está deshaciendo en gran medida de la responsabilidad por las acciones que se tomen y por los resultados de éstas y sus consecuencias.


Les dejo el fragmento de la novela de Dostoievsky, porque expone un ejemplo muy claro del concepto de la conciencia alquilada:
Pero no se trata más que de un caballo, y los caballos nos los ha dado Dios para que los azotemos. Así nos lo explicaron los tártaros, que nos legaron, en recuerdo, el knut. Pero también es posible azotar a las personas. Y he aquí que un señor inteligente y culto, y su dama, azotan con un vergajo a su propia hija, una niña de siete años; lo tengo escrito con todo detalle. El papaíto se alegra que la verga tenga nudos, "dolerá más", dice, y comienza a "tundir" a su propia hija. Hay personas, me consta, que se excitan a medida que pegan, cada nuevo golpe les hace experimentar una sensación de voluptuosidad, de auténtica voluptuosidad, en progresión creciente. Azotan un minuto; azotan, al fin, cinco minutos, azotan durante diez minutos, siguen azotando, más, con frecuencia, con más fuerza. La niña grita, la niña al fin no puede gritar, se ahoga: "¡Papá, papá! ¡Papaíto, papaíto!". Por un azar diabólico e indecoroso, el asunto llega hasta los tribunales. Se "alquila" un abogado. El pueblo ruso hace tiempo que ha dado nombre a los abogados: "el abogado es una conciencia alquilada". Grita el abogado en defensa de su cliente.