sábado, 24 de diciembre de 2011

Al pan, pan



Y al vino, vino. Es lo que nos recomienda el sabio refranero español: que llamemos a cada cosa por su nombre, aunque a veces cuesta porque es más fácil, a corto plazo, ser un poco hipócrita, auto-engañarse y tratar de engañar al resto del mundo.

Es lo que hacemos cuando tenemos hijos: reproducimos los esquemas asimilados sin cuestionarlos. A veces, los cuestionamos en nuestro fuero interno y, aún así, seguimos sin romper la inercia de lo vivido y sufrido en nuestra infancia; seguimos actuando conforme a los patrones de otras personas y de otras épocas y, encima, buscamos justificaciones para nuestros actos.


En la maternidad, como en la vida misma, hay que establecer prioridades. Si no tienes claras tus prioridades, difícilmente vas a poder tomar decisiones conscientes que sean aptas para la consecución de tus objetivos. ¿Está cada decisión que tomas, cada acto que realizas, cada palabra que pronuncias en sintonía con tus prioridades y con tus objetivos fijados? Probablemente no. Probablemente mientes más que hablas. Mientes cuando dices que la felicidad de tu hijo es lo más importante para ti, pero luego le haces llorar por cualquier otra cosa que tú querías. Esa otra cosa era, en realidad, tu prioridad. Mientes cuando dices que tu prioridad es la felicidad de tu hijo y luego le haces llorar por un plato de lentejas. Te justificas diciendo que su salud “también” es tu prioridad. Pero resulta que no puede haber dos cosas en el mismo puesto de la escala de prioridades. Prioridad es, según el DRAE, lo que viene con anterioridad respecto de otra cosa, en tiempo o en orden. Así que no puede haber dos “prioridades” iguales. Una es la primera, otra es la segunda y así sucesivamente, pero no puedes igualarlas. Y no estoy diciendo que la felicidad de los hijos deba ser la prioridad de las madres. Estoy diciendo que debemos ser consecuentes con cualesquiera prioridades que tengamos para nosotros y para nuestros hijos.

Es más, volviendo al ejemplo de las lentejas, en ese caso la prioridad ni siquiera era la salud. La salud no depende de un plato de lentejas así que, cada vez que provoques un conflicto familiar por un plato de algo, o por una ducha de más o de menos, pregúntate qué problema tienes tú y deja de proyectarlo en tu hijo.


Durante el año 2011, tres niñosse suicidaron porque sufrían acoso escolar. Algunos de esos niños habían pedido a sus padres que no les obligaran a ir a la escuela. Pero, para sus padres, la prioridad era cumplir con la norma social que obliga a encajar (aunque, si les hubiéramos preguntado, probablemente habrían dicho que su prioridad era la felicidad de sus hijos). En este caso, el precio que pagaron fue demasiado alto. No se tomaron la molestia de pararse a pensar a qué daban valor en realidad, qué cosas eran importantes y cuáles eran secundarias, a qué querían dedicar su tiempo y su energía y cómo iban a hacerlo. Tomaron la decisión (sin meditarla mucho, supongo) de hacer lo que hace la mayoría de la gente, lo que está socialmente aceptado, y a eso lo llamaron responsabilidad. “La vida es así”, dice la mayoría de la gente. “Es mejor que se acostumbren de pequeños”. Es otra característica del auto-engaño: no querer ser conscientes de que nuestra actitud va a tener consecuencias y que esas consecuencias las va a sufrir más gente aparte de nosotros mismos.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Las políticas y los bebés



En el año 2006, una abogada de Barcelona solicitó el aplazamiento de una vista en el juzgado. Le fue denegado porque el juez estimó que el motivo alegado no constituía causa de fuerza mayor. Llegó el día de la vista y la abogada acudió puntual, con su bebé recién nacido en brazos. Al verla, el juez cambió su criterio y decidió que un parto reciente sí era causa de fuerza mayor, así que le concedió el aplazamiento.

Flaco favor nos hicieron las feministas de los sesenta cuando lucharon por una igualdad que pretendía ignorar el hecho biológico que nos hace diferentes.





 La baja maternal dura, según la ley, 96 semanas (es decir, casi dos años) en Suecia; 52 semanas (un año) en Noruega; y 16 semanas (es decir, 112 días, un tercio de año) en España. De estas 16 semanas, las 6 primeras (42 días) son de reposo obligatorio para la madre. A menos, claro, que tus obligaciones sean más importantes que tu bebé y que tu propia salud. Esto es lo que debió pensar Soraya Sáenz de Santamaría, quien ha preferido dejar a su bebé en manos de otra persona y dedicarse a quehaceres más importantes relacionados con el nuevo gobierno del Estado. Por no decir que está incumpliendo la ley.

Las mujeres cuya vida tiene una proyección pública tienen en sus manos la posibilidad de dar ejemplo y concienciar a la sociedad de la importancia de la maternidad: de la importancia de descansar tras un parto, de la importancia de crear un vínculo con el recién nacido, de la importancia de la lactancia, de la crianza en brazos y de todo eso que, si me permiten la generalización, nuestras abuelas y bisabuelas sabían tan bien, que nuestras madres quisieron ignorar en busca de una igualdad mal entendida y que a nosotras nos tienen que recordar los “expertos” en la materia.







Carmen Chacón dice que sí se tomó los 42 días de descanso obligatorio, aunque matiza que compaginó el cuidado de su hijo con “contactos con sus colaboradores del Ministerio de Defensa”, sea lo que sea lo que quisiera decir con esa frase. Sin embargo, durante su embarazo había sido nombrada Ministra y se dedicó en cuerpo y alma a ese nuevo puesto. Se fue de viaje oficial a Kabul con su equipo médico al completo (“viaje oficial” significa que todos nosotros le pagamos los gastos a ella y a sus médicos). Hizo caso omiso de las recomendaciones médicas que desaconsejan viajar en los últimos meses del embarazo, especialmente si se trata de viajes largos. Y, encima, se tomó un vino con los soldados.

La francesa Rachida Dati es otra que tal baila: la ministra de Justicia se tomó, literalmente, cuatro días de baja. Cuatro.


Por suerte, hay mujeres como la eurodiputada danesa Hanne Dhal, que acudió al parlamento con su hija de dos meses; o su compañera italiana Licia Ronzulli, quien llevó a su hija en un portabebés poco después de nacer y la sigue llevando con ella ahora que ya tiene un año de edad. "Quiero ser un símbolo, con mi hija Victoria, y pienso en todas las mujeres que no pueden conciliar su vida profesional con su vida familiar", declaró Licia tras ser aplaudida por sus compañeros.

En España, en cambio, aplaudimos la “profesionalidad” de Carme y de Soraya. Luego nos quejamos de los adolescentes que tenemos, pero no nos quejamos de la crianza que les hemos dado.






 

sábado, 10 de diciembre de 2011

Chantaje en Port Aventura



El marketing dice que PortAventura mola; y dice que, sobre todo, les mola a los niños. Así que algunos padres llevan a sus hijos a Port Aventura, aunque sus hijos no quieran. Además de no escucharles y de no hacer caso de sus preferencias, les obligan a subirse a trenes que dan miedo y a sacarse fotos con muñecos enormes que dan más miedo aún.



El caso de las fotos es curioso (y, quien dice fotos, dice vídeos). Prolifera, cada vez más, el tipo de padre que está tan ocupado registrando el momento, que se olvida de vivirlo. Son padres que sueltan la mano de su hijo pequeño pero no sueltan el móvil ni la cámara porque sienten una extraña necesidad de sacar la foto, grabar el vídeo o publicar un twit sobre las supuestas monerías de su hijo. Lo peor es que el niño, en realidad, no se está divirtiendo lo más mínimo, porque un Woody Woodpecker de metro ochenta puede resultar algo macabro y Elmo se suponía que tenía que estar al otro lado de la pantalla, no materializarse en nuestra dimensión.


La cuestión es que los padres casi nunca están contentos con lo que hacen sus hijos. Es sólo porque, en vez de escucharlos, planean su vida a sesenta años vista, incluso desde antes de nacer. Así que tenemos, por un lado, a los padres que obligan a sus hijos a divertirse en Port Aventura. Para éstos, lo más importante no es que el niño se divierta, sino que quede constancia gráfica de ello. Y, por otro lado, tenemos a los niños que sí se divierten en Port Aventura, a pesar de sus padres. 









Hay un lugar en ese parque que hace las delicias de los niños de cuatro a siete años, más o menos. Es una casa laberíntica, de madera, llena de pasadizos y recovecos en los que esconderse. Dentro hay niños. Afuera hay adultos con cara de aburrimiento. El aburrimiento da paso a la impaciencia. Y la impaciencia, como es sabido, da lugar al enfado. Los adultos con pocos recursos empiezan gritando algo como: “¡Niño, sal ya que nos vamos! ¡¡Que salgas te he dicho!!” Pero, como la técnica no funciona, prueban con el clásico chantaje, suavizando la voz todo lo que pueden para disimular su ira: “Vida, sal, que te doy un chupachups”. Apuesto algo a que si fuera el niño quien hubiera pedido el chupachups, le habrían dicho que no, que luego se le quitaba el hambre y no comía.

Y luego, a veces, viene la discusión conyugal, porque cada uno había hecho una planificación mental del maravilloso día que iban a pasar en familia y, claro, como la planificación mental de uno no concuerda con la del otro, pasan directamente a la bronca y el reproche, dándole a su hijo un perfecto ejemplo de cómo no comportarse.

Tristemente, la mayoría de los padres nunca se plantean (ni antes ni después de tenerlos) qué tipo de relación quieren tener con sus hijos. Si les preguntas qué es lo que quieren para ellos, con toda probabilidad te dirán que “sólo quieren que sean felices”. Pero, día a día, nos demuestran que eso es mentira. Cada vez que hacen llorar a sus hijos por un plato de verdura, cada vez que les faltan al respeto gritándoles o castigándoles, cada vez que insultan a su inteligencia sometiéndolos a un sutil (o no tan sutil) chantaje, están anteponiendo sus prejuicios y sus miedos a la felicidad de sus hijos. Y todo eso, a costa de la personalidad de sus hijos, que está en construcción.



viernes, 2 de diciembre de 2011

II Congreso Nacional de Homeschooling




La semana pasada se celebró en la Universidad de Navarra el II Congreso Nacional (y I Internacional) de Educaciónen Casa/Homeschooling. Allí tuve el placer de conversar con profesores de diversas ramas del Derecho y con inspectores de educación, entre otros profesionales.



Presenté una ponencia titulada “Consecuencias de la falta de asesoramiento legal previo a la desescolarización” ya que, dada la convergencia de mi profesión con mi condición de madre homeschooler, me encuentro demasiado a menudo con familias que podrían haber evitado procesos judiciales en su contra si hubieran contado con el debido asesoramiento antes de tomar ninguna decisión respecto de la escolarización de sus hijos. Recalqué, además, la importancia de contar con un experto procesalista que vele por la observancia de las garantías del proceso. 

La cuestión fue ampliamente completada con las ponencias de otros juristas, como el profesor Muñoz, de la Universidad de la Rioja, quien analizó la posición del Tribunal Constitucional ante el homeschooling; el inspector de educación y profesor de la UNED, Don Ángel Sanz, quien destacó la necesidad de un cambio legislativo que desvincule a la educación en casa del absentismo escolar para facilitar la labor de los inspectores educativos; o el ex Director General de la Alta Inspección Educativa del Estado, Don Teófilo González, cuya ponencia se centró en la inexistencia de razones válidas que justifiquen la imposición legal de la escolarización obligatoria.

La profesora Madalen Goiría, de la Universidad del País Vasco, presentó una interesante propuesta de flexibilización del sistema escolar que es utilizada con éxito en otros países. Se trata del llamado “flexischool”, es decir, escuela flexible, y consiste en la posibilidad de que las familias que educan en casa tengan la posibilidad de escolarizar a sus hijos por asignaturas en vez de por cursos completos. Así, un niño podría educarse en casa y, a la vez, acudir a la escuela para realizar clases de alguna asignatura específica. Es habitual que este sistema se utilice para las materias de matemáticas, ciencias y educación física, para cuya enseñanza una escuela puede resultar mucho más eficiente que una familia.

Al margen de sus opiniones personales respecto de las ventajas e inconvenientes de la educación en casa, todos los ponentes coincidieron en la necesidad de que esta opción educativa sea reconocida de forma expresa por la legislación española, y en la inmoralidad que supone la persecución a que actualmente están expuestas las familias que se responsabilizan directamente de la educación de sus hijos. El alto grado de estatismo del que está imbuida la sociedad española convierte a los homeschoolers de este país en luchadores que deben enfrentarse diariamente al juicio social, además de a la incompetencia y al autoritarismo de las administraciones públicas. No se trata de un debate pedagógico, sino de un debate moral acerca de la libertad de elegir. Como bien dijo Christine Brabant, de la Universidad de Louvaine, "Si unos padres quieren educar a sus hijos en casa y crear herramientas de homeschooling, la pregunta no es si el gobierno debería permitírselo o no. Es cómo será apoyado y qué normas regirán su práctica. Es un reto gobernativo”.


Con Paula Rothermel