El marketing dice que PortAventura mola; y dice que, sobre todo, les mola a los niños. Así que algunos
padres llevan a sus hijos a Port Aventura, aunque sus hijos no quieran. Además
de no escucharles y de no hacer caso de sus preferencias, les obligan a subirse
a trenes que dan miedo y a sacarse fotos con muñecos enormes que dan más miedo
aún.
El caso de las fotos es curioso
(y, quien dice fotos, dice vídeos). Prolifera, cada vez más, el tipo de padre
que está tan ocupado registrando el momento, que se olvida de vivirlo. Son
padres que sueltan la mano de su hijo pequeño pero no sueltan el móvil ni la
cámara porque sienten una extraña necesidad de sacar la foto, grabar el vídeo o
publicar un twit sobre las supuestas monerías de su hijo. Lo peor es que el
niño, en realidad, no se está divirtiendo lo más mínimo, porque un Woody
Woodpecker de metro ochenta puede resultar algo macabro y Elmo se suponía que
tenía que estar al otro lado de la pantalla, no materializarse en nuestra
dimensión.
La cuestión es que los padres
casi nunca están contentos con lo que hacen sus hijos. Es sólo porque, en vez
de escucharlos, planean su vida a sesenta años vista, incluso desde antes de
nacer. Así que tenemos, por un lado, a los padres que obligan a sus hijos a
divertirse en Port Aventura. Para éstos, lo más importante no es que el niño se
divierta, sino que quede constancia gráfica de ello. Y, por otro lado, tenemos
a los niños que sí se divierten en Port Aventura, a pesar de sus padres.
Hay un
lugar en ese parque que hace las delicias de los niños de cuatro a siete años,
más o menos. Es una casa laberíntica, de madera, llena de pasadizos y recovecos
en los que esconderse. Dentro hay niños. Afuera hay adultos con cara de
aburrimiento. El aburrimiento da paso a la impaciencia. Y la impaciencia, como
es sabido, da lugar al enfado. Los adultos con pocos recursos empiezan gritando
algo como: “¡Niño, sal ya que nos vamos! ¡¡Que salgas te he dicho!!” Pero, como
la técnica no funciona, prueban con el clásico chantaje, suavizando la voz todo
lo que pueden para disimular su ira: “Vida, sal, que te doy un chupachups”. Apuesto algo a que si fuera
el niño quien hubiera pedido el chupachups,
le habrían dicho que no, que luego se le quitaba el hambre y no comía.
Y luego, a veces, viene la
discusión conyugal, porque cada uno había hecho una planificación mental del
maravilloso día que iban a pasar en familia y, claro, como la planificación
mental de uno no concuerda con la del otro, pasan directamente a la bronca y el
reproche, dándole a su hijo un perfecto ejemplo de cómo no comportarse.
Tristemente, la mayoría de los
padres nunca se plantean (ni antes ni después de tenerlos) qué tipo de relación
quieren tener con sus hijos. Si les preguntas qué es lo que quieren para ellos,
con toda probabilidad te dirán que “sólo quieren que sean felices”. Pero, día a
día, nos demuestran que eso es mentira. Cada vez que hacen llorar a sus hijos
por un plato de verdura, cada vez que les faltan al respeto gritándoles o castigándoles,
cada vez que insultan a su inteligencia sometiéndolos a un sutil (o no tan
sutil) chantaje, están anteponiendo sus prejuicios y sus miedos a la felicidad
de sus hijos. Y todo eso, a costa de la personalidad de sus hijos, que está en
construcción.




2 comentarios:
En muchas familias parece que el hecho de tener al menos un hijo era como algo que han tachado de una lista de cosas que hacer. No me extraña que luego la mayor parte del tiempo los lleven como mercancía cojonera y poco más...
Genial Laura. Incluso para quienes queremos respetar y educar en libertad a nuestros hijos, a veces, nos resulta difícil no caer alguna vez en estos errores. Creo que es importante darse cuenta para mejorar día a día.
Un abrazo.
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