sábado, 10 de diciembre de 2011

Chantaje en Port Aventura



El marketing dice que PortAventura mola; y dice que, sobre todo, les mola a los niños. Así que algunos padres llevan a sus hijos a Port Aventura, aunque sus hijos no quieran. Además de no escucharles y de no hacer caso de sus preferencias, les obligan a subirse a trenes que dan miedo y a sacarse fotos con muñecos enormes que dan más miedo aún.



El caso de las fotos es curioso (y, quien dice fotos, dice vídeos). Prolifera, cada vez más, el tipo de padre que está tan ocupado registrando el momento, que se olvida de vivirlo. Son padres que sueltan la mano de su hijo pequeño pero no sueltan el móvil ni la cámara porque sienten una extraña necesidad de sacar la foto, grabar el vídeo o publicar un twit sobre las supuestas monerías de su hijo. Lo peor es que el niño, en realidad, no se está divirtiendo lo más mínimo, porque un Woody Woodpecker de metro ochenta puede resultar algo macabro y Elmo se suponía que tenía que estar al otro lado de la pantalla, no materializarse en nuestra dimensión.


La cuestión es que los padres casi nunca están contentos con lo que hacen sus hijos. Es sólo porque, en vez de escucharlos, planean su vida a sesenta años vista, incluso desde antes de nacer. Así que tenemos, por un lado, a los padres que obligan a sus hijos a divertirse en Port Aventura. Para éstos, lo más importante no es que el niño se divierta, sino que quede constancia gráfica de ello. Y, por otro lado, tenemos a los niños que sí se divierten en Port Aventura, a pesar de sus padres. 









Hay un lugar en ese parque que hace las delicias de los niños de cuatro a siete años, más o menos. Es una casa laberíntica, de madera, llena de pasadizos y recovecos en los que esconderse. Dentro hay niños. Afuera hay adultos con cara de aburrimiento. El aburrimiento da paso a la impaciencia. Y la impaciencia, como es sabido, da lugar al enfado. Los adultos con pocos recursos empiezan gritando algo como: “¡Niño, sal ya que nos vamos! ¡¡Que salgas te he dicho!!” Pero, como la técnica no funciona, prueban con el clásico chantaje, suavizando la voz todo lo que pueden para disimular su ira: “Vida, sal, que te doy un chupachups”. Apuesto algo a que si fuera el niño quien hubiera pedido el chupachups, le habrían dicho que no, que luego se le quitaba el hambre y no comía.

Y luego, a veces, viene la discusión conyugal, porque cada uno había hecho una planificación mental del maravilloso día que iban a pasar en familia y, claro, como la planificación mental de uno no concuerda con la del otro, pasan directamente a la bronca y el reproche, dándole a su hijo un perfecto ejemplo de cómo no comportarse.

Tristemente, la mayoría de los padres nunca se plantean (ni antes ni después de tenerlos) qué tipo de relación quieren tener con sus hijos. Si les preguntas qué es lo que quieren para ellos, con toda probabilidad te dirán que “sólo quieren que sean felices”. Pero, día a día, nos demuestran que eso es mentira. Cada vez que hacen llorar a sus hijos por un plato de verdura, cada vez que les faltan al respeto gritándoles o castigándoles, cada vez que insultan a su inteligencia sometiéndolos a un sutil (o no tan sutil) chantaje, están anteponiendo sus prejuicios y sus miedos a la felicidad de sus hijos. Y todo eso, a costa de la personalidad de sus hijos, que está en construcción.