viernes, 17 de febrero de 2012

8 balazos en el portátil






No sé en qué estaría pensando Tommy Jordan cuando grabó el vídeo y decidió colgarlo en Youtube para que el mundo entero pudiera verlo, juzgarlo y comentarlo. No sé en qué estaría pensando cuando sacó su 45 y le pegó 5 balazos al portátil de su hija. “Y uno más por tu madre”, dijo, “porque me lo ha pedido”. “Y dos más porque todavía me quedan dos balas” (ahí, pedazo de argumento).

El vídeo se hizo viral. Lógico. Y la vieja historia de “mi techo, mis reglas” o, lo que es lo mismo, “la familia no es una democracia”, hizo que el 90% de los comentaristas apoyaran al loco de Tommy Jordan.

Hannah sólo pedía un poco de dignidad. Es cierto que podía haber elegido otra forma de hacerlo, que no había ninguna necesidad de airear las miserias de su familia a los cuatro vientos (que, en el siglo XXI, no son cuatro vientos sino un muro de Facebook), que poco nos importa que su padre sea un dictador y que la trate como la madrastra a Cenicienta. Pero su deseo es legítimo. Su necesidad de recuperar (si es que alguna vez la tuvo) la dignidad inherente al ser humano es comprensible y, junto con el cóctel hormonal que supone ser adolescente, justifica plenamente que escribiera a sus padres de forma pública vía Facebook. Probablemente no tenía otra vía de comunicación con ellos. Así que entró en la red social y empezó a escribir todo lo que pensaba y lo que sentía. Que no era justo que, además de ir al instituto y hacer un montón de deberes y exámenes, al llegar a casa tuviera que hacer la comida, y la colada, y las camas de todos, y fregar. Y, encima, aguantar al tirano de su padre (que esto no lo puso, pero seguro que lo pensaba).

De acuerdo, Hannah actuó de forma impulsiva e inmadura. Pero su padre también. Y, ojo, ¿quién es el adulto aquí?

Tommy Jordan se sentó en el jardín, delante de la cámara, leyó el mensaje de su hija y, después, sacó un arma y le pegó ocho balazos al portátil. Le dijo que, si quería otro, se lo tendría que pagar ella. Eso en caso de que alguna vez le levantara el castigo, claro.

Una madre empática creó un grupo de apoyo para Hannah, donde gente de bien deja sus mensajes para ella, para que no se sienta sola ni humillada, para que sepa que tiene derecho (y obligación, añadiría yo) de rebelarse contra el energúmeno esclavista que tiene por padre. Aunque los mensajes también deberían ser para él. Para que sepa que hay otras formas de educar. Que, entre el extremo del autoritarismo (el suyo), y el extremo de la permisividad absoluta (tan común hoy en día), existen la crianza respetuosa y la disciplina positiva. Para que sepa que, lo que él haga hoy a su hija, su hija lo pagará el día de mañana. Para recomendarle que lea a Alice Miller y a Alfie Kohn y a Laura Gutman y a Naomi Aldort y a Rosa Jové. Para que se dé cuenta de lo absurdo que es lo que está haciendo, de lo peligroso que es y del riesgo que corre su hija a causa de su actitud.

Para que se dé cuenta de lo grave, de lo triste y de lo patético que es haberse ganado el apodo de “the laptop-shooting dad” (“el papá que disparó al portátil”) porque no tuvo más recursos parentales que la inercia de sucumbir a la ira provocada por la humillación de haber sido desafiado en público por su propia hija.

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