sábado, 17 de marzo de 2012

De libertad y propinas


Tomamos un café en la cafetería de El Corte Inglés. Pedimos la cuenta. Pagamos. Esperamos el cambio. Y continuamos esperando el cambio. Era una cantidad pequeña y, tal vez, se la habríamos dejado en concepto de propia a la camarera si nos la hubiera devuelto. La segunda vez, nos pasó lo mismo. Resultaba extraño porque, en general, los empleados de El Corte Inglés dan un servicio excelente. La tercera vez, antes de pagar me fijé bien en el ticket y leí: “No se admiten propinas”. Estaba escrito en mayúsculas justo debajo del precio. Según mi lógica deductiva (y un poco malpensada), las dos primeras veces la camarera había tratado de quedarse una propina que ni yo quería darle ni su empresa le permite quedarse. Piensa mal y acertarás, dice el refranero popular.



Se dice que las propinas se originaron en el siglo XVIII cuando se extendió la costumbre, entre los pubs londinenses, de poner una urna con las inscripción “To Insure Prompitude” (“para garantizar rapidez”) a la vista de los clientes y que de ahí viene el vocablo inglés “tip” que sirve para denominar a las propinas. Según otras teorías, los romanos ya tenían la costumbre de dejar propinas para gratificar el buen servicio recibido y asegurárselo en el futuro.

Sea cuál sea su origen, resulta curioso que se de propina a unos trabajadores pero no a otros. Se la damos al camarero y al taxista pero no al quiosquero ni al abogado. La convención social de las propinas también varía de un país a otro. En unos países se da por hecho que el cliente dejará propina; en otros, es casi un insulto. Hay quien deja propina sólo para sentirse bien consigo mismo al cumplir esta extraña norma social e, incluso, para quedar bien ante un camarero que, suponemos, espera esa propina por nuestra parte.


Pero, ¿por qué motivo iba una empresa a prohibir a sus clientes dejar propina? Claramente, para evitar un trato de favor de sus empleados hacia aquellos clientes que sean más generosos en sus propinas. Pero, como hemos visto, esta política de empresa es un arma de doble filo. En primer lugar, porque puede conseguir el efecto deseado, esto es, que (en este caso) los camareros traten a todos los clientes por igual y que, sin embargo, ese trato no sea necesariamente el mejor, ni siquiera óptimo. Mantener su puesto de trabajo será el único incentivo que le quede al empleado para dar un excelente servicio. Y, en segundo lugar, porque las prohibiciones incitan a buscar el modo de esquivarlas y, como también hemos visto, un modo de esquivar la prohibición de aceptar propinas es no devolviendo el cambio. Existe un alto grado de probabilidad de que el cliente, cansado de esperar y, al consistir el cambio debido en una cantidad relativamente pequeña, opte por no reclamarlo y abandonar la cafetería dejando una propina que tal vez no quería dejar y que, aun habiendo querido, la política de empresa no admite. Tal vez al ticket de la cafetería de El Corte Inglés habría que añadirle la coletilla que incluye el cartel de la empresa cubana Trasval: “No aceptamos propinas. Ganamos un salario decoroso”.




Se ve que los españoles somos un poco como Mr. Pink (“No creo en las propinas”, dice en Reservoir Dogs). Tampoco creemos en la libertad contractual y el libre establecimiento de precios. Queremos pagar el precio que se nos indique, sin añadir propina en caso de que el servicio haya sido excelente. Extrañamente, queremos pagarle lo mismo al que nos ha dado un buen servicio que al que nos ha dado un mal servicio.

El año pasado, una encuesta realizada por SkyScanner reveló quiénes son los peores turistas del mundo. Los españoles no aparecemos en los primeros cinco puestos de estas categorías: no tratar de aprender el idioma, nivel de grosería, ebriedad y desorden y no probar la comida local. En conjunto, no somos malos turistas. Y, sin embargo, lideramos el Top 5 de tacañería a la hora de dar propinas.