viernes, 15 de junio de 2012

Políticas educativas. Desmontando mitos.



Leo en un manual de Pedagogía: “El ambiente de aprendizaje (…) estará centrado en el interés e ideas del estudiante antes que en las pláticas del profesor; será abierto antes que cerrado como una invitación a que entren materiales, libros y equipos y a que surja la exploración de materiales, la valoración de ideas y la libertad para cambiar de rumbo ante nuevas situaciones; será de aceptación antes que de juicio; permitirá la movilidad dentro y fuera del aula y diferentes formas de agrupar a los alumnos”. 

A simple vista y sin tener en cuenta el contexto, uno pensaría que el autor del manual está describiendo el aula ideal; el entorno que todos los profesores deberían querer e intentar crear para facilitar los procesos de aprendizaje de sus alumnos. La sorpresa, cuando no indignación, llega al conocer el contexto del párrafo anterior que se refiere, en realidad, a uno de los cuatro factores aplicables al modelo de intervención educativa referida a los alumnos de altas capacidades. Sólo a ellos. 

¿Podemos deducir, entonces, que el ambiente de aprendizaje de los alumnos con capacidades medias o bajas no debe centrarse en el interés del estudiante? ¿Que puede ser más cerrado que abierto y que no cabe la libertad para cambiar de rumbo? ¿Que no ha de haber aceptación sino juicio? ¿Acaso los alumnos que no tienen altas capacidades no merecen el mismo respeto y la misma libertad que aquéllos? Cierto es que diferentes capacidades conllevan diferentes necesidades y, por tanto, diferentes modelos de intervención educativa, pero existen todavía demasiadas creencias falsas entorno a la educación de los, digamos, menos capaces. 


Existe la falsa creencia de que el niño necesita ser, no sólo guiado, sino dirigido en todo momento porque, si se le deja en libertad, se desviará del recto camino. Existe la falsa creencia de que todos los niños deben aprender lo mismo y al mismo ritmo. Existe la falsa creencia de que el desarrollo madurativo de los niños depende de su edad biológica, por eso se les agrupa en función de su año de nacimiento sin tener en cuenta su grado real de madurez ni su ritmo de aprendizaje. Existe la falsa creencia de que la escuela es el único medio de garantizar la igualdad de oportunidades porque ha calado la interpretación –errónea- del concepto de igualdad en el sentido de tratar a todos por igual. Pero la igualdad implica, necesariamente, tratar de forma desigual a los que no son iguales. La Universidad de Harvard publicó un interesante artículo sobre el concepto de igualdad de oportunidades en materia educativa. Pero, lamentablemente, este tipo de artículos no trascienden del ámbito académico formal y rara vez suelen verse reflejados en la práctica educativa cotidiana. 


Existe, por último, la falsa creencia de que una mayor inversión supone una mejor educación. Esta creencia ya fue desmontada en los años sesenta en el famoso Informe Coleman. Es un hecho sobradamente demostrado que no existe una relación directa entre la cantidad de recursos económicos destinados a la educación y los resultados de dicha educación. Coleman determinó que hay una mayor influencia de la posición socioeconómica de los estudiantes así como del tipo de escuela y del tipo de profesores que tienen. En 2008, un estudio de la Universidad de Stanford confirmó las tesis de Coleman, indicando que no importa la cantidad de recursos sino su gestión. Asimismo, el Informe PISA del año 2009 establece que el impacto del nivel socioeconómico se reduce en función de tres aspectos: por un lado, los métodos de acceso a las escuelas; por otro lado, la autonomía de los centros para decidir sobre el currículum y sobre las formas de evaluación, así como la competencia entre centros; y, por último, a qué se dedican los recursos económicos de que se dispone. 

En Twitter, alguien escribió sobre los recortes educativos: “que sigan recortando hasta que no quede ni el Ministerio”. Y tal vez tenía razón; tal vez va siendo hora de devolver el poder a los padres y a las escuelas y despolitizar la educación.