viernes, 27 de julio de 2012

Educación y Justicia





Cuando iba a diario a los juzgados de lo Penal de Barcelona, no podía quitarme de la cabeza aquella frase atribuida (no sé si correctamente o no) a Pitágoras: “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”. Tal vez de ahí viene, en parte, mi interés por la educación y la pedagogía; porque veía tantos casos de imputaciones penales por hechos que habrían podido evitarse si se les hubiera dado a esas personas otro tipo de educación.

Después llegaron los divorcios. Los divorcios siempre son desagradables, incluso los que son queridos por ambas partes. Muchas veces a los abogados nos toca ejercer no sólo de mediadores sino, también, de psicólogos. Cuando hay hijos comunes el tema se vuelve mucho más delicado. Es muy difícil que los padres, en un momento de profundo dolor, en el que tienen que digerir tantas emociones y asumir la pérdida (no sólo de lo que fue sino, muchas veces, también y sobre todo de lo que podría haber sido pero no fue) no cedan a la tentación (inercia, tal vez) de usar a sus hijos como moneda de cambio, como objeto de chantaje.



Las separaciones conyugales nunca deberían llegar a los juzgados. Pertenecen a la esfera más privada de las personas y, precisamente por ello, tampoco su oficialización debería estar en manos del Estado. No es ya una cuestión de dirimir la competencia entre las comunidades religiosas (cuales sean) y la administración del Estado. No se trata, tampoco, de debatir qué nombre es más correcto, si “matrimonio”, “unión civil”, “pareja de hecho” o cualquier otro que se les ocurra. Eso sólo son eufemismos y, si le cambiamos el nombre a las cosas, acabamos por cambiar su esencia. Desde el momento en que le hemos dado poder al Estado para decidir sobre las uniones conyugales (aceptarlas o no, imponer requisitos y condiciones para su creación y para su destrucción) hemos cedido uno de nuestros más preciados tesoros: nuestra libertad para obligarnos, para comprometernos y para decidir en qué condiciones se dará la unión y en qué condiciones se acabará.

Si Pitágoras levantara la cabeza, muy probablemente adaptaría su frase para aplicarla a los matrimonios y los divorcios. Si se diera otra educación a los niños, si se les diera una educación holística que les permitiera encontrar el equilibrio emocional adecuado, los matrimonios se darían con plena conciencia del acto que se está llevando a cabo, con conocimiento de sus implicaciones y de sus consecuencias. Asimismo, los niños serían traídos al mundo por los motivos adecuados y, caso de darse separaciones conyugales, los padres evitarían a toda costa que sus hijos resultaran dañados.


Los divorcios mal llevados (así como la escolarización tradicional) han dado mucho trabajo a los psicólogos infantiles y juveniles. Y la tecnocratización de la convivencia humana ha judicializado la vida. Por eso es habitual ver juzgados repletos de expedientes sobre las mesas, en las estanterías, en el suelo y en los pasillos. El problema no es la falta de recursos, ni siquiera la mala gestión de los recursos disponibles. El problema, una vez más, es la pésima educación que se da a los niños. Por eso los juzgados de lo penal están saturados enjuiciando crímenes que se podrían haber evitado fácilmente.

domingo, 22 de julio de 2012

Di que sí




Un niño de cinco años le dijo a su madre: “siempre que te pido algo, me dices que no”. Se dio la vuelta sin darle opción a contestarle, así que la madre intentó justificarse ante mí. Ella se agarraba a la peligrosa idea de que, cuando le decía que no, lo hacía por el bien del niño. Pero no es por su propio bien si las necesidades del niño no son tenidas en cuenta. Tal vez, desde la perspectiva de la madre, las necesidades del niño no eran tales, o no eran adecuadas, o no eran importantes. Por eso casi siempre le decía que no, porque ni se planteaba la posibilidad de ver las cosas desde la perspectiva del niño. Esta madre (como muchas otras) consideraba, además, que una vez había dicho que no, tenía que mantenerse en su posición para no perder el control. Disfrazaba su actitud de coherencia, incluso estaba convencida de que actuaba bien, de que realmente era coherente y de que lo hacía por el bien del niño.

La psicóloga Alice Miller analiza, a través de sus libros, cómo la crianza que se da a los niños determina la situación de una sociedad. Es especialmente revelador, en este sentido, su libro “Por tu propio bien”. Si queremos cambiar el estado de la sociedad, cambiemos primero la relación que tenemos con nuestros propios hijos y, por extensión, con todos los niños de nuestro entorno. Una forma de empezar a hacerlo es cambiando el afán de control por el respeto; dejando de ver la crianza como una lucha constante de poderes y empezando a considerar al niño como individuo que es. Como bien dice el pediatra Carlos González: tu hijo es una buena persona. Dale el respeto que se merece (que es todo), reconoce que sus necesidades pueden diferir de lo que tú, a priori, consideraste adecuado, admite tus errores y no te enquistes en una posición equivocada sólo porque fue lo primero que dijiste.

Joyce Fetteroll tiene una sencilla técnica para lograrlo: imagina que tienes una cantidad limitada de “noes” para darles a tus hijos a lo largo de toda la vida. Desde el momento en que la cantidad es limitada, cada vez que debas responderle a un hijo tratarás de buscar la forma de contestarle que sí. De este modo, habrás empezado el camino del cambio en vuestra relación, valorando más sus peticiones, que no son otra cosa que la expresión de sus necesidades puntuales. Conviene recordar que un sí puede darse de muchas formas diferentes, cómo éstas: “sí, podemos hacer esto dentro de quince minutos, cuando acabe lo que estoy haciendo ahora”, “sí, puedes comprar ese juguete, pensemos en formas de conseguir suficiente dinero”, “sí, podemos hacerlo mañana, porque ahora estoy demasiado cansada”.

Si nos planteamos la crianza en términos de creación de recuerdos para el futuro de nuestros hijos, empezaremos a cambiar nuestras prioridades cotidianas. ¿Queremos que recuerden aquél verano tan divertido que pasaron junto a sus padres, o queremos que recuerden aquella casa tan limpia y ordenada a la que tan afanosamente se dedicaba su madre?


Amigos, la vida es demasiado corta, y demasiado importante, para que dediquemos el tiempo y la energía a asuntos triviales; como para dejar que la relación con nuestros hijos esté marcada por nuestro ego y por conflictos innecesarios; como para permitir que nuestra reserva vitalicia de “noes” se nos agote en tres  cuatro años. Inténtalo por un día: cuando tu hijo te pregunte, di que sí.


viernes, 13 de julio de 2012

La crianza pacífica




En una de sus multitudinarias y siempre polémicas conferencias, un conocido juez dijo algo así como que si te haces amigo de tu hijo lo dejas huérfano. En un primer momento pensé que tenía razón. La frase sonaba lógica. Es como esas consignas revolucionarias que, en principio, parecen correctas, algunas incluso suenan algo poéticas. Pero luego, pensándolo en profundidad, me di cuenta de que una cosa no quita la otra; que uno no sólo puede ser padre y amigo a la vez sino que debería aspirar a serlo.

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define la amistad así: “Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”. Me cuesta creer que haya alguien en el mundo que no desee tener una relación así con sus propios hijos.

Pero hay quien ve la crianza como un enfrentamiento continuo, una especie de lucha de poderes entre padres e hijos. Algunos todavía creen que hay bebés que lloran sin motivo. O, peor aún, que lloran para poner a prueba a sus padres; que si no tienen hambre, ni sed, ni necesitan un cambio de pañal, sólo cabe achacar el llanto a su maldad intrínseca. Hay quien cree que lo único que motiva a los niños es su propio interés en imponer su voluntad a la de sus padres. La crianza, en realidad, es mucho más simple. Se trata, únicamente, de conjugar las necesidades de cada uno de los miembros de la familia. A veces estas necesidades serán contrapuestas, antagónicas e incompatibles pero incluso en esas ocasiones cabe la posibilidad de encontrar un término medio, un “hoy por ti y mañana por mí”.

Hubo varios libros que cambiaron mi vida en este sentido pero si tuviera que resumir todo este aprendizaje en una sola frase, lo haría parafraseando a Sandra Dodd: si tu hijo es más importante que la visión que tienes de él, entonces la vida se vuelve más sencilla. Porque ése es uno de los motivos por los que muchas familias no consiguen tener una crianza feliz. Si intentas convertir a tu hijo en la persona que tú creíste que sería, entonces estás anulando a la persona que realmente es. Y si crees que la crianza se basa en preparar a tu hijo para el futuro, entonces estás obviando el hecho de que tu hijo ya es una persona con vida propia, aquí y ahora, ya tenga dos meses de vida, siete años o cincuenta.


Para colmo, estamos delegando gran parte de la crianza y educación en terceras personas ajenas a la familia, usamos artilugios que sustituyen a las madres y acudimos a supuestos expertos en busca de consejos que, a veces, seguimos ciegamente. ¿Por qué hemos llegado a creer que el pediatra, el psicólogo, el autor de turno o el pedagogo saben más sobre lo que necesitan nuestros hijos que nosotros mismos? Peor aún, ¿por qué hemos llegado a creer que cualquiera sabe mejor lo que necesitan los niños que los propios niños? Deberíamos devolverles la voz, volver a escucharles. Nuestras bisabuelas no necesitaron chupetes, ni carritos, ni esterilizadores de biberones, ni a Eduard Estivill ni a Javier Urra. Nosotras empezamos por resignarnos ante la violencia obstétrica, nos escondemos para dar el pecho y acabamos aplicando los métodos de adiestramiento de la Super Nanny. Después nos quejamos de la juventud que tenemos: los jóvenes ya no tienen ideales, no luchan por lo que creen (si es que creen algo), se ha perdido la cultura del esfuerzo… Pero ¡no nos quejamos de la educación que les hemos dado!



viernes, 6 de julio de 2012

Economía para Rubias



 “La Economía es una de las ciencias más útiles, y sin embargo más desconocidas, nos ayuda a entender la acción humana y las relaciones entre las personas en una sociedad compleja. Economía para Rubias explica los conceptos más básicos de forma sencilla e irreverente, al alcance de todos. ¡Ya no hay excusa para no estudiar economía!”


Así se presenta este libro, de lectura ligera pero sustancial, que nos introduce en los conceptos básicos de la economía de la mano de Meri, la protagonista rubia que debe tomar decisiones económicas diariamente. A través de su vida personal (cuando debe elegir, por ejemplo, entre un secador de pelo y un rizador) y también de su vida profesional (porque Meri es emprendedora y acaba montando un negocio) vamos descubriendo cómo la economía forma parte de nuestras vidas, de lo cotidiano, y que no es sólo una sección incomprensible de los medios de comunicación, destinada a ser comprendida únicamente por unas cuantas mentes privilegiadas.

Del modo más sencillo que quepa imaginar y en tan sólo medio centenar de páginas ilustradas a todo color, “Economía para rubias” nos enseña conceptos tan básicos como valor subjetivo, utilidad marginal, coste de oportunidad, ahorro, capital, propiedad, intercambio, dinero, precio, competencia, pérdidas y ganancias.

Reconozco que, cuando Félix contactó conmigo para pedirme que le echara un vistazo al libro, encontré que el título era desafortunado e, incluso, algo ofensivo. No me pareció una buena idea utilizar el tópico de la rubia tonta para enseñar economía. Pero él insistió y yo leí el libro, que me arrancó más de una sonrisa y alguna que otra carcajada. Deseo que este libro caiga en manos de algún profesor de secundaria y lo introduzca en sus clases.

Recuerdo que, cuando estudiaba Derecho en Barcelona, las asignaturas de Economía Política, Hacienda Pública y Derecho Financiero y Tributario se le resistían a una gran cantidad de alumnos (rubias o no), y todo era debido a dos causas que confluían: la falta de una base de conocimientos adecuada y la presentación infinitamente aburrida de la materia. Creo que sigue sucediendo lo mismo. Parece que algunas materias han de presentarse como tochos infumables para darles un aire de importancia. ¿Qué sucedería si empezáramos a darles una educación financiera de calidad a nuestros hijos? ¿Se imaginarían qué sucedería si todos nosotros entendiéramos exactamente de qué hablan los políticos y los analistas cuando hablan de economía? Se acabaría el sistema político tal como lo conocemos ahora; lo que Jeff Tucker califica de “gigantesca conspiración para robar, engañar y subyugar a la población".


Si les da miedo atacar los manuales de economía tradicionales, un consejo: empiecen por “Economía para rubias” o busquen otro libro de lectura ligera, pero no demoren más el aprendizaje de esta materia. Mi recomendación personal es que entren en la web www.lulu.com e inviertan 2,99.-€ en su propia educación financiera.