viernes, 13 de julio de 2012

La crianza pacífica




En una de sus multitudinarias y siempre polémicas conferencias, un conocido juez dijo algo así como que si te haces amigo de tu hijo lo dejas huérfano. En un primer momento pensé que tenía razón. La frase sonaba lógica. Es como esas consignas revolucionarias que, en principio, parecen correctas, algunas incluso suenan algo poéticas. Pero luego, pensándolo en profundidad, me di cuenta de que una cosa no quita la otra; que uno no sólo puede ser padre y amigo a la vez sino que debería aspirar a serlo.

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define la amistad así: “Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”. Me cuesta creer que haya alguien en el mundo que no desee tener una relación así con sus propios hijos.

Pero hay quien ve la crianza como un enfrentamiento continuo, una especie de lucha de poderes entre padres e hijos. Algunos todavía creen que hay bebés que lloran sin motivo. O, peor aún, que lloran para poner a prueba a sus padres; que si no tienen hambre, ni sed, ni necesitan un cambio de pañal, sólo cabe achacar el llanto a su maldad intrínseca. Hay quien cree que lo único que motiva a los niños es su propio interés en imponer su voluntad a la de sus padres. La crianza, en realidad, es mucho más simple. Se trata, únicamente, de conjugar las necesidades de cada uno de los miembros de la familia. A veces estas necesidades serán contrapuestas, antagónicas e incompatibles pero incluso en esas ocasiones cabe la posibilidad de encontrar un término medio, un “hoy por ti y mañana por mí”.

Hubo varios libros que cambiaron mi vida en este sentido pero si tuviera que resumir todo este aprendizaje en una sola frase, lo haría parafraseando a Sandra Dodd: si tu hijo es más importante que la visión que tienes de él, entonces la vida se vuelve más sencilla. Porque ése es uno de los motivos por los que muchas familias no consiguen tener una crianza feliz. Si intentas convertir a tu hijo en la persona que tú creíste que sería, entonces estás anulando a la persona que realmente es. Y si crees que la crianza se basa en preparar a tu hijo para el futuro, entonces estás obviando el hecho de que tu hijo ya es una persona con vida propia, aquí y ahora, ya tenga dos meses de vida, siete años o cincuenta.


Para colmo, estamos delegando gran parte de la crianza y educación en terceras personas ajenas a la familia, usamos artilugios que sustituyen a las madres y acudimos a supuestos expertos en busca de consejos que, a veces, seguimos ciegamente. ¿Por qué hemos llegado a creer que el pediatra, el psicólogo, el autor de turno o el pedagogo saben más sobre lo que necesitan nuestros hijos que nosotros mismos? Peor aún, ¿por qué hemos llegado a creer que cualquiera sabe mejor lo que necesitan los niños que los propios niños? Deberíamos devolverles la voz, volver a escucharles. Nuestras bisabuelas no necesitaron chupetes, ni carritos, ni esterilizadores de biberones, ni a Eduard Estivill ni a Javier Urra. Nosotras empezamos por resignarnos ante la violencia obstétrica, nos escondemos para dar el pecho y acabamos aplicando los métodos de adiestramiento de la Super Nanny. Después nos quejamos de la juventud que tenemos: los jóvenes ya no tienen ideales, no luchan por lo que creen (si es que creen algo), se ha perdido la cultura del esfuerzo… Pero ¡no nos quejamos de la educación que les hemos dado!