viernes, 17 de agosto de 2012

Historias de terror en la piscina


Mateo sólo puede bañarse cuando su padre lo decide. Pablo sólo puede usar la piscina para practicar las habilidades nadadoras que le han enseñado durante todo el invierno en sus obligadas clases de natación. Lucía tiene que bañarse aunque le parezca que el agua está más fría que en el Polo Norte. Es agosto, están de vacaciones y tienen una piscina en casa. Pero no tienen ni voz ni voto sobre cómo y cuándo usarla.

Pablo y Nicolás juegan a tirarse juntos; de palillo, de bomba, de señor despistado, de remolino. Pero el papá de Pablo ha decidido que tiene que practicar. Le hace tirarse de cabeza, desde donde él dice, y nadar hasta la escalera más próxima. Salir y volver a tirarse. Salir y volver a tirarse. Hasta que el niño se atreve a decirle que está cansado, porque decirle que está aburrido sería una ofensa para el padre y quién sabe qué consecuencias traería semejante confesión. Así que le dice que está cansado, porque sabe que así podrá parar, y el padre empieza a contarle al socorrista lo débil que es su hijo, lo pronto que se cansa “sin hacer nada”. ¿Imaginan la humillación que debe sentir Pablo? Él en realidad no está cansado, le queda mucha energía para jugar en la piscina libremente. Pero como no le dejan hacerlo, usa la técnica que sabe que funciona para que su padre le permita no volver a tirarse para nadar hasta la escalera más próxima. Y lo hace asumiendo el riesgo de ser humillado delante de todos los demás. Porque el padre y el socorrista no están cerca el uno del otro, así que hablan a voz en grito, y todos los demás nos enteramos de lo que están diciendo. Somos testigos de la vergonzosa escena en la que un padre cree (erróneamente) que debe justificarse por la supuesta debilidad de su hijo. No sabe que los niños son tan frágiles que los podemos desequilibrar con una sola palabra. Lo que este niño ha aprendido no es natación. Lo que ha aprendido es que está bien decir cosas que no sientes para conseguir lo que quieres. Y ha aprendido que está bien burlarse de los demás ante desconocidos. Y ha aprendido que, en ocasiones, no queda otro remedio que soportar la burla. Pablo paga un precio por todos estos aprendizajes, un precio muy alto cuya moneda de cambio es su propia autoestima. La autoestima es fácil de perder y difícil de recuperar. La herida que su padre está provocando es una evidencia vergonzosa de la falta de respeto que la mayoría de los adultos tienen por los niños.

Si hay algo que define la buena crianza, ese algo es la consciencia. No es suficiente con tener buenas intenciones, ni con repetir patrones aprendidos sin antes examinarlos, no es suficiente con tener alegría (que, a veces, ni eso tienen los padres). Es requisitos imprescindible tener consciencia de lo que estamos haciendo, de quienes son nuestros hijos y de qué consecuencias (positivas o negativas) van a tener nuestros actos sobre ellos. A veces, la lección que aprenden nuestros hijos esjustamente la contraria de la que creíamos que les estábamos enseñando. Como cuando se aplica el time out y, para no llamarlo “tiempo fuera” que suena muy feo, lo llamamos “rincón de pensar”. Entonces todavía es peor, porque no sólo estamos provocando un sentimiento de abandono en el niño sino que, además y por si fuera poco, les estamos transmitiendo el mensaje de que pensar es un castigo. Esta es una idea muy peligrosa, que pensar es un castigo, que no es algo deseable.

Como también es peligroso el mensaje de que el niño no puede decidir por si mismo, ya no en cosas “importantes” sino en algo aparentemente tan simple como cuándo y cómo usar una piscina en verano. La tradicional idea de que el verano era la mejor época del año se sustentaba, no sólo en el hecho de que le buen tiempo alegra a cualquiera sino, sobre todo, en el hecho de que en verano los niños recuperábamos la libertad. ¿Les vamos a privar de este placer?