viernes, 24 de agosto de 2012

Lo que los abogados (y nuestros clientes) debemos aprender de Brave




Brave (Indomable) es el título de la última película que Disney Pixar ha estrenado en España. Cuenta la historia de Mérida, una princesa que quería ser libre para escribir su propia historia. Siguiendo la tradición del lugar, el Rey convoca a los hijos de los tres Lores para competir por la mano de su hija. Las normas establecen que sólo los primogénitos pueden competir y que es la propia princesa quien elige el arma del combate. Así que Mérida, ni corta ni perezosa, decide dos cosas: una, que el arma del combate será el arco (cuya técnica ella misma domina espectacularmente); y dos, que ella, que también es primogénita en su casa, competirá por su propia mano. Por supuesto, Mérida gana el combate para el desespero de su madre, la Reina (porque, si no, ya no sería una película Pixar, sino sólo una película clásica de princesas de Disney). Pero Mérida ha cumplido las normas, sólo que de un modo imaginativo y diferente a lo que los demás daban por hecho.

¿Y qué es lo que podemos aprender de esta escena? Que la justicia no es más que un juego con una reglas determinadas y que, cuanto mejor conozcamos esas reglas, mejor podremos aplicarlas en nuestro favor. Y que en cada caso del que nos ocupamos tenemos la posibilidad de reinventar el uso que le damos a las normas, sin necesidad de incumplirlas. Ahora bien, hay unos básicos que deben respetarse.

He visto a abogados penalistas y mercantilistas actuando en juicios civiles. Y perdiendo. La ética profesional (y personal) habría impuesto la necesidad de no aceptar el encargo. Es nuestro deber educar a los clientes para que sepan qué pueden esperar de cada uno de nosotros. El cliente no tiene por qué saber que un abogado penalista no le conviene para un juicio civil, aunque puede aprenderlo, como también aprendió que no le conviene pretender que el dentista le cure el cáncer.
También he visto a abogados defender a familias homeschoolers en base a los beneficios pedagógicos de esta modalidad educativa y a las graves (y evidentes) carencias del sistema escolar actual. Bien, ésta es una buena defensa para presentar en un medio de comunicación o en una ponencia de un congreso universitario, pero no ante un Juez. Ante un Juez lo que hay que hacer es darle a la legislación vigente las vueltas que hagan falta para que hable en nuestro favor. A Su Señoría no le importa que el sistema oficial haga aguas por todos lados; no le importa el posicionamiento de España en PISA y no le importa que el homeschooling refuerce enormemente el vínculo entre padres e hijos. Ni le importa ni debe importarle.

He visto a abogados repetir en juicio las técnicas y argumentaciones que fallaron en anteriores casos similares. El por qué se escapa a mi razón. Tal vez porque todavía existen abogados que sólo buscan el beneficio propio, aún a costa de la ruina de sus propios clientes. Por eso es importante que los ciudadanos se informen, que se preocupen por conocer qué debe hacer un abogado y cómo debe hacerlo, en lo que a deontología profesional se refiere. Después, apliquemos un poco de pensamiento lateral. ¿Quién dijo que la abogacía no es una profesión creativa?


1 comentario:

Silvia Durá dijo...

¡Excelente reflexión!