viernes, 28 de septiembre de 2012

Expertos en leyes


En España, le das una patada a una piedra y salen cinco o seis expertos en algo. Muy probablemente en Política y Derecho. Aunque la Medicina también es un asunto recurrente. Hay gente que se cree experta en Derecho porque una vez tuvo un juicio y extrapola los detalles de aquella vivencia a cualquier otro caso que se le ponga delante. En cierta ocasión, una persona me dijo que sabía de leyes porque llevaba muchos años “tratando con abogados”; por eso se permitía aconsejar a quien estuviera dispuesto a escucharle. Otros no se conforman con regalar sus consejos a pie de calle y van más allá, ofreciendo públicamente sus servicios de asesoría legal, rozando el intrusismo profesional y, por ende, la ilegalidad. A veces lo hacen al amparo de una entidad sin ánimo de lucro, pues en España parece que cualquier cosa que se haga, aparentemente, de buena voluntad está permitida. “La intención es lo que cuenta”, te dirán.

Estos autodenominados expertos tienden a aseverar categóricamente que algo pasa “siempre” o que otra cosa no pasa “nunca”. Es una curiosa tendencia que he observado muchísimas veces. Creo que sienten que, al afirmar contundentemente lo que puede o no puede pasar, están vendiendo seguridad y la seguridad es lo que, en no pocas ocasiones, busca el cliente. Bien, les diré dos cosas: la primera, que no hay nada seguro en esta vida. Nada. La segunda, que la respuesta correcta en Derecho casi siempre es “depende”. El Derecho no sirve para lo que nos han contado que debe servir, aunque todavía queda gente que cree que la justicia y la ley van de la mano, que tienen algo que ver, que no hay ley sin justicia. Bendita y peligrosa inocencia.

Lo más peligroso de estos falsos expertos es que actúan movidos por intereses personales de los que quizás ni ellos mismos son conscientes. Como su fuente de información es su propia experiencia personal y las experiencias vividas en segunda persona, a través de sus conocidos, sus consejos están viciados y carecen por completo de objetividad y de una base jurídica real. Ya lo dijo Conan Doyle, por boca de Mr. Holmes: “Los factores personales son antagónicos del razonar sereno”.


Otro factor altamente perjudicial es la influencia de Hollywood. Los juicios cinematográficos suelen ser muy espectaculares y, además, muchas veces ganan “los buenos”, los que tienen la razón aunque no tengan a la ley de su parte. El abogado siempre encuentra un recoveco legal para ganar el juicio o, a falta de un recoveco legal, encuentra la forma de tocarle la fibra sensible al juez o al jurado, según corresponda. Pero eso es ficción, amigos. Y cuando no es ficción, se basa en el sistema judicial estadounidense, que no tiene nada que ver con el español. Lo he visto muchas veces: encausados que pretenden que se les defienda alegando todo tipo de argumentaciones morales o de otra índole, pero despreciando las argumentaciones meramente jurídicas que son las que, al fin y al cabo, va a usar el juez para dictar su sentencia. Porque los juicios son teatro, pero son un teatro que tiene una reglas bien determinadas que debemos aprender a usar en nuestro favor.


lunes, 24 de septiembre de 2012

Un poquito de por favor - Por Daniel del Río


Daniel del Río es un buen amigo al que conocí en la facultad de Derecho hace ya bastantes años. Durante un tiempo, compartí con él la columna de artículos jurídicos De Iure, publicada en una revista local. Ahora la columna es toda suya. Le pedí permiso para reproducir aquí su último artículo, titulado "Un poquito de por favor". Espero que os guste.


Un poquito de por favor.

Después de esto perderé unos cuantos amigos. Pero, les soy sincero, cada día que pasa pienso que la solución a esta crisis económica pasa, primero, por solucionar la crisis de humanidad y de estulticia que vivimos.

Como abogado laboralista me ha tocado vivir escenas realmente dramáticas. Clientes que perdían su empleo o, incluso, familias enteras que iban al Inem. Y mientras recibían la noticia de su pérdida de empleo tenía la decencia y la vergüenza torera de no quejarme si me habían subido un punto o dos el IRPF.  En cambio, ante una sala llena de trabajadores que llevaban meses sin cobrar sueldo ni desempleo porque la empresa había cerrado, el personal de justicia no tenía reparo en quejarse de una bajada de sueldo del 5%. Es aquello del chiste de “qué mala suerte, a ti se te muere el padre y a mí se me pierde el bolígrafo”.

Y esto sigue igual. Fue el otro día, en Terrassa, Barcelona. Me encontraba en la oficina del INEM que es donde se realizan los CMAC mientras observaba a una larga lista de personas haciendo ordenada cola con el papelito del número esperando el turno. De pronto, no sé si porque eran las doce, todos los trabajadores de la oficina se levantaron y salieron a la calle a quejarse de que les han quitado la paga de Navidad. Y, sorprendentemente, animaban a los desempleados a que se unieran a ellos. Un hombre, cincuentón y con cara de circunstancias se quedó mirando a la funcionaria que le animaba a que saliera con ellos a protestar.

           Hace nueve meses, aquí al lado. Nos fuimos treinta tíos a la calle. Y cortamos la calle dos veces. No te vi por allí para echarnos una mano. Sinceramente, que te....

Lo comparto plenamente. Parece que haber quitado una paga extraordinaria a la función pública es el motivo  por el que España entera debe salir de manifestación. Los últimos tres años quien sufrido de lo lindo ha sido el sector privado y no he visto que los empleados públicos, hayan salido con camisetas y silbatos a quejarse porque SEAT despedía a 330 empleados o muchas empresas despedían a su personal o cerraban. Eran empresas privadas y, por tanto, ni les iba ni les venía.

Bueno, sí les iba, y mucho, en realidad. Los servicios públicos son DEFICITARIOS por naturaleza y dependen de las aportaciones públicas que viven de los impuestos que, en su mayor parte, genera el sector privado. Así que la función pública pretende ahora que España salve sus sueldos cuando ellos miraban para otro lado cuando los que estamos en el sector privado veíamos reducidos los nuestros por nuestros empresarios, despedidos a compañeros con familia y, además, pagábamos más impuestos para que “subsista” la función pública. Nos hemos acordado tarde de Santa Bárbara, vamos.

Pues qué quieren que les diga. Retirar una paga a la función pública es que el país no va bien y eso no me gusta. Pero quejarse de tu bajada de sueldo ante una persona que viene a cobrar un subsidio de 400 euros... me parece inhumano.

Quizá de esta aprendamos.  Aunque sí les soy sincero yo ya no tengo esperanza en que aprendamos nada. 



sábado, 22 de septiembre de 2012

Lactancia materna en el Thyssen


Una familia acudió al Museo Thyssen de Madrid para visitar la exposición de Edward Hopper. En la entrada, se le comunicó que no podía entrar mientras amamantaba a su bebé de ocho meses, algo que hacía discretamente desde una mochila portabebés. Se le informó de que el museo dispone de salas de lactancia, que podía hacer uso de ellas y ver la exposición más tarde.

A raíz de este incidente se puso en marcha, de nuevo, la maquinaria social de la tribu maternal cuyo punto de encuentro es internet, las mismas que hicimos la Revolución de las Rosas cuando se publicaron aquellas viñetas ofensivas, las que luchamos contra la violencia obstétrica, las que nos seguimos moviendo para que Domenic vuelva a casa, las que intentamos que se legalicen las escuelas libres y los hogares educadores.

Aquella madre en cuestión, remitió una educadísimas carta a la señora baronesa, dueña del museo y conocida, entre otras cosas, por su simpatía hacia las causas humanitarias y naturales. El Club Lions Gijón la premió con el Melvis Jones por “su apoyo al acceso público de un impresionante patrimonio artístico y por su solidaridad y su filantropía demostradas en múltiples causas humanitarias”. ¿Y se acuerdan de cuándo se encadenó a los árboles del Paseo del Prado y de Recoletos para evitar que fueran talados? Alguien que se encadena por unos árboles y que, además y por encima de todo, es madre, no puede ser insensible ante un hecho tan natural, necesario y beneficioso como es la lactancia materna.


El caso es que se organizó una tetada enfrente del museo y la madre afectada le remitió esa carta que les comento a la Baronessa. Recibió una muy formal por parte del museo en el que se disculpaban y aclaraban el malentendido: “quisiera hacerle llegar nuestro agradecimiento por su comentario, rogándole, a su vez, que nos disculpe por el grave error cometido por nuestro trabajador al impedirle acceder a las salas amamantando a su hijo, ya que no existe tal prohibición en nuestro Museo. Únicamente debíamos haber trasmitido que, para su comodidad el Museo dispone de una sala específica en la que Vd. podría dar el pecho a su hijo en la más absoluta tranquilidad y comodidad, como entendíamos requería ese momento, pero en ningún caso negarle el acceso a las salas y mucho menos utilizando los argumentos que hemos visto reflejados en su escrito”.

Se agradece no sólo el detalle de haber respondido y de haberse disculpado sino, también, la política que al parecer tiene el lugar acerca de la lactancia materna. Porque está muy bien disponer de salas específicas para las madres que quieran retirarse y tener cierta intimidad y tranquilidad mientras amamantan a sus hijos. Pero no está tan bien que algunas personas, en algunos lugares, pretendan obligar a hacer uso de dichas salas, condenando a cierto ostracismo social a las madres lactantes y consiguiendo que algunas lleguen a avergonzarse por ello.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Corre, Lola, corre





Cada cosa que hacemos, por insignificante que parezca, afecta a nuestro presente, a nuestro futuro y a las vidas de otras personas. La mayoría de las veces ni siquiera llegamos a saber a quién ha afectado algo que hemos hecho o dicho, ni en qué medida les ha afectado. La película de la que he tomado prestado el título para este artículo, protagonizada por Franka Potente, nos muestra varios ejemplos de cómo las vidas de varias personas pueden cambiar (para bien o para mal) en sólo décimas de segundo.
A pesar de saber que esto sucede, normalmente seguimos viviendo y actuando de un modo bastante inconsciente. Como las madres que han estivillizado a sus hijos y quieren creer que “no pasa nada”, porque prefieren no pensar en las consecuencias negativas que a medio o largo plazo puede tener este hecho sobre sus hijos, y prefieren quedarse solamente con el hecho de que, efectivamente, sus hijos han “aprendido” a dormir y ya no les dan la brasa por las noches. O como los padres de niños que han sufrido acoso escolar pero no les han cambiado de centro ni les han desescolarizado porque con eso “no se soluciona el problema”. Obviamente, no se soluciona el problema que padece el sistema, pero sí podrían evitarse mayores males para sus hijos.

Caroline Myss y Erin Pavlina cuentan varias historias sobre personas que, sin saberlo, han salvado la vida a desconocidos y nos instan a hacernos conscientes de que todos estamos conectados de un modo o de otro. Pero, sin necesidad de irnos tan lejos, podemos empezar por hacernos conscientes del efecto positivo que podemos tener sobre las personas a las que tenemos más cerca. Y del negativo. Por ejemplo, sobre nuestros hijos.


Escribo esto el 15 de septiembre, cuando se celebra el Día Internacional por la Libertad Educativa. Esta celebración se centra, sobre todo, en la educación sin escolarización. Dado que muchos padres desescolarizan para evitar que sus hijos sigan sufriendo las consecuencias negativas de una escolarización inadecuada, por no ver cubiertas sus necesidades educativas especiales (sean éstas cuáles sean) o para evitar que sigan siendo víctimas de acoso escolar, quiero con este escrito rendirles un pequeño y modesto homenaje. Un homenaje merecido por no conformarse con seguir la corriente, por haber tenido la lucidez de darse cuenta del daño que se estaba infligiendo a sus hijos, por no permitir que continúen siendo víctimas mientras tratamos de arreglar este decrépito sistema. Porque es cierto que hay mucho por cambiar dentro del sistema, y es cierto que no se arregla sacando a los niños. Pero sí es cierto que, a veces, la única manera de salvar a nuestros hijos es alejándolos de las aulas y devolviéndolos adónde pertenecen, a sus hogares. Al niño superdotado que fue (o iba camino de ser) “fracaso escolar”; a la niña con una enfermedad crónica a la el centro escolar no permitía medicarse si no era en presencia de sus padres; a la niña que sufrió el incomprensible acoso de sus compañeros; al niño que fue drogado legalmente tras un diagnóstico erróneo de déficit de atención. A todos ellos sus padres les salvaron la vida cuando decidieron que hasta ahí podían llegar. Mientras tanto, que sigan discutiendo sobre los 3 euros por tupper quienes crean que ése es su mayor problema.


jueves, 6 de septiembre de 2012

Qué aprendimos en el Orient Express






Cuando era más joven y más ingenua creía en la justicia. Creía en el estado de Derecho, en la separación de poderes, en la tutela judicial efectiva y en todas las pamplinas que nos contaron en la Facultad de Derecho.

Después salí de la burbuja de la Universidad al mundo real. Empecé a pisar juzgados y a ver cómo eran realmente las cosas. Recuerdo el despacho en el que tres magistrados de la Audiencia Provincial de Barcelona trabajaban hacinados. Cuando entré, uno de ellos me miró casi con vergüenza y se encogió de hombros, como diciendo “es lo que hay”. Así no se puede trabajar, pensé. Claro, luego salen las sentencias como salen. Por los recursos materiales que tienen, fruto de una pésima gestión, y por el aún peor sistema normativo que deben aplicar. Un sistema confuso, intrincado y excesivo. Padecemos una acentuada inflación legislativa: hay demasiadas leyes y están demasiado mal hechas. Los procesos contra homeschoolers son un claro ejemplo de la inseguridad jurídica que hay en este país. El caso Bolinaga es otro. Unos dicen que la excarcelación no sólo es legal sino que, de no hacerlo, el Gobierno estaría prevaricando. Otros dicen que es legal pero no obligatoria. Otros, que es claramente ilegal. Lo peor es que, con la debida ley en la mano, probablemente todos tengan razón.

Y luego están todas esas víctimas que no han tenido justicia. Madeleine y Yeremi, por ejemplo, que no se sabe si están vivos o muertos ni dónde están. O Marta del Castillo. O Ruth y José, que ya veremos en qué acaba el juicio, si lo hay, pero que no van camino de que se les haga justicia. ¿Y qué pasa cuando el Estado, que se supone es el garante de tus derechos, te deja en la estacada? Pues que estás incompleto, claro. Si no han leído ustedes la deliciosa novela de Agatha Christie “Asesinato en el Orient Express”, les recomiendo encarecidamente que la lean. O, mejor, vean la adaptación televisiva dirigida por Philip Martin y protagonizada por David Suchet. No se pierdan la magnífica escenificación de la crisis moral del detective Hercule Poirot en el clímax de la historia. ¿Es lícito que las víctimas inocentes de un crimen se tomen la justicia por su mano después de que el sistema judicial se la denegara? “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra, dicen las Escrituras. Y nosotros, Sr. Poirot, estábamos libres de pecado”, dice una de las protagonistas. Estaban libres de pecado y se sentían incompletos porque la justicia les había sido denegada. Así que decidieron actuar.

El Estado tiene la terrible tendencia de poner a la gente buena e inocente al límite. Cuando se cruza ese límite, el ciudadano honrado se convierte en pasajero del Orient Express: se siente incompleto porque la justicia le ha sido denegada. En semejantes circunstancias, incluso el alma más bondadosa piensa en tomarse la justicia por su mano.  ¿Quién no ha querido alguna vez acabar con aquél joven asesino que nunca dijo dónde estaba el cuerpo de la víctima? ¿O con aquél padre que mató a sus hijos? ¿O con aquél terrorista, raptor y carcelero, que pudiera ser excarcelado por extraños motivos humanitarios? ¿O con aquél convecino pederasta al que todos saben criminal y que, sin embargo, vive libre entre sus víctimas?