sábado, 15 de septiembre de 2012

Corre, Lola, corre





Cada cosa que hacemos, por insignificante que parezca, afecta a nuestro presente, a nuestro futuro y a las vidas de otras personas. La mayoría de las veces ni siquiera llegamos a saber a quién ha afectado algo que hemos hecho o dicho, ni en qué medida les ha afectado. La película de la que he tomado prestado el título para este artículo, protagonizada por Franka Potente, nos muestra varios ejemplos de cómo las vidas de varias personas pueden cambiar (para bien o para mal) en sólo décimas de segundo.
A pesar de saber que esto sucede, normalmente seguimos viviendo y actuando de un modo bastante inconsciente. Como las madres que han estivillizado a sus hijos y quieren creer que “no pasa nada”, porque prefieren no pensar en las consecuencias negativas que a medio o largo plazo puede tener este hecho sobre sus hijos, y prefieren quedarse solamente con el hecho de que, efectivamente, sus hijos han “aprendido” a dormir y ya no les dan la brasa por las noches. O como los padres de niños que han sufrido acoso escolar pero no les han cambiado de centro ni les han desescolarizado porque con eso “no se soluciona el problema”. Obviamente, no se soluciona el problema que padece el sistema, pero sí podrían evitarse mayores males para sus hijos.

Caroline Myss y Erin Pavlina cuentan varias historias sobre personas que, sin saberlo, han salvado la vida a desconocidos y nos instan a hacernos conscientes de que todos estamos conectados de un modo o de otro. Pero, sin necesidad de irnos tan lejos, podemos empezar por hacernos conscientes del efecto positivo que podemos tener sobre las personas a las que tenemos más cerca. Y del negativo. Por ejemplo, sobre nuestros hijos.


Escribo esto el 15 de septiembre, cuando se celebra el Día Internacional por la Libertad Educativa. Esta celebración se centra, sobre todo, en la educación sin escolarización. Dado que muchos padres desescolarizan para evitar que sus hijos sigan sufriendo las consecuencias negativas de una escolarización inadecuada, por no ver cubiertas sus necesidades educativas especiales (sean éstas cuáles sean) o para evitar que sigan siendo víctimas de acoso escolar, quiero con este escrito rendirles un pequeño y modesto homenaje. Un homenaje merecido por no conformarse con seguir la corriente, por haber tenido la lucidez de darse cuenta del daño que se estaba infligiendo a sus hijos, por no permitir que continúen siendo víctimas mientras tratamos de arreglar este decrépito sistema. Porque es cierto que hay mucho por cambiar dentro del sistema, y es cierto que no se arregla sacando a los niños. Pero sí es cierto que, a veces, la única manera de salvar a nuestros hijos es alejándolos de las aulas y devolviéndolos adónde pertenecen, a sus hogares. Al niño superdotado que fue (o iba camino de ser) “fracaso escolar”; a la niña con una enfermedad crónica a la el centro escolar no permitía medicarse si no era en presencia de sus padres; a la niña que sufrió el incomprensible acoso de sus compañeros; al niño que fue drogado legalmente tras un diagnóstico erróneo de déficit de atención. A todos ellos sus padres les salvaron la vida cuando decidieron que hasta ahí podían llegar. Mientras tanto, que sigan discutiendo sobre los 3 euros por tupper quienes crean que ése es su mayor problema.