jueves, 6 de septiembre de 2012

Qué aprendimos en el Orient Express






Cuando era más joven y más ingenua creía en la justicia. Creía en el estado de Derecho, en la separación de poderes, en la tutela judicial efectiva y en todas las pamplinas que nos contaron en la Facultad de Derecho.

Después salí de la burbuja de la Universidad al mundo real. Empecé a pisar juzgados y a ver cómo eran realmente las cosas. Recuerdo el despacho en el que tres magistrados de la Audiencia Provincial de Barcelona trabajaban hacinados. Cuando entré, uno de ellos me miró casi con vergüenza y se encogió de hombros, como diciendo “es lo que hay”. Así no se puede trabajar, pensé. Claro, luego salen las sentencias como salen. Por los recursos materiales que tienen, fruto de una pésima gestión, y por el aún peor sistema normativo que deben aplicar. Un sistema confuso, intrincado y excesivo. Padecemos una acentuada inflación legislativa: hay demasiadas leyes y están demasiado mal hechas. Los procesos contra homeschoolers son un claro ejemplo de la inseguridad jurídica que hay en este país. El caso Bolinaga es otro. Unos dicen que la excarcelación no sólo es legal sino que, de no hacerlo, el Gobierno estaría prevaricando. Otros dicen que es legal pero no obligatoria. Otros, que es claramente ilegal. Lo peor es que, con la debida ley en la mano, probablemente todos tengan razón.

Y luego están todas esas víctimas que no han tenido justicia. Madeleine y Yeremi, por ejemplo, que no se sabe si están vivos o muertos ni dónde están. O Marta del Castillo. O Ruth y José, que ya veremos en qué acaba el juicio, si lo hay, pero que no van camino de que se les haga justicia. ¿Y qué pasa cuando el Estado, que se supone es el garante de tus derechos, te deja en la estacada? Pues que estás incompleto, claro. Si no han leído ustedes la deliciosa novela de Agatha Christie “Asesinato en el Orient Express”, les recomiendo encarecidamente que la lean. O, mejor, vean la adaptación televisiva dirigida por Philip Martin y protagonizada por David Suchet. No se pierdan la magnífica escenificación de la crisis moral del detective Hercule Poirot en el clímax de la historia. ¿Es lícito que las víctimas inocentes de un crimen se tomen la justicia por su mano después de que el sistema judicial se la denegara? “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra, dicen las Escrituras. Y nosotros, Sr. Poirot, estábamos libres de pecado”, dice una de las protagonistas. Estaban libres de pecado y se sentían incompletos porque la justicia les había sido denegada. Así que decidieron actuar.

El Estado tiene la terrible tendencia de poner a la gente buena e inocente al límite. Cuando se cruza ese límite, el ciudadano honrado se convierte en pasajero del Orient Express: se siente incompleto porque la justicia le ha sido denegada. En semejantes circunstancias, incluso el alma más bondadosa piensa en tomarse la justicia por su mano.  ¿Quién no ha querido alguna vez acabar con aquél joven asesino que nunca dijo dónde estaba el cuerpo de la víctima? ¿O con aquél padre que mató a sus hijos? ¿O con aquél terrorista, raptor y carcelero, que pudiera ser excarcelado por extraños motivos humanitarios? ¿O con aquél convecino pederasta al que todos saben criminal y que, sin embargo, vive libre entre sus víctimas?




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