miércoles, 28 de noviembre de 2012

Libro Un modelo realmente liberal





Acaban de llegarme mis ejemplares del libro "Un modelo realmente liberal", del que mi hermano y yo somos coautores junto con otros 24 ensayistas, coordinados por el director del Instituto Juan de MarianaJuan Ramón Rallo, que ha publicado Lid Editorial.


Escribe el profesor Carlos Rodríguez Braun en el prólogo
"¿Qué pasos se pueden recomendar desde el punto de vista liberal? Aquí hace su entrada este notable volumen coordinado por el joven investigador y profesor Juan Ramón Rallo.
Una amonestación que recibimos a menudo los liberales es que somos tan generosos para la crítica acerba como avaros para las propuestas concretas. El nuestro, por tanto, sería apenas un liberalismo de salón, de torre de marfil, con la distante comodidad del teórico que se limita a censurar sin aportar.
Pues bien, en las paginas siguientes el lector encontrará una treintena de ensayos breves que refutan esta reprimenda. Se trata de trabajos, a cargo de destacados especialistas, que se centran precisamente en plantear recomendaciones concretas desde el punto de vista liberal en cuatro grandes campos: Estado de derecho, Estado de bienestar, sistema económico y libertades civiles."


viernes, 23 de noviembre de 2012

Ni público ni privado

Vivimos en un estado social y democrático de derecho, según dice ese librito de papel mojado llamado Constitución Española. Eso significa, en teoría y entre otras cosas, que pagamos impuestos (no sólo por lo que ganamos sino también por lo que tenemos y por lo que hacemos) y que con esos impuestos se sufragan los gastos de diversos servicios que luego, irónicamente, se nos presentan como “gratuitos”. Y “públicos”, claro, porque supuestamente se paga con dinero “público”. Así, tenemos educación pública y gratuita, carreteras públicas y gratuitas, sanidad pública y gratuita, justicia pública y gratuita, etc.


El gobierno de Zapatero estableció tasas y elevó las cuantías para recurrir judicialmente. Nadie puso el grito en el cielo, ni los abogados, ni los procuradores, ni los jueces, ni la “sociedad civil”. Claro que la caja de Pandora la había abierto anteriormente el gobierno de Aznar cuando estableció tasas judiciales para las empresas que facturaran un mínimo anual determinado. Pero como las empresas, ya se sabe, son el origen de todos los males, nadie se quejó tampoco. Ni los empresarios ni nadie.


Hemos llegado al punto en que para usar algunas carreteras debemos pagar peajes, para comprar medicamentos con receta debemos pagar un euro y ahora, además, entran en vigor las tasas judiciales para acceder a la justicia. Ésta es la demostración palpable de que el dinero que pagamos en concepto de impuestos no va adónde nos dijeron que iría. Porque el problema no es que haya que pagar por determinados servicios, lo cual sería lícito, sino que no pagamos en función del coste real de dichos servicios. Un euro por cada receta, sea cuál sea el medicamento que adquirimos. 800 euros por una apelación, sea la que sea. Todo ello después de haber pagado grandes cantidades de dinero en impuestos. El resultado es que, al final, los servicios no son públicos pero tampoco privados; no sabemos cuánto cuestan realmente las cosas que pagamos, no sabemos adónde va realmente el dinero que nos confisca el Estado y, mientras tanto, las reformas realmente necesarias y útiles siguen sin acometerse. Empeoran las cosas con cada nuevo parche publicado en el BOE. Al que realmente no tiene ni para comer, poco le afecta la subida del IVA, porque irá a comedores sociales o al contenedor de basura a buscar su comida. Al que es rico, le puede molestar un poco, pero probablemente se trate de cantidades insignificantes en proporción a lo que tiene disponible. Lo mismo pasa con las tasas judiciales: el que tiene derecho a la llamada justicia gratuita está exento de pagar las tasas. Y al que es rico, si la cuantía del pleito es alta no le va a importunar mucho que le pongan una tasa de 100, 200 u 800 euros, porque le valdrá la pena de todos modos. Como siempre, quien paga los platos rotos es la llamada clase media. La gente normal, los autónomos y los mileuristas que no tienen derecho a ayudas sociales pero que tampoco puede contratar a un asesor fiscal que les ayude a eludir impuestos y a los que, desde luego, no les va a compensar pagar 200 euros para reclamar una deuda de 600 que tal vez no llegarán a cobrar ni aun habiendo ganado el juicio. Y es que en España se nos ha roto la vajilla entera y nos está saliendo muy caro reponerla. Nos hemos gastado medio millón de euros en una página web para el Senado (más de 80 millones de pesetas). Más de cincuenta diputados aseguran haber perdido el ipad que nosotros les hemos pagado, porque nos toman por imbéciles, seamos sinceros.



Nos entretienen con la cuestión independentista de Cataluña y la supuesta corrupción de Ciu, y nos instan a odiar a Angela Merckel y a Bankia, que vienen a ser la madrastra de Blancanieves en este cuento. Porque Zapatero y Rajoy sólo son dos buenos hombres que casualmente pasaban por aquí.

¿Será cierto que cada pueblo tiene a los gobernantes que merece?

sábado, 17 de noviembre de 2012

De zoquetes, dendritas y homeschoolers


Una historia que comienza por el final y que recurre constantemente al flashback para volver a dos etapas diferentes de la vida del autor y protagonista me reconcilió (un poquito) con el sistema escolar y con el cuerpo docente. “Mal de escuela” de Daniel Pennac queda definitivamente incluido en mi listado de libros imprescindibles y ocupa un merecido lugar en la estantería de casa, justo entre “El saber proscrito” de Alice Miller y el “Dumbing us down” de John Taylor Gatto.



La misma semana que devoro el libro de Pennac, un entrenador personal destaca en una entrevista el perjuicio que supone para los niños el sedentarismo escolar: demasiadas horas sentados; insuficientes horas dedicadas a la educación física (a la práctica, que no la teórica) y al movimiento en libertad. Dos días después, asisto a una conferencia sobre neuroplasticidad y tengo el placer de conversar con la conferenciante sobre el sistema escolar; sobre cuánto mejoraría si tan sólo los profesores tuvieran un conocimiento adecuado del funcionamiento del cerebro yde los procesos de aprendizaje. Y actuaran en consecuencia, claro.

Se celebra la semana de la ciencia en Madrid. Siete días de actividades gratuitas para acercar la ciencia a los no versados en ella. Hay esperanza, me digo. Se presenta la segunda tesisdoctoral española sobre la opción de educar en casa; la primera en la disciplina jurídica. Quedan pocos días para que se celebre el tercer congreso nacional de homeschooling en España. Todas las mañanas, la bandeja de entrada de mi correo electrónico aparece rebosante de emails de madres desesperadas que buscan una alternativa para sus hijos y de estudiantes universitarios de diversas carreras: magisterio, pedagogía, educación especial, periodismo, filosofía incluso. Ellos intuyen que algo debería cambiar en el sistema escolar pero ¿por dónde empezar? ¿Cómo enfrentarse a este aparato descomunal y fosilizado que está a merced de los intereses de unos pocos? Hay que empezar replanteando la función del docente. ¿Por qué y para qué quiere uno convertirse en profesor? Proliferan los motivos más dispares, motivos erróneos, motivos que arruinan
 todo el significado de la docencia.


La Plataforma por la Libertad Educativa pone en marcha su tercera sección. Las dos primeras, homeschooling y altas capacidades, funcionan desde hace algunos meses y crecen imparablemente cada día que pasa. Esta tercera tiene un objetivo mucho más ambicioso: introducir cambios significativos en el sistema escolar.



Del Ministro de educación, ya losabéis, no digo nada. Da absolutamente igual que sea de las gaviotas o de la ceja. No importa cuántas reformas legislativas acometan, no van a arreglar nada, no es su intención. Los padres debemos recuperar el poder que hemos cedido y se nos ha arrebatado a partes iguales. Los profesores deben formarse en neurobiología y plasticidad, revertir la indefensión aprendida y, por supuesto, no pretender enseñar una materia por la cual no sientan pasión. La pasión del profesor y su flexibilidad en la metodología didáctica fue lo que salvó al zoquete que después se convirtió en maestro. El que empezó a contar su historia por el final.

viernes, 2 de noviembre de 2012

De Wert no digo nada


Me preguntan que por qué no he publicado nada sobre el anteproyecto de la LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa). Que qué opino de las reformas propuestas por el PP y, ya de paso, que qué opino de Wert.

Si no he publicado nada es, entre otras cosas, porque no me apetece escribir sobre este tema. Me aburre soberanamente, no les voy a engañar. De José Ignacio Wert opino lo mismo que de todos los ministros de educación: que su cargo no debería existir. Punto. De su persona no opino por qué no le conozco. Pero su cargo es de lo peor que le podría pasar a la educación de un país.

De la LOMCE, sinceramente, poco puedo decir. La he leído en diagonal (ya saben, rapidito y por encima, sin entrar en detalles). De entrada, el nombre ya me parece una tomadura de pelo porque para “mejorar” la calidad educativa debería “haber” alguna calidad educativa. Y no la hay. Es un texto absurdo, lo mismo que todas las leyes anteriores de educación, que sólo contienen parches para tratar de remendar un sistema que está resquebrajado por mil lados diferentes, que no se tiene en pie y que ya no tiene arreglo. Casi nadie responde sinceramente y reflexivamente a la pregunta de para qué sirve el sistema educativo o para qué querríamos que sirviera.

Importa francamente muy poco que junten o separen las asignaturas de ciencias sociales y de ciencias naturales, y que las llamen así o las llamen “conocimiento del medio”, convirtiendo las “soci” y “natus” de toda la vida en un malsonante “cono”. Importa también poco que adoctrinen a los niños en una asignatura llamada “educación para la ciudadanía”, “educación cívica y constitucional” o “formación del espíritu nacional” o que los adoctrinen transversalmente, a través de todas las demás asignaturas, como se hacía en la EGB. Que la escuela sea bilingüe, trilingüe o monolingüe, que haya más o menos horas lectivas, que el bachillerato dure un año, o dos, o tres, o que se pueda elegir la rama de estudio un curso antes o un curso después. Todo eso son cortinas de humo para que no nos fijemos en lo que realmente importa. En la maldad que supone dejar a los niños a merced de los estatólatras de turno, que no se preocupan en absoluto por su bienestar, ni por su educación, ni por su desarrollo personal, ni mucho menos por su futura vida laboral. En la maldad de un sistema rígido que obliga a recluir a los niños en centros de adoctrinamiento durante largas horas y largos años. En la perversión de quienes intentan hacernos creer que lo hacen “por su propio bien”, que la educación tal como ellos la entienden no sólo es necesaria sino que también es buena.

Todos los días recibo emails de familias desesperadas, que han vivido historias horribles en los colegios, y todos los días tengo noticias de funcionarios y empleados públicos que anteponen el cumplimiento de una ley injusta que obliga a escolarizar al bienestar de los niños y las familias, a la consecución del verdadero objetivo de la educación, que es la formación de personas moralmente sanas, libres y felices.

Quienes aceptan que el Estado tenga alguna legitimidad para determinar cómo se ha de educar a los niños, que haya un Ministerio de Educación y una ley orgánica que regule la materia, deberían al menos preguntarse si no les están tomando el pelo estos políticos que, cada vez que llegan al banco azul de la cámara baja le meten mano a la ley en cuestión para dejarla, casi siempre, peor de lo que estaba. Es la reflexión mínima que habría que hacer. Y eso sólo para empezar.