jueves, 5 de diciembre de 2013

Conferencia-taller en Tarragona - Educar en casa: una alternativa legítima


La Associació de Dones i Homes per la Igualtat i el Desenvolupament me ha invitado a dar una conferencia-taller en su sede de Tarragona. La charla versará principalmente sobre los aspectos legales de la educación en casa y finalizaremos con unos ejercicios prácticos de mi curso La Desescolarización Interior.

Las entradas ya están disponibles por 30€ (precio por familia) en associaciodhides@gmail.com o llamando al 685.15.10.13.



*Otras actividades en Cataluña:

Sábado 14/12/2013 I Jornada por la Educación en Libertad, organizada por el Partido de la Libertad Individual en Barcelona.

Domingo 15/12/2013 Taller presencial de la Desescolarización Interior, organizado por Crianza Natural en Castelldefels.


sábado, 30 de noviembre de 2013

I Jornada por la Educación en Libertad (Barcelona)


El Partido de la Libertad Individual organiza en Barcelona su I Jornada por la Educación en Libertad cuya conferencia central tengo el placer de pronunciar. Después se presentará la propuesta del partido en materia educativa y se abrirá a debate. La entrada es gratuita pero el aforo es limitado.

El P-Lib es, por el momento, el único partido español que contempla el pleno reconocimiento de la educación en casa como opción legítima en su programa electoral. 


jueves, 21 de noviembre de 2013

[Seminario online] Legalidad de las escuelas libres y de la educación en casa en España



 ¿Educas en casa en España o te planteas hacerlo?

¿Formas parte de un proyecto de educación alternativa o te gustaría empezar uno?


El próximo martes 3 de diciembre de 2013 a las 16:00 (hora peninsular española) no te pierdas el seminario exclusivo con Laura Mascaró, abogada especialista en homeschooling, autora de cuatro libros sobre el tema y educadora en el hogar desde 2008.



lunes, 18 de noviembre de 2013

Lo que enseña la escuela



Si hay algo que desmotiva, en este clima de crisis general, es que quienes aciertan en afirmar que una parte importante de la solución pasa por mejorar la educación limiten el debate y las propuestas a meros parches superficiales. Discutir por dos horas más o menos de matemáticas o de humanidades, por las lenguas vehiculares o por la obligatoriedad o no de religión y educación para la ciudadanía es no comprender –o no querer ver- cuál es el problema de fondo.

Antes de lanzarnos a proponer reformas debemos analizar qué es lo que está fallando con el sistema escolar. El sistema funciona a la perfección, sólo que no para lo que creemos que debería servir. Funciona para crear personas obedientes, que no se van a cuestionar casi nada, que aunque se lo cuestionen no van a actuar, que se van a mantener en el lugar que se les asigne sin hacer demasiado ruido y que serán colaboradores necesarios de la perpetuación del sistema. Ése es el objetivo real. Y si no nos gusta ese objetivo no deberíamos ser cómplices de los movimientos reformistas. El sistema escolar no deber ser mejorado ni transformado. Debe ser abolido y reemplazado por otro sistema radicalmente diferente. El primer paso es hacernos conscientes de qué es lo que realmente enseña la escuela. Para ello, nadie mejor que el maestro John Taylor Gatto, que fue profesor durante 30 años pero terminó su carrera con un emotivo discurso en el que decía que lo dejaba porque “no podía seguir haciendo daño a los niños para ganarse la vida”. Aún así, él fue un maestro diferente. Se preocupó por conocer a cada uno de sus alumnos y por dar a cada uno aquello que más necesitaba. A muchos los mandaba fuera de la escuela para que hicieran algo más provechoso con su tiempo. Hoy en día se diría que los mandaba a hacer “proyectos”. Hoy en día no le permitirían sacar a los niños de la escuela. Probablemente le denunciarían, le expedientarían y se diría que es un mal profesor.


Cuando le dieron el premio al profesor del año del Estado de Nueva York, en 1991, pronunció un discurso que posteriormente se publicó dentro del libro “Dumbing us down” con el título “Las siete lecciones del maestro de escuela”. Cuenta que tiene una licencia que le capacita para ser profesor de lengua y literatura inglesa pero que eso no es lo que enseña. “No enseño inglés; enseño escuela; y gano premios por ello”.


Lo que enseña(ba) en realidad son estas siete lecciones:

Primera lección: confusión. Porque el currículo tiene una absoluta falta de coherencia y muchas contradicciones. Se enseñan hechos desconectados unos de otros, en vez de enseñar significados. Así que la escuela enseña a los alumnos a aceptar la confusión como parte de su destino.


Segunda lección: posición en la clase. A los niños se les enseña que deben permanecer en la clase a la que “pertenecen” hasta el punto de que ni siquiera pueden imaginarse estando en otro sitio. Lo que el sistema enseña, pues, es que cada uno debe ocupar el lugar que le corresponde en la pirámide.
Tercera lección: indiferencia. La escuela enseña que nada importa demasiado. Se espera del alumno que trate de impresionar al maestro atendiendo a sus demandas. Cuando el niño está enfrascado en un trabajo y se le obliga a dejarlo porque ha sonado el timbre, el mensaje que recibe es que ese trabajo que estaba haciendo no es importante. Nada en la escuela es tan importante que merezca ser terminado.
Cuarta lección: dependencia emocional. En la escuela hay una cadena de mando a la que los niños deben someterse. Mediante un eficaz sistema de premios y castigos se les convierte en rehenes del “buen comportamiento” y se les convierte en personas dependientes del juicio que de ellos hagan otras personas.
Quinta lección: dependencia intelectual. Los buenos estudiantes hacen aquello que se les ordena y aquello que se espera de ellos. Los buenos estudiantes esperan a que una persona más competente que ellos les diga qué deben hacer, cómo y cuándo deben hacerlo. Todo el sistema económico de este siglo depende de que esta lección sea correctamente aprendida por todos los niños, para que al crecer sigan esperando las instrucciones de un experto y creyéndose incapaces de tomar decisiones por si mismos.
Sexta lección: autoestima provisional. Nuestro mundo no sobreviviría durante mucho tiempo si la mayoría de las personas tuvieran una alta autoestima. Así que la escuela se encarga de enseñar a los niños que valen tanto como sus notas escolares y que siempre habrá un experto encargado de evaluarles para determinar su valía. Por tanto, su autoestima es siempre provisional, porque siempre podrá mejorar o empeorar en función del próximo examen, del próximo boletín de notas o del próximo informe psicopedagógico. Quienes no sucumben a este perverso plan son los niños cuyos padres les han enseñado que van a ser amados a pesar de todo lo demás.
Séptima lección: no hay donde esconderse.  La escuela enseña que uno está siempre bajo vigilancia. La vigilancia se extiende más allá del horario escolar, pues obliga a los padres a asumir el rol de vigilante a través de los “deberes” o “tareas” escolares. El significado real de la supervisión constante y de la negación de la privacidad es que uno no puede confiar en nadie.

Toda nuestra sociedad se basa en que ésta última lección sea aprendida adecuadamente. Por ello la escuela no es nunca reformada ni transformada, por más que cambien las leyes y la terminología.


martes, 5 de noviembre de 2013

[Taller presencial] La Desescolarización Interior




La Desescolarización Interior comenzó en octubre de 2013 como curso completamente online y con una duración prevista de 12 semanas. La experiencia, incluso antes de terminar, está resultando catártica para sus participantes cuyo feedback ha sido determinante a la hora de lanzar un nuevo formato de taller presencial.


¿En qué consiste el taller?

Durante cuatro horas revisaremos nuestras creencias sobre la educación y la escolarización, con ejercicios prácticos que nos permitan deshacernos del bagaje acumulado a lo largo de los años.


¿A quien va dirigido?

Cualquier adulto que desee desescolarizar su mente será bienvenido a este taller. Está pensado especialmente para tres tipos de personas: los padres de niños educados en casa que necesitan reforzar su convicción de que han tomado la decisión correcta; los padres de niños escolarizados que quieren darles (y darse) la oportunidad de vivir la escolarización como una experiencia positiva; y docentes que quieran dar a su actividad profesional una nuevo enfoque liberador para ellos y sus alumnos.


¿Puedo ir con mis hijos?

Sólo si son bebés y te comprometes a salir cuando sea necesario. Tanto el taller como los bebés necesitan una atención que no creo posible ni conveniente repartir, pero la decisión es de cada padre/madre. Los niños algo más grandes no pueden estar en el taller, pues se hablan de temas muy personales y se hacen comentarios sobre la escuela y la educación que podrían malinterpretar y que no es en absoluto necesario que escuchen.


¿Cuánta gente participa en el taller?

El número mínimo de participantes es de 10 y el máximo, de 25. Como no es una conferencia ni una clase magistral, sino un taller, los asistentes deben participar. Con más de 25 personas cada uno aprovecharía menos la experiencia, pero con menos de 10 no hay suficiente variedad de opiniones y experiencias.


¿Cómo puedo organizar un taller presencial de la Desescolarización Interior?

Escríbeme a info@lauramascaro.com



Próximas ediciones







VITORIA. Viernes 6 de febrero de 17 a 21h y Domingo 8 de febrero de 10 a 14h. Información y reservas en besarteaninscripciones@gmail.com. Las plazas para el domingo están agotadas.













CASTELLÓN. Sábado 28 de febrero de 10 a 14h. Información y reservas en 
casiopeabenicassim@gmail.com











CÁCERES. Fecha por confirmar en el mes de marzo.







lunes, 4 de noviembre de 2013

Pequeños dictadores


Leí en un periódico gallego un artículo sobre un libro titulado “Cómo los niños tomaron el poder”, del médico psiquiatra David Eberhard, en el que se relaciona la prohibición legal de los castigos corporales con lo que han denominado “mocoso-cracia” o, lo que es lo mismo, los niños convertidos en pequeños dictadores. En realidad el argumento es falaz pues, aunque probablemente sea cierto que la prohibición del castigo físico haya derivado en una laxitud creciente de la función parental, no es menos cierto que la correlación existente no implica necesariamente una relación de causalidad. Es más, que este estilo de crianza permisiva sea perjudicial tampoco implica que sea deseable una vuelta al castigo físico y al abuso de poder por parte de los adultos responsables de los niños.

También en los círculos de la llamada crianza con apego, crianza respetuosa o crianza natural, tiende a darse la confusión entre el respeto hacia el niño y la permisividad. Esta última roza la dejación de funciones parentales y es claramente perjudicial para el niño y para el resto de la familia. La necesidad del castigo se suele justificar por la existencia de consecuencias naturales y sociales de nuestros actos. Se argumenta que el niño ha de saber que sus actos tienen consecuencias y que es nuestro deber como padres y educadores hacerle experimentar esas consecuencias. Así, el niño que le quita el juguete a su hermano es castigado. Pero en el “mundo real” esa no sería la consecuencia. Si un adulto le quita algo a otro adulto, y suponiendo que ambos son mínimamente educados y civilizados, la consecuencia o reacción más probable no es el castigo ni la agresión física. La reacción más probable es una indagación sobre los motivos que han llevado a esa persona a quitarnos algo sin permiso y una petición de devolución. Aún así, algunos justifican que al niño que actúa de esa manera (y que probablemente lo hizo o bien por falta de información sobre lo que se supone correcto o bien por incapacidad de expresar sus emociones y necesidades no satisfechas por otra vía) se le debe pegar o castigar y asumen que, de algún modo misterioso y a pesar del ejemplo recibido en la infancia, ese niño aprenderá a reaccionar de un modo civilizado cuando sea adolescente o adulto.

En realidad es mucho más sencillo. El profesor David Friedman lo resume a la perfección: eres libre de hacer lo que quieras mientras tu decisión no suponga una carga o un perjuicio para el resto de la familia. Es lo que los liberales denominan “principio de no agresión” y les gusta mucho defenderlo, al menos en el plano teórico, cuando se hace referencia a relaciones entre adultos. Sin embargo, cuando se trata de niños suelen encontrar alguna excusa para invalidarla, especialmente si esos niños son sus propios hijos. La excusa suele ser que ellos no son responsables de educar a otros adultos, pero sí a sus hijos. Cuando se afirma que el niño tiene que aprender que hay cosas que no puede hacer, en realidad quieren decir “tengo que enseñarle que eso no se hace”. Y para enseñarles que uno no debe agredir (no debe coger las cosas de las demás sin permiso, no debe pegar, etc) lo que hacen es precisamente agredirles: les gritan, les castigan, les pegan y, en definitiva, les aplican la más cruel venganza que un niño puede recibir de parte de sus padres, lo que Alfie Kohn denomina “la retirada del amor”.

Algunos detractores de este tipo de crianza basada en el miedo, las amenazas y el castigo han detectado correctamente el problema pero han errado en la solución. Han confundido la libertad con el libertinaje y el respeto con la condescendencia, sometiéndose a la tiranía del niño que en muchas ocasiones no es más que una llamada de atención para que el padre vuelva a asumir sus obligaciones de ejercer de guía y educar con el ejemplo. El respeto debe ser mutuo y no se trata de ganarlo, sino de no perderlo.



Según Eberhard, si se da a los niños libertad para decidir qué comer o cuándo irse a la cama, su infancia será demasiado fácil y no estarán preparados para la vida adulta, pues habrán creado expectativas demasiado altas que no podrán ver cumplidas cuando crezcan. Me pregunto si el señor Eberhard, a sus casi cincuenta años de edad, se va a la cama cuando otros se lo mandan o si come lo que otros deciden que debe comer. Si queremos preparar a nuestros niños para que sean adultos autónomos y responsables de sus propias vidas sólo hay una enseñanza que podemos darles: la facultad de tomar sus propias decisiones y la responsabilidad de asumir las consecuencias de esas decisiones. Pero a tomar decisiones sólo se aprende tomándolas y equivocándose a veces. Si tomamos todas las decisiones por ellos desde que nacen ¿en qué momento vamos a pasarles el testigo? Si les entrenamos para que sean obedientes sin cuestionar nuestras órdenes –bajo amenaza de castigos y “consecuencias” varias- el día de mañana van a seguir buscando a alguien que les diga qué han de hacer (tal vez un amigo, un profesor o una pareja) y no debería extrañarnos que se vean inmersos en relaciones de sometimiento, pues eso es lo que habrán conocido y ése es el concepto de amor que van a tener, pues así los trataron sus padres, las personas a quienes más amaban y quienes –supuestamente- más los amaban. 



viernes, 1 de noviembre de 2013

Charla en Sant Jordi (Mallorca)


Charla sobre educación alternativa (homeschooling y escuelas libres) en Sant Jordi (Mallorca).

Viernes 8 de noviembre a las 16.30. Entrada gratuita.

Plaza Monteros, 2.







Charla en Inca (Mallorca)


Charla sobre homeschooling y educación alternativa en Inca (Mallorca)

Jueves 7 de noviembre a las 16.00. Entrada gratuita. Los niños son bienvenidos.

El aforo es limitado así que rogamos confirmen asistencia llamando al 662.938.920 o escribiendo a thebridgeinca@gmail.com



miércoles, 9 de octubre de 2013

El inequívoco éxito del sistema escolar


Es sorprendente que los resultados del llamado informe PISA de adultos le sorprendan a alguien. Somos los últimos en matemáticas y los penúltimos en comprensión lectora, sólo superados por Italia. Nada nuevo bajo el sol, en realidad. Pero como el que no se consuela es porque no quiere, ya ha salido la derecha (si podemos seguir llamando “derecha” al partido de Rajoy) culpando a la izquierda, y la izquierda culpando a Franco. Porque en escurrir el bulto sí somos altamente competentes en España. Leer y calcular, no, pero pasarle la pelota a otros y lavarnos las manos, eso se nos da de maravilla. Y puestos a seguir consolándonos, una de las autoras del informe ha afirmado que el resultado no ha sido tan malo como se esperaba. Lo justifica diciendo que competíamos con los países mejor preparados del mundo, como si ser los peores de los 23 primeros sea alguna buena noticia. Remata su argumentación con el dato de que en equidad sí superamos a la media: “La igualdad de género es total, no existe desigualdad entre los jóvenes”. O sea, que hombres y mujeres somos igual de ignorantes e igual de incompetentes lo cual, al parecer, es algo bueno.

Leo en internet, sobre las matemáticas: “Según el informe la gran mayoría de los españoles, que sólo alcanzan el nivel dos, tienen dificultades para extraer información matemática de situaciones reales, como comparar paquetes de ofertas turísticas; para resolver problemas de varios pasos, como calcular el precio final de una compra o calcular lo que puede costarnos una oferta de 3x2; y para interpretar estadísticas, como puede ser valorar el gráfico que aparece en los recibos de la luz.” Y sobre la comprensión lectora: “pueden comprender textos sencillos, pero les cuesta mucho extraer conclusiones de una lectura y se pierden en un texto de cierta profundidad y riqueza, como puede ser cualquier novela más o menos extensa.”  Supongo que esto explica muchas cosas, porque difícilmente vamos a poder gestionar un patrimonio o dirigir un negocio con semejante nivel. No sabemos calcular cuánto nos costará una oferta de 3x2 y no somos capaces de comprender una novela extensa pero podemos firmar hipotecas y préstamos alegremente. Algunos incluso están sentados en el parlamento redactando y aprobando leyes y presupuestos.

Como era de esperar, ya ha salido quien pide más de lo mismo, más fuego para apagar el incendio: Más leyes, más requisitos, más controles y más dinero. Es la demostración de que el sistema funciona perfectamente. Deberíamos hablar más sobre la relación del sistema escolar con la economía. Deberíamos conocer mejor (y reflexionar sobre) el origen de la escolarización obligatoria. Deberíamos preocuparnos por la extensión artificial de la infancia y la adolescencia. Deberíamos analizar las causas del exceso de diagnósticos psicológicos hechos a los niños. Pero, básicamente, deberíamos hacer una sola cosa: dejar de mentir a los niños sobre lo que importa en la vida y, sobre todo, dejar de creernos nuestra propia mentira.



Subyace al sistema escolar obligatorio la idea de que la gente es peligrosa para el orden social si aprende a pensar y su imaginación permanece intacta con el paso de los años; la idea de que no hay forma de curar el “gen de la desobediencia” en la gente que piensa por si misma. Si Fichte levantara la cabeza se sentiría realmente orgulloso de ver en qué se ha convertido Europa.

Hace algunos años se emitió en televisión un concurso titulado “¿Sabes más que un niño de primaria?” en el que los concursantes debían contestar preguntas del currículum oficial de educación primaria. Normalmente los concursantes eran jóvenes menores de 40 años, con titulación universitaria y en activo profesional. Normalmente, además, no tenían ni idea de qué se les estaba preguntando, lo cual demuestra que lo que supuestamente se enseña en la escuela sirve de bien poco en la vida real. Pero casi nadie se cuestiona el currículum. Casi nadie se cuestiona la legitimidad de los políticos para imponer su modelo escolar cuando ésta es la única cuestión que importa: ¿quién tiene legitimidad para decidir qué cosas debe aprender un niño y cuándo y cómo debe aprenderlas? Si ustedes siguen respondiendo que el Estado es quien la tiene, entonces estarán poniendo de manifiesto que mi tesis es cierta: el sistema escolar funciona de maravilla.


Porque lo cómodo es seguir culpando al gobierno del color que no nos guste y volver a votar en las siguientes elecciones. Lo fácil es culpar a tal o cual ley, a la supuestamente insuficiente financiación o a cualquier otra minucia que poco tiene que ver con la cuestión. Lo serio y deseable, aunque menos cómodo, sería investigar cuál es el origen y el objetivo real del sistema, a cuestionarlo todo, a proponer alternativas y empezar a cambiar lo que esté en nuestras manos. Quedarse en casa esperando que alguien nos de una solución mágica (porque es nuestro “derecho”) es un acto de suma irresponsabilidad. Que vivimos en la era de las comunicaciones y la excusa de la falta de oportunidades ya no es creíble.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

Enrocados

Aprovechando el estreno del nuevo Diari Menorca el domingo les conté quiénes somos “los que vivimos”. Algún lector quiso malinterpretar el título y pensó que éramos unos vividores. No es el único: a menudo me llegan mensajes insultantes de alguien que no está de acuerdo con mis opiniones y que, en no pocas ocasiones, ni siquiera ha comprendido lo que quise decir. Muchas veces no hacen ni el intento. Leen con la mente cerrada. Hay palabras, expresiones y referencias que no conocen. Creen que leer es juntar letras en palabras y palabras en frases, lo de la comprensión parece que ya no se lleva.

El diálogo de besugos es habitual en los parlamentos. Se da por hecho que van (los que van) sólo a calentar la silla, a leer lo que otros escribieron en un papel y a hacer que no con la cabeza cuando hablen “los otros”. No escuchan, no argumentan, no rebaten, no reflexionan. Que el modelo se reproduzca a pie de calle es más preocupante. Ya sabemos que los políticos no nos van a sacar de esta crisis; no está entre sus prioridades, no es su función. Lo que también empieza a quedar claro es que la solución tampoco pasa por las manos de “entidades”, de “grupos ciudadanos” ni de “organizaciones”. Como dijo Mark Twain, cuando te veas en el lado de la mayoría, es hora de detenerse a reflexionar. Así que la clave está en la minoría. Y la minoría más pequeña del mundo, ya saben, es el individuo. De modo que sólo el individuo tiene la posibilidad (y la responsabilidad) de escapar del bucle que otros han creado.

Va siendo hora de reinventarse. Dejar de esperar que alguien llame a la puerta para ofrecernos un trabajo y crear uno nuevo. Dejar de esperar que se sigan encadenando las ayudas públicas y empezar a creer que somos capaces de hacernos cargo de nosotros mismos. En la medida de lo posible, uno debe desprenderse del Estado dejando de usar sus pésimos servicios, buscando nuevas salidas hacia la libertad y la responsabilidad individuales. Para ello, claro, es imprescindible el despertar de la conciencia, lo cual no es fácil cuando uno ha estado toda su vida a merced del Estado, adormecido gracias a su excelente sistema educativo, anestesiado por los medios de “comunicación” y envilecido, en definitiva, gracias al paternalismo estatal calladamente aceptado.

El despertar a menudo es doloroso. La madre que descubre que están adoctrinando a sus hijos; el trabajador que descubre que le están quitando más de la mitad de lo que en realidad produce; el enfermo cuyo vida peligra y debe buscar alternativas; cualquier ciudadano que consigue deshacerse del embrujo del Sistema y que, lejos de agachar la cabeza decide cuestionarse algunas cosas, buscar datos, contrastarlos, escuchar a otras voces y, finalmente, pensar y decidir por si mismo. Cualquiera de esos ciudadanos tiene en su mano el poder de salir de este hoyo que algunos siguen cavando. Podemos cambiar las cosas si dejamos de esperar a que otros las cambien por nosotros y si dejamos de esperar que otros nos den la razón por la fuerza. Pero para ello hay que pensar, leer, comprender, argumentar, debatir. Y no hay debate posible si la mente está cerrada y los prejuicios enquistados. No hay debate posible cuando una de las partes está enrocada en su posición, algo más habitual de lo deseable y absurdo hasta el ridículo cuando se da en ambas partes. Se llega a crear un clima de guerra fría, de terror, en el que se amenaza, a veces veladamente, a quien piense de forma diferente, a quien se atreva a tener su propia opinión y a discrepar de la sacrosanta mayoría y, más aún, se atreva a decirlo en voz alta. En este contexto es donde adquiere sentido el concepto de “los que vivimos”, los que luchamos contra el Estado y las pseudo-dictaduras, oficiales o no.


Pero para eso seguimos escribiendo; para que haya voces diferentes; para que podamos dejar de hablar de “pluralidad” y “diversidad” y empecemos a vivirlas. Seguiré escribiendo a pesar de los insultos y de las críticas gratuitas. Seguiré confiando en que sí haya lectores que mantengan la mente abierta, aunque no siempre entiendan lo que digo. A veces hay lectores que sí comprenden el texto pero no están de acuerdo con el fondo, con las ideas expresadas, con las opiniones. Eso está bien, es la gracia que tiene la humanidad: que todos somos diferentes y tenemos capacidad de raciocinio, que podemos llegar a conclusiones diferentes, tener opiniones dispares y, como decimos en menorquín “entre tots feim el món”. El conflicto llega cuando se manipulan, se tergiversan o incluso se niegan los hechos. El sesgo de confirmación está a la orden del día: la tendencia a dar validez únicamente a aquella información que confirma las creencias preexistentes ignorando todo lo demás.


Conozco a varias personas que, en su día, también escribieron columnas de opinión o blogs personales (que, para el caso, es lo mismo) y dejaron de hacerlo porque se cansaron de ser malinterpretados, insultados e, incluso, de tener que aguantar que gente antes querida los dejara de saludar por la calle, en el mejor de los casos o, en el peor, los increpara. ¡Y es que es tan cómodo no pensar! Elegir a alguien como líder de opinión, creerle a pies juntillas diga lo que diga y repetir sus consignas como un papagayo. Porque muchas veces se limitan a difundir consignas, que lo de construir un argumento da demasiado trabajo; habría que poner el cerebro a trabajar y eso, quién sabe, quizás duele.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Los que vivimos




En diciembre de 2010 inauguré este espacio con un artículo sobre la educación en casa. Los que educamos en casa somos profundamente incomprendidos e injustamente perseguidos en muchos países, incluso en aquéllos en los que la ley, al menos formalmente, nos ampara. Nos toca vivir en permanente lucha contra el Estado, nos guste o no, porque debemos protegernos y debemos proteger a aquéllos a quienes más amamos: nuestros hijos.

A lo largo de ya casi tres años he ido poniendo negro sobre blanco otras historias sobre la lucha de hombres justos contra un entorno hostil: las anécdotas y los personajes varían, pero el trasfondo es el mismo. Tengo la convicción de que la vida humana y la libertad son los valores supremos que debemos defender de injerencias ajenas y por eso escribo aquí.


Tomé prestado el título de la primera novela de la escritora Ayn Rand, “We the Living” (“Los que vivimos”) porque, como ella misma aseguró, su novela no es una historia sobre la Rusia soviética de 1925, sino que es una historia sobre la dictadura y sobre la lucha del hombre contra el Estado. Y la dictadura es en esencia lo mismo en cualquier momento y lugar en que un grupo de personas utilice la fuerza para destruir la vida y la libertad de otros. No importan el año ni el país. Y no importa que la dictadura se disfrace de cualquier otra forma de gobierno, incluida la democracia. Sirva, pues, este espacio para reivindicar la libertad individual y para celebrar la vida, que es la razón de si misma.


jueves, 19 de septiembre de 2013

Lactando a escondidas



Cualquier cría de cualquier animal mamífero se alimenta de la leche de su madre. Cualquier cría de cualquier animal mamífero se alimenta cuando lo necesita, sin importar la hora que sea ni dónde esté. Cualquiera menos la cría humana del primer mundo. La leche materna es el mejor alimento que se le puede dar a un hijo y la lactancia es saludable tanto para el niño como para la madre. A pesar de ello, algunas mujeres deciden utilizar leche artificial, a veces por falta de información, a veces sólo por su propia comodidad, a veces incluso por una ideología feminista mal entendida: por un reparto “equitativo” de las “tareas”. Como si la alimentación de los hijos fuese una tarea comparable a la colada y como si el concepto de igualdad pudiera extenderse más allá de las desigualdades biológicas, naturales y deseables que han permitido la perpetuación de la especie.

Hemos llegado a un límite preocupante en el que la madre que opta por la lactancia artificial es vista con absoluta normalidad a costa de que la madre que opta por la lactancia materna sea vista como una retrógrada y se la condene a una suerte de ostracismo, exigiéndole que se recluya para alimentar a sus hijos o que, al menos, tenga la supuesta decencia de cubrir su pecho y la cabeza del niño. Porque podemos ver pechos en la tele (¡a cualquier hora del día o de la noche!), podemos ver pechos en las portadas de las revistas y podemos ver pechos en la playa, pero una teta lactante es una obscenidad. También podemos ver a niños comiendo papillas artificiales, bebiendo refrescos azucarados y devorando chuches de extraños colores. Pero si su alimento es la leche materna, entonces nos ofendemos y le pedimos a la madre que se retire. Sucedió en el MuseoThyssen, sin ir más lejos, cuando impidieron a una madre el acceso a las salas amamantando a su hijo. Se organizó una tetada frente al museo y se remitió una carta a la dirección, que contestó educadamente y aclaró que su normativa no impide la lactancia, que fue un error de un trabajador que se debía haber limitado a indicarle que, si quería, podía hacer uso de las salas de lactancia. A veces es peor; a veces no hay salas de lactancia y te mandan al baño a lactar. No creo que te mandaran a merendar al baño si fueras a comerte un bocadillo. Y aunque haya salas y sean bonitas, limpias y agradables (cosa que no siempre sucede) no todas las madres quieren retirarse del mundanal ruido para amamantar.


Aún queda esperanza porque cada vez son más las mujeres que se animan a denunciar estos abusos y a hacer valer su derecho (y su obligación) a alimentar a sus hijos cuando y donde sea necesario. A veces en un bar, en una tienda, en un museo o en cualquier otro lugar, una madre lactante es acosada y reprendida, pero cada vez es más frecuente que esa madre se defienda. Lo triste es que tengamos que esgrimir argumentos científicos, que tengamos que justificar las bondades de la lactancia materna, que tengamos que tener siempre en mente los datos oficiales de entidades como la Organización Mundial de la Salud y similares, que haya que organizar campañas a favor de la lactancia materna y, no ya tratar de convencer a otras de que esto es realmente lo mejor, sino simplemente intentar sobrevivir al acoso social al que se nos somete. 


jueves, 12 de septiembre de 2013

La no vuelta al cole



Septiembre nos trae cuadernos en blanco, largas listas de material escolar y carísimos libros de texto. Los niños apuran sus últimos días de libertad y los profesores, en algunos lares, se ponen en pie de guerra. Mientras los “agentes educativos” se ocupan de cuestiones menores, otros nos preguntamos para qué sirve realmente el tinglado escolar e intentamos discernir cuál es la mejor educación que podemos dar a nuestros hijos.

Los departamentos de admisiones de Harvard y Princeton, por ejemplo, no miran apenas el expediente académico de los aspirantes a alumnos sino que les interesa más saber a qué dedica uno su tiempo cuando puede disponer de él. Por eso les importa más conocer tus hobbies que tus calificaciones escolares. Consideran que las aficiones son la única información honesta que se puede extraer de un currículum, que son una ventana a la mente y al corazón de una persona.

Idealmente, dicen, uno debería tener al menos tres hobbies: uno físico, uno intelectual y otro social. La actividad social debería aportar valor a las demás personas, no sólo uno mismo. Y no, bajar al bar a tomarse unas cañas no cuenta como hobbie social. La actividad intelectual debería no estar relacionada con el currículum oficial de las escuelas, a menos que te permita llegar a dominar la materia elegida mucho más allá del nivel probablemente mediocre que te aportará la escuela. Pero donde realmente se marca la diferencia es en lo referente al hobbie físico. En las escuelas (y por extensión, en la mayoría de las familias) se valora enormemente que los niños practiquen un deporte de equipo, por aquello de bajarle el ego y de aprender a trabajar con otros. La palabra “individual” es casi obscena hoy en día. Por el contrario, en Harvard y Princeton (entre otras) valoran enormemente que la actividad física sea individual pero añaden, además, otra característica: que sea una actividad que implique un riesgo físico. Así que el tenis y el pádel quedan descartados, pues el riesgo físico es muy bajo. Debe tratarse de una actividad donde te juegues algo más que el riesgo a sufrir una tendinitis o un esguince. Algo como la hípica o la escalada, donde un error puede ser fatal para quienes los practican.


Les cuento esto porque cada año somos más las familias que, en una semana como ésta, celebramos la no vuelta al cole. Cuando comenzó el verano no nos preguntamos qué diablos íbamos a hacer tantas horas al día con los niños en casa, durante tantas semanas. No suspiramos porque alguien los quite de nuestra vista. Al contrario, los hemos tenido para estar con ellos y hacernos cargo. Ahora empieza el curso escolar y nuestro ritmo no tiene porque ser diferente. No habrá peleas a la hora de acostarse, no habrá madrugones ni llantos. Compraremos el material que queramos o que necesitemos, sólo dentro de nuestras posibilidades, sin que nadie nos imponga de qué color ha de ser la libreta de los dictados. Eso si decidimos tener una libreta de dictados. Grandes y pequeños elegiremos las actividades a las que queremos dedicar nuestro tiempo este año, juntos o por separado. Tal vez sigamos los consejos de Harvard y Princeton.


jueves, 22 de agosto de 2013

De expertos, titulitis e intervencionismo


Cuando inventen el Nobel de Creatividad se lo van a dar a algunos políticos españoles, no me cabe la menor duda. En Madrid, por ejemplo, tenemos a auténticos lumbreras ordenando nuestras vidas. Bendita sea la democracia representativa. Hace un par de años tuvieron la brillante idea de poner multas de hasta 750 euros a quienes hurgaran la basura. No tengo muy claro si la estrategia pretendía ser disuasoria o recaudatoria pero dudo que en cualquiera de los dos casos tuviera mucho éxito. Cuando uno se ve en la necesidad de hurgar en la basura es muy poco probable que disponga de esa cantidad de dinero para hacer frente a la multa. Probablemente le importe muy poco que le multen. También hay quien no hurga por necesidad sino por afición. Conozco a muchas personas que han restaurado y reutilizado muebles y objetos de lo más variado que otras personas habían decidido desechar.

La última ocurrencia de que tengo noticia se ha conocido esta misma semana y se prevé que entre en vigor el próximo mes de octubre. (Por favor, no siga leyendo si está usted en la oficina o en una biblioteca, pues es muy probable que lo que viene a continuación le arranque una carcajada). Leo en La Vanguardia: “El Ayuntamiento de Madrid convocará el próximo mes de octubre las “pruebas de idoneidad” que deberán superar los músicos para tocar en las calles y plazas del distrito Centro (…) A falta de cerrar el texto, la prueba de idoneidad, que incluirá una audición y la presentación de un currículum, pretende fundamentalmente conocer qué tipo de espectáculo desarrolla el aspirante a la autorización. (…) La Junta quiere comprobar que se trata de una actividad musical "real" y no de una forma cualquiera de obtener unas monedas.”

Esta gente no sabe que uno difícilmente sobrevive tocando en la calle si no tiene un mínimo talento. Y aunque no lo tuvieran, si hay gente dispuesta a darles dinero, están en su derecho de hacerlo, que para eso es suyo (al menos el 40% que les queda después de pasar por la caja estatal). Incluso si quieren darle dinero a alguien que no está tocando ningún instrumento, también pueden hacerlo. Se llama altruismo, caridad, compasión. Y egoísmo, claro, porque el altruista en el fondo lo que busca es sentirse bien consigo mismo y lo consigue cuando sabe que ha hecho algo por alguien.

No quiero ni pensar en quiénes serán esos “expertos” encargados de hacer las audiciones a los aspirantes a músico callejero. Recuerdo al editor que rechazó el manuscrito de “El Alquimista” de Paulo Coelho. “Fue un baño de humildad”, me dijo. Y espero que a estos les pase lo mismo, que sean capaces de reconocer que ellos no son nadie para juzgar a nadie, porque al músico callejero quien lo juzga es la calle, la gente que pasa por su lado y decide darles o no dinero, sonreírles o mirarles mal o ignorarles.

Muchas personas han sido parte activa y fundamental en el progreso de la humanidad precisamente porque se alejaron de las normas establecidas o porque experimentando en campos ajenos hicieron descubrimientos importantes. Con ordenanzas como éstas no habríamos llegado muy lejos.

John Caldwell Holt decía que quien posee un certificado de capacitación pedagógica no está capacitado para enseñar. Probablemente tenía razón y probablemente su tesis se puede extrapolar a muchos otros ámbitos. No hay nada más peligroso que colgarse la etiqueta de “experto”, sobre todo si se la adjudica uno mismo.


miércoles, 14 de agosto de 2013

Ágnes o el derecho a parir en libertad

No se trata de defender el parto en casa frente al parto hospitalario, ni de defender el parto natural frente al parto intervenido. Lo que defendemos es mucho más sencillo aunque, irónicamente, mucho más complicado de conseguir a la hora de la verdad: el parto respetado. Tener el poder de la información no sesgada y la libertad de elegir. Las mujeres cuyas elecciones se acercan más al protocolo hospitalario oficial tendrán, probablemente, el parto que han querido. Pero para las que no quieren todo eso la cosa se complica. Y se complica especialmente si quieren parir en casa.

Ágnes Geréb luchó porque los hombres pudieran estar presentes en los partos de sus hijos. Después luchó porque las mujeres pudieran parir en casa. Formó a muchos profesionales de la salud e informó a muchas mujeres para que pudieran decidir con fundamento. Ayudó a poner el foco de atención sobre el excesivo e innecesario intervencionismo en los partos, cambió la concepción del embarazo y el parto como enfermedades y denunció la proliferación de prácticas que suponen actos de violencia obstétrica.





Acompañó el nacimiento de más de 9000 niños en 32 años. Nueve mil. Lo hizo porque es su vocación, porque tiene fe en las mujeres y en la libertad. Pero un bebé murió y la licencia le fue retirada. Ella sabía cuál es su propósito en la vida y no fue capaz de ignorar las llamadas de todas esas mujeres que le pedían que asistiera sus partos. Así que siguió trabajando sin licencia. Entonces otro bebé murió y Agnes fue detenida y encarcelada. No vaya a ser que ayude a nacer a otros nueve mil niños. Tiene un doctorado en Medicina, es especialista en obstetricia, graduada en psicología y comadrona certificada. Las mujeres quieren parir con ella. Las que lo han hecho la adoran. Así que se han organizado y han llevado su caso al Tribunal de Estrasburgo.


Las autoridades húngaras aplican su doble rasero, que es ya un clásico imprescindible en cualquier estado que se pretenda “del bienestar”. Si un bebé muere en un parto hospitalario es porque hay cosas que son inevitables, se hizo todo lo que se pudo pero no somos dioses. El médico no es arrestado, no se le retira la licencia y no se le encarcela sin un juicio justo. Pero si un bebé muere en un parto en casa hay que arrestar a la matrona, impedir a toda costa que siga trabajando. Si quien muere es la madre, entonces hay que prohibir y demonizar los partos en casa y volver al protocolo sanitario, a la barbarie que hace que miles de mujeres se sientan violadas en lo que debería ser uno de los momentos más poderosos de su vida. Hay que meterles el miedo en el cuerpo para que sean ellas mismas las que elijan el parto hospitalario e intervenido; hacerles creer que necesitan todo ese protocolo que incluye rasurado, enema, oxitocina, inmovilización, epidural y episiotomía para tratar de parir en la posición más cómoda para el médico y más complicada para la madre y para el bebé. Les hacen creer que es por su bien, por su seguridad y la de su hijo. No hay nada más fácil que inculcar el miedo en una mujer embarazada que haría cualquier cosa por salvar la vida del hijo que va a nacer. Por eso permitimos los abusos. Por eso permitimos que nuestros hijos pasen sus primeras horas en este mundo en manos de los médicos y no sobre nuestra piel. Que Ágnes siga encarcelada da la medida del nivel de irracionalidad de este sistema perverso que calladamente alimentamos.






miércoles, 7 de agosto de 2013

Bienvenidos al Mundo Feliz



Ella sólo quiere poder dar de comer a sus dos hijas. No pide subvenciones ni ayudas de ningún tipo. No quiere que nadie le arregle la vida a cambio de nada. Inmaculada Michinina se erigió en portavoz de los vendedores ambulantes sin licencia e irrumpió en el pleno municipal de Cádiz para decirles cuatro verdades a sus “representantes”. Inmaculada hace manualidades y las vende en el mercadillo. Es lo que sabe hacer y lo que quiere hacer, es lo que le permite poner un plato caliente en la mesa para su familia. Todo muy digno hasta que llegan los políticos y deciden que no tiene derecho a hacerlo. Al parecer hay una lista de espera para conseguir licencia que lleva tres años sin moverse. Inmaculada trabaja de todas formas porque no puede ni quiere permitirse el lujo de no hacerlo. Se va al mercadillo con sus manualidades y piensa “a ver si hay suerte y no llega la policía y me echa”.

“Cojan el punto” les dice a los concejales en el pleno “porque para ustedes no es más que un punto del día, y voten mayoría”. No les costaría nada pero supongo que la sensación de poder les supera. “Tengo valor y educación” continúa “porque pienso que perdiendo las formas se pierde la razón, y yo no voy a perder la razón porque sé que la tengo. Déjennos tener dignidad”. Pero lo que Inmaculada no sabe es que la dignidad la perdimos hace tiempo, cuando comenzamos a ceder, siempre por nuestro propio bien. Cuando empezamos a pensar que sí, que ciertas cosas había que regularlas, y que sí, que necesitábamos un estado que nos protegiera y que nos castigara cuando no cumpliéramos con nuestras obligaciones. Nos mueve el miedo y eso lo saben bien los que están en la cúspide del poder. Dominan la escena, el lenguaje y la psicología humana. Provocan el miedo en la gente y luego les convencen de que tienen la solución. Más estado, más control, más normas, más prohibiciones.

Las declaraciones de la alcaldesa de Cádiz evidencian la tesis: "Esta señora sabe cuáles son las ordenanzas municipales. Hay ordenanzas municipales. Lo que no podemos hacer es que unas personas, por razón de sus necesidades -que hay muchas necesidades- tengan privilegios... Porque no. Esta ciudad no se puede convertir en un zoco. Tiene que haber un orden. Esa persona sabe que tiene los servicios sociales del Ayuntamiento.” No puede haber más maldad en estas palabras.


Siento profundo asco ante las declaraciones de la señora Teófila Martínez, digna representante del PP que ha puesto en marcha un sistema de denuncia anónima contra el fraude laboral. Fraude que, por otra parte, no existiría si no tuviéramos una legislación tan intrincada y excesiva como tenemos. Siento empatía por todas esas personas que sólo quieren trabajar honradamente, que no quieren acudir a los servicios sociales porque tienen una profesión digna y que no necesitarían acudir a los servicios sociales si el gobierno no les pusiera palos en las ruedas. Siento lástima por la gente que cree que trabajar para dar de comer a tus hijos es un privilegio y que es más digno parasitar a los que sí tienen bula para trabajar. Y siento miedo al comprobar que tantas profecías se están cumpliendo con nuestra callada connivencia: la de Orwell, la de Huxley y la de Rand. Ya las tenemos aquí. Bienvenidos al mundo feliz. Parece que John Galt se nos perdió por el camino.

"Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegido contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada."


miércoles, 31 de julio de 2013

Estocolmo



Se nos está atrofiando la voluntad por falta de uso. Por eso permitimos que venga gente como Gallardón a decirnos cómo hemos de vivir nuestras vidas. Su última amenaza legislativa es la imposición de la custodia compartida a discreción del juez, a quien permite hacer caso omiso de la preferencia de los padres, sea ésta cual sea. No vengo a discutir si la custodia compartida es una buena o mala solución. Pienso que es una solución ideal para algunas familias y un trastorno para otras y eso no hay juez que lo pueda determinar.

Por desgracia la custodia compartida se ha usado durante años como arma arrojadiza en la guerra del género, probablemente a consecuencia de la persistente discriminación a la que los tribunales han venido sometiendo a los padres (hombres), imponiéndoles regímenes de visitas estandarizados, impidiéndoles tomar parte en la gestión del dinero destinado a sus hijos y negándoles la custodia por principio. Si a esta ecuación le sumamos la legal atribución del uso de la vivienda al progenitor custodio, aún cuando la nuda propiedad correspondiera al no custodio, el perjuicio causado resulta bastante evidente. De ahí que, sin llegar a justificarlo, uno pueda comprender que surgiera un movimiento de padres pro custodia compartida.

Probablemente terminará, igual que sucedió con las pensiones alimenticias y los regímenes de visitas, en una estandarización de la custodia compartida impuesta. Esto es, ignorando las peculiares características y situaciones de cada familia y de cada uno de sus miembros. Ignorando lo que de verdad es mejor para una familia determinada y los posibles acuerdos a que pudieran llegar. Ignorando que hay cuestiones que pertenecen al ámbito estrictamente privado y que ninguna ley ni ninguna resolución judicial debieran tratar de atajar. Parece ser que el ministro de justicia y sus compinches se quedaron con la anécdota del juicio de Salomón pero no captaron la moraleja.

Juicio de Salomón
Luca Giordano


Lo peor, sin duda, es la utilización maquiavélica de ese reciente principio del “interés del menor” que inventaron hace algunas décadas, la rendija por la que se cuela la imposición arbitraria de las más absurdas medidas, sustituyendo a la voluntad de los padres (y del propio menor) por las decisiones rutinarias del juez de turno. Principios como éste justifican situaciones de inseguridad jurídica simplemente cambiando la denominación del hecho. La inseguridad jurídica es la falta de claridad en la ley, la existencia de cajones de sastre donde quepa todo o casi todo, permitiendo que entren en la legalidad hechos que a priori habrían estado fuera de ella. Cada vez que eso sucede nos alejamos un poquito más de lo que debería ser un Estado de Derecho. El riesgo de rendirse ante la evidencia es alto y las consecuencias, graves. Asumimos que nuestra voluntad es una tara, agachamos la cabeza y acatamos las órdenes. El sistema funciona a la perfección. La infantilización de la población es necesaria e imprescindible para el control y sometimiento de la población. Cuando la población se convence de que los abusos cometidos contra ella se deben a un interés superior que revierte en “su propio bien”, el proceso de sometimiento está completo. El verdugo ha ganado gracias a la inestimable colaboración de sus víctimas. Sucede a diario y cada vez en un espectro más amplio. El peso de la bota es tan grande que nos hemos insensibilizado a su dolor. Lo disfrutamos, incluso, porque es por nuestro propio bien. 


*******************



El síndrome de Estocolmo es una reacción psicológica en la cual la víctima de un secuestro, o una persona retenida contra su voluntad, desarrolla una relación de complicidad, y de un fuerte vínculo afectivo,1 con quien la ha secuestrado.

Wikipedia

jueves, 25 de julio de 2013

Menos proselitismo y más pedagogía




“Menos proselitismo y más pedagogía” es lo que escribió mi padre en el apartado del boletín de notas de secundaria reservado a las observaciones de los padres de alumnos. El comentario iba dirigido al profesor de catalán, que tenía por costumbre hacer exámenes con preguntas de claro contenido ideológico. Antes, por supuesto, se había encargado de falsear la historia a su conveniencia, así que había que hacer el examen mintiendo y tapándose la nariz o suspender. Yo prefería suspender. Habría preferido que, para calificar nuestras aptitudes lingüísticas, nos hubieran hecho un dictado extraído de alguna obra de Pere Calders o Mercè Rodoreda, por ejemplo; o que nos hubieran pedido una redacción sobre nuestro libro preferido, sobre lo que habíamos hecho el verano anterior o sobre cualquier otra cuestión libre del sesgo ideológico. Pero no teníamos esa opción.


Curiosamente, cuando llegué a Barcelona resultó que mis profesores de bachillerato valoraban enormemente que escribiera usando la variante balear. Me permitían usar las expresiones y el léxico propio del menorquín, algo que siempre entendieron como una riqueza cultural. Se sorprendieron al saber que en esta isla tan pequeña existen dos sistemas vocálicos, que cada pueblo tiene su léxico específico y que en Mallorca y en Ibiza se habla de otras formas. Jamás en Cataluña me dieron una tarea o una pregunta de examen con contenido ideológico, y no dudo que mis profesores tenían sus propias ideas sobre el nacionalismo catalán y sobre el nacionalismo español. Nunca supe cuáles eran esas ideas porque esa gente se dedicaba a hacer pedagogía. No sé si a día de hoy las cosas han cambiado en la Ciudad Condal, aunque intuyo que sí. Lo que sé es que por otros lares una buena parte del cuerpo docente es más papista que el papa. Son los mismos que piden pactos por la educación cuando no gobiernan los suyos pero que imponen su limitada cosmovisión cuando tienen el poder. Los mismos que aplauden la destitución de un cargo puesto a dedo por una expresión inadecuada en las redes sociales pero que aplauden igualmente que en cierto canal de televisión se dispare contra el Rey de España o se pida la muerte de quienes no comulgan con sus ideas. Los mismo que tergiversan la historia llegando a creerla, los que han conseguido que los abuelos menorquines y que los payeses menorquines pasen por ignorantes a ojos de los niños por no hablar como los manuales dicen que hay que hablar.


Las Islas Baleares son las nuevas colonias, pero no por méritos propios de una Cataluña imperialista sino por la traición de quienes supuestamente habían de defender otras ideas. Esa aberración llamada “normalización lingüística” se la debemos al Partido Popular de Gabriel Cañellas y a la pasmosa pasividad de quienes les han seguido votando. Porque nada hace tanto daño a una cultura y a una lengua como la combinación explosiva de la cobardía de quienes imponen a golpe de decreto y la vileza de quienes se erigen en únicos y legítimos defensores de una noble causa por la que cincelan los tiernos cerebros de nuestros niños.


La izquierda balear, catalanista por definición, pelea en las redes sociales con los populares, supuestamente españolistas pero ignorantes de que la catalanización de las islas la oficializó su propio partido. Unos y otros evidencian su bajeza moral al caer en la descalificación personal y el insulto gratuito. Los datos y los argumentos brillan por su ausencia. En las aulas, mientras tanto, se sigue sustituyendo a la pedagogía por el proselitismo.


jueves, 18 de julio de 2013

El sistema anti-niños


La conclusión sólo puede ser una: nos toman por imbéciles. Los apoltronados de la Carrera de San Jerónimo y similares se están riendo de nosotros. Vomitan leyes, reglamentos, decretos, órdenes ministeriales a tutiplén, supuestamente para protegernos y para proteger a nuestros hijos. Pero después resulta que forman un sistema que es incapaz de conseguir que Miguel Carcaño diga la verdad sobre dónde está el cuerpo de su víctima. El mismo sistema que persigue a los homeschoolers como si fueran delincuentes (sólo a algunos, que a Carmen Thyssen no le han dicho nada que yo sepa) pero que no actuó cuando en Galicia un niño faltó a clase durante dos años seguidos. Después, cuando lo encontraron descuartizado en una maleta tirada en una cuneta en Menorca, sólo se hablaba de la descerebrada de su madre. De los que tenían la responsabilidad de abrirle un expediente de absentismo escolar nadie habla.

Es el mismo sistema que consigue hacernos tragar y callar cuando la consejera de Bienestar Social de la Generalitat nos dice que “el gobierno catalán no ha cometido ningún error” en el caso del educador social que acogía a niños tutelados y que resultó ser pederasta. Quienes se encargaron de los 34 controles que tuvo que pasar se han cubierto de gloria. A lo mejor redactaron los informes sin haber pasado realmente el control. No sería la primera vez. Yo he visto informes de servicios sociales relativos a familias que educan en casa y redactados por asistentes sociales que nunca visitaron a esas familias y que nunca vieron a esos niños. Por suerte en esos casos los niños sí estaban bien atendidos, pero podría no haber sido así. Podría haber sucedido que los niños no hubieran estado bien educados, ni bien alimentados, podrían haber sido víctimas de abusos o podrían incluso haber estado muertos. Pero, mientras tanto, unos asistentes sociales firmaron un informe donde aseguraban que todo estaba bien.

Y así nos luce el pelo. Creemos que es correcto, incluso bueno, que haya un gobierno que vele por nuestros hijos. Que prohíban los refrescos gigantes, que decidan qué alimentos pueden ofrecerse en los comedores escolares, que no les dejen ver según qué películas o jugar a según qué videojuegos. Y luego pasan cosas como éstas. Como lo del pederasta de Castelldans, los veinte niños muertos en la India debido al mal estado de la comida que les dio el gobierno local, o los niños detenidos en losEstados Unidos por los actos más inocentes que uno se pueda imaginar, como eructar en clase, tirarse leche en el transcurso de una pelea, lanzar aviones de papel dentro del aula, llevar un cuchillo de plástico o dibujar a Jesús en la cruz. Eso por no hablar del secuestro legal de niños, algo que está a la orden del día en países como Suecia, donde el sacrosanto Estado del Bienestar ha cruzado todos los límites de lo humanamente aceptable.

El riesgo cero no existe, por supuesto. Puede haber accidentes y descuidos imperdonables con consecuencias terribles. Como los niños ahogados por falta de una adecuada vigilancia y de una adecuada formación. Nueve en once días en lo que va de verano es una cifra excesiva que debería haber hecho saltar alguna alarma, pero no. O como los niños que fallecen asfixiados tras ser incomprensiblemente olvidados dentro del coche. También hay mujeres dementes que paren a sus hijos y acto seguido los echan por el desagüe o los meten en el congelador. “No tenía dinero para abortar”, dijo una. Bien, alguien debería haberle contado que existe algo llamado “adopción”.


Me pregunto qué futuro tiene una sociedad tan enferma en la que unos observan pasivamente estas atrocidades como quien ve una película de superhéroes en la tele, con la convicción de que nada tiene que ver con sus propias vidas, mientras otros prefieren ni mirar porque ojos que no ven, corazón que no siente. Nos toman por imbéciles y puede que lo seamos.


jueves, 11 de julio de 2013

¿Qué quieres, en realidad?

Tenemos lo que queremos. Tenemos la educación que queremos, la sanidad que queremos, el trabajo que queremos y el gobierno que queremos. Es más cómodo pensar que no es así, que lo que tenemos son imposiciones de sistemas disfuncionales y que, a pesar de que queremos otra cosa, no podemos elegirla.

El “yo quisiera, pero no puedo” es uno de los peores pensamientos con los que podemos intoxicar nuestra mente. Si quieres, puedes. Punto. Otra cosa es que decidas que tu querer siga siendo sólo un ideal y no hacer nada al respecto. Es mucho más fácil pensar que en realidad no puedes, que admitir que en realidad no quieres. Es más fácil quejarse en la barra del bar y compartir frases grandilocuentes en el muro de Facebook, que levantarse de la silla y hacer algo.

Si eres tan solidario como quieres hacer ver, no te unas a quince grupos de Facebook. Sal a la calle y haz algo por alguien; ayuda a tus vecinos; hazte voluntario en alguna organización; dona tu tiempo o tu dinero. Si no te gusta el gobierno, no te dediques a compartir memes con insultos al presidente y a los ministros. Reflexiona, argumenta, despréndete del gobierno en la medida que quieras y no vuelvas a votar. Si votas, eres cómplice. Si el profesor de tus hijos es tan malo, no se lo cuentes a los demás a la puerta del colegio. Muévete y habla con la autoridad educativa correspondiente; para eso están los jefes de estudios, los directores y los inspectores educativos. Colabora con la asociación de padres y con el consejo escolar. Matricula a tu hijo en otro centro. Monta una escuela libre. Desescolarízalo.

Le pasó a Nicko Nogués con su proyecto “Vete”. Gente que dijo que se quería ir y cuando él les dijo “vete, yo te pago el billete” dijeron que no podían. Fueron incapaces de decir que, en realidad, no querían. Me pasó a mi cuando estuve dos meses viajando por América con mi hijo. “Qué envidia”, me decían. Pero aquí nadie coge la maleta para irse. Me pasa con la educación en casa. “Me encantaría hacerlo, pero yo no puedo”.  Tienen razón, no pueden porque no quieren. Es así de simple. El listado de excusas es larguísimo, algunas casi te las crees: no tengo formación, no tengo paciencia, no tengo tiempo, no tengo dinero, no tengo apoyos. No tengo ganas, es lo que deberían decir.


Asumir y reconocer que, en realidad, no queremos lo que decíamos querer puede resultar un difícil ejercicio de coherencia. Difícil pero liberador. Si prefieres dejar a tus hijos en manos de un pésimo sistema escolar antes que asumir la responsabilidad de hacer algo por cambiarlo o por sacar a tu hijo de ahí, está bien, pero no te quejes más. Si prefieres pasar las horas delante de la pantalla jugando a los granjeros en la red social, está bien, pero deja de lanzar mensajes diciendo lo comprometido que estás con la pobreza y la injusticia. Si prefieres quedarte en la comodidad de tu casa, está bien, pero deja de envidiar a los que se van a dar la vuelta al mundo. Deja de decir que quieres pero no puedes.


Pero si prefieres posicionarte como víctima, culpando a otros por lo que tú no te atreves a hacer, eso no está bien. No cargues a otros con la responsabilidad de tus acciones y de tus omisiones, esto es, de tus decisiones. No cargues tampoco con la responsabilidad por las acciones y omisiones de otros. Pero si tienes un deseo, trabaja para conseguirlo. Si no estás dispuesto a moverte para conseguirlo, a salir de la comodidad de tu casa y de tu rutina, tal vez es que el deseo no era tal. Puede que el deseo no fuera tuyo sino de otros. Así que la pregunta es ¿qué quieres, en realidad?