lunes, 16 de junio de 2014

Cinco años de secuestro legal



Leo los periódicos y navego por la blogosfera buscando alguna noticia que comentar aquí y, la verdad, todo es bastante aburrido. Saturan ya algunos temas, como el rey y la república, el éxito electoral de Podemos o el inacabable conflicto escolar de Baleares. Sólo puedo hacer comentarios muy políticamente incorrectos sobre los tres temas. De las camisetas verdes ya hablé en La Gaceta y me gané unos cuantos enemigos nuevos. Y Rajoy y compañía, qué quieren que les diga, ya ni siquiera dan juego. Es coger su programa electoral (sí, tenían uno, que casi nadie se leyó, como todos los demás) e incumplirlo punto por punto. Al pie de la letra pero al revés. Y cada vez que abren la boca, nos quitan un poquito de la ya exigua libertad que nos queda. Pero como lo hacen de a poquitos, nos la van colando. Algunos incluso lo agradecen porque, claro, todo es siempre por nuestro propio bien. Lo cómodo es creérselo hasta que un día, sin habernos dado cuenta, habremos dejado de existir.



Pero luego recordé que vuelve a ser junio y se van a cumplir cinco años desde el secuestro del pequeño Domenic Johansson por el Estado Sueco. Muchas cosas han pasado desde entonces. Su padre ha estado en la cárcel por habérselo llevado tras una de las pocas visitas permitidas. Su madre ha sufrido varias paradas cardíacas. Gente de todas partes del mundo -sobre todo madres- se han movilizado en internet para intentar ayudar a reunificar a esta familia. Pero tal vez lo más importante es que se han conocido otros casos de abuso de poder por parte de Suecia, ese país que todavía tantos ponen como ejemplo a seguir, el estado del bienestar en su máximo esplendor que nos demuestra que sí, que al final era verdad que nuestros hijos no son nuestros, sino de "ellos", del Estado. Varios niños han sido abducidos por los servicios sociales en situaciones irregulares y, peor aún, varios han fallecido en extrañas circunstancias estando bajo la custodia del Estado.



El año pasado escribí que me quedaba una ligera esperanza: la de que, al cumplir doce años, Domenic comenzara a tener acceso a internet y, como tanta gente hace, escribiera su propio nombre en un buscador y viera que sus padres sí lo están intentando recuperar, que nunca han dejado de quererle y de buscarle. Aunque es muy probable que a Domenic le hayan contado muchas mentiras. No puedo ni quiero imaginar qué pasa por la cabeza de la mujer que lo ha acogido en su casa, sabiendo que sus padres no hicieron nada ilegal, que la retirada de la custodia fue del todo irregular y que los procesos que tienen abiertos también lo son. Puede que a ella también la hayan engañado y crea que ha salvado a este niño de una familia desestructurada, de unos padres violentos o vaya usted a saber qué otras barbaridades.


Tampoco puedo ni quiero imaginar el abandono que debió sentir Domenic, cuando lo apartaron de su familia con sólo 8 años y le permitieron ver a sus padres durante una hora cada cinco semanas. Pueden volver a leerlo, que no es ningún error: una hora cada cinco semanas. Cada treinta y cinco días. Hasta que, un día, alguien decidió que sólo podrían visitarlo si él lo pedía expresamente. Tal vez él no sabía que podía pedirlo. Tal vez lo pidió y le dieron cualquier excusa. Tal vez le dijeron que sus padres no querían visitarle, que habían abandonado el país.



Y lo más grave es que historias como ésta no nos sirvan de ejemplo y de escarmiento. Porque cada vez que cedemos un poquito ante el Estado, le estamos abriendo la puerta para que cometa atropellos como éste y peores. Cada vez que preferimos auto-engañarnos y pensar que, si obligan a tal o cual cosa, o si prohíben tal o cual cosa, será porque realmente es lo mejor para nosotros y para nuestros hijos, les estamos legitimando para dirigir nuestras vidas. Cada vez que miramos para otro lado, porque si les han quitado al niño “por algo será” estamos legitimando lo que les han hecho a ellos y lo que nos pueden hacer a nosotros en el futuro.



No exagero si digo que la primera cesión la hacemos antes incluso de que nazcan nuestros hijos. Cuando permitimos que sea el Estado el que determine cómo han de ser nuestros partos. Y como la promesa de seguridad es muy tentadora, caemos en ella con ganas. Porque todas queremos saber que estaremos bien, que nuestros partos irán bien y que nuestros hijos estarán bien. Y el Estado nos promete eso. Después vamos solas al redil; les llevamos a los niños y dejamos que nos digan qué han de comer y cuánto han de dormir y, por supuesto, con gusto los cedemos al sistema escolar, para que moldeen sus mentes y sus almas porque, obviamente, nosotras no estamos preparadas. Cuéntenle eso a cualquier hembra mamífera de cualquier otra especie. Y verán qué risas.







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