martes, 1 de julio de 2014

Cenicienta en el Parlamento



 ¿Recuerdan cuando la Unión Europea prohibió que los niños menores de 8 años jugaran con globos? ¿No? Pues fue en 1998. Desde entonces el goteo de normas europeas y españolas surrealistas ha sido incesante, pero de la mayoría de ellas ni siquiera nos enteramos. Algunas son absurdas simplemente porque es imposible garantizar su cumplimiento. ¿Van a poner inspectores de fiestas de cumpleaños para evitar que los niños usen globos? Obviamente, no. Lo único que pueden hacer es convencernos de que la normativa es realmente necesaria, de que es por nuestro propio bien y, por tanto, es un acto loable denunciar al vecino, al familiar o a quien sea que sepamos que la está incumpliendo.

Siempre me ha fascinado el artículo 6 del Código Civil, ese que dice que “la ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento”. O sea, que estás obligado a cumplir todas las leyes aunque no las conozcas. El único inconveniente es que se aprueban tantas normas cada día que es materialmente imposible conocerlas todas. Otro concepto fascinante del Derecho es el del “interés jurídico del menor”. Por el interés jurídico del menor se acaba con la seguridad jurídica. Cuando el interés del menor anda cerca, la respuesta correcta siempre es “depende”. No hay nada más peligroso para un sistema jurídico que la inseguridad; el no saber a qué hace referencia cada norma, qué persigue exactamente y cómo ha de interpretase y aplicarse. Pero a los niños hay que protegerlos ¿verdad? Seguro que todos estamos de acuerdo en que merecen especial protección porque son seres indefensos, porque no pueden hacer valer sus derechos por si mismos, así que el “interés jurídico del menor” es un concepto bueno y necesario ¿verdad?

La verdad es que se empezó prohibiendo el cachete (a ver quién va a controlar eso si no ponen cámaras en todas las casas) y se ha acabado en un absurdo tan ridículo como su propio nombre: en Inglaterra se han inventado una ley a la que han llamado “Cinderella Law”, esto es, “Ley Cenicienta”. ¿Para qué? Para acabar con el abuso emocional de los padres hacia los hijos. Oh, eso suena muy importante, debe ser muy necesario. Pero ¿en qué consiste la Ley Cenicienta? La Ley Cenicienta establece penas de hasta diez años de prisión para los padres que no demuestren amor y cariño hacia sus hijos. Como lo oyen. Si usted, deliberadamente, ignora a su hijo, no le abraza, no le elogia y no le besa, puede ser castigado con una pena de varios años de prisión. Una vez más, yo pregunto: ¿cómo van a controlarlo? ¿Cómo va alguien a garantizar el cumplimiento de esta ley? Y voy más allá: ¿acaso no es el afecto impostado, también, una forma de crueldad emocional? Perjudicar el desarrollo intelectual, emocional o social del niño es algo que puede hacerse de muchas formas, algunas realmente sutiles, y obligar a los padres a demostrar afecto hacia sus hijos no es ni mucho menos una garantía de que no se va a dar ese perjuicio.

Al final todo se reduce a una cuestión: es mucho más cómodo dejar que otros se ocupen de nuestras vidas que tomarnos la molestia de pensar y decidir por nosotros mismos. Por eso algunos se alegran de la prohibición de fumar en espacios públicos. “Así fumo menos”, dicen. Y justifican la tesis de que la prohibición persigue nuestro bien. Otros (o los mismos) se alegran también de la prohibición de portar armas, de los límites de velocidad o de los extravagantes controles de “seguridad” de los aeropuertos. Ninguna de estas normas consigue el propósito que oficialmente se le adjudica. La prohibición de usar armas no acaba con los crímenes; la prohibición de vender drogas no acaba con el tráfico ni con el consumo; la obligación de escolarizar no acaba con el analfabetismo; y la obligación de demostrar afecto tampoco acabará con el abuso emocional de los padres hacia los hijos. Pero hay gente que se queda más tranquila sabiendo que hay leyes para todo, que hay “alguien” que vela por nuestro bienestar y el de nuestros hijos. Hay gente que, sencillamente, prefiere no pensar. Porque pensar no es un acto reflejo sino que requiere un esfuerzo y es incómodo. Esa gente prefiere que alguien le diga qué puede y qué no puede hacer o, mejor, qué debe y qué no debe hacer. Así no tiene que tomarse la molestia de pensar, ni de decidir ni, Dios nos libre, de asumir las consecuencias de sus decisiones.



¡Y pensar que todavía hay algunos que opinan que el sistema educativo no funciona! Si vieran realmente adónde van a parar los impuestos que pagan, o de dónde salen las ayudas que reciben, o si vieran todas las leyes y normas varias que se aprueban todos los días, prohibiendo u obligando a las cosas más peregrinas, si vieran todo eso y actuaran en consecuencia al final los legisladores tendrían que dejarse de tanta chorrada y empezar a hacer bien su trabajo que es, de entrada, no aprobar más leyes de las estríctamente necesarias. Cuantas menos, mejor.

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