domingo, 27 de julio de 2014

Repensando la educación



Leer a Inger Enkvist fue como un bálsamo para mi mente. Al principio no me pareció muy interesante porque sólo hablaba de la escuela y a mi la escuela, ya saben, no me gusta mucho. Pero después llegué a la parte donde habla de pedagogía, de educación, de aprendizaje y de enseñanza. En una época en que lo que se lleva es decir que hay que fomentar la creatividad en los niños, que no hay que programar por objetivos, que no se debe imponer nada a los niños, es un alivio leer y escuchar a una persona como Inger. Primero, porque habla desde la doble experiencia como docente (de secundaria, bachillerato y universidad) y como investigadora. Segundo, porque habla de educación sin hablar de política. Y tercero, porque en el fondo no defiende más que la libertad y el sentido común. Y a mi la gente que defiende la libertad casi siempre me convence.


Leemos cada vez menos y peor. Tenemos una capacidad menguante de atención. Por eso triunfan los eslóganes en vez de las ideas. Por eso tienen más tirón Ken Robinson diciendo que la creatividad es más importante que la instrucción, o Maria Acaso diciendo que el conocimiento es subjetivo, que Inger Enkvist dando una larga y detallada explicación, con datos, sobre por qué es importante enseñar (y aprender) a usar la lengua con corrección. 

La nueva pedagogía que apela a los sentimientos y emociones es fácil de comprar. ¿Quién no va a querer que sus hijos sean felices? Ha tomado fuerza la idea de que no se puede imponer nada a los niños (y en cierto sentido estoy de acuerdo). La escuela es claramente una imposición, pero la educación no lo es. Pretender que tu hijo use correctamente el lenguaje no es una imposición. Le haces un flaco favor si le animas -como se hace en algunas escuelas- a usar la llamada “ortografía natural”. La ortografía es muchas cosas, pero no es natural. Es un artificio, una construcción humana con un propósito claro y loable: permitir la comunicación y el desarrollo del lenguaje y, por tanto, del pensamiento.

¿Por qué le enseñas a leer?” me decían con tono de reproche. “Los niños tienen que jugar”. Y es cierto, los niños tienen que jugar pero también es importante leer y leer bien. Y escribir bien y hablar bien. Para poder pensar bien.

Unos años después el reproche era: “¿por qué no le enseñas inglés? El inglés es muy importante y tú lo sabes”. Es cierto, el inglés es muy importante y a mi personalmente me ha abierto muchas puertas. Pero lo más importante es dominar el idioma propio que, en el caso de mi hijo, trae la dificultad añadida del bilingüismo. Aprende bien tu idioma, sea cual sea, trabaja la expresión oral y escrita y la comprensión lectora, aprende a pensar y te aseguro que después podrás aprender cualquier cosa que te propongas. Cualquiera. En eso estamos de acuerdo la Dra. Enkvist y yo y, hablando con ella, conseguí darle otra vuelta de tuerca a la cuestión. Cambié de opinión sobre el currículum educativo. Mi anterior posición, ya la plasmé en esta columna anteriormente y en más de una ocasión, era que si aceptamos que debe haber un sistema escolar, entonces debemos pedirle a ese sistema que, además de las asignaturas básicas, enseñe también otras materias que son más útiles para la vida. Cosas prácticas como el uso de las nuevas tecnologías o educación financiera y, desde luego, idiomas. Ahora creo que estaba equivocada. Creo que sería mejor que  se garantizaran las enseñanzas básicas, que el sistema hiciera todo lo posible por enseñar realmente a los jóvenes a usar el lenguaje y las matemáticas. En su idioma materno, a ser posible. Con eso tendrían las herramientas necesarias para funcionar bien en la sociedad y para aprender cualquier otra cosa que quisieran o necesitasen.

Ésa fue una de mis motivaciones para enseñar a mi hijo a leer cuando sólo tenía dos años. Que se convirtiera en un lector autónomo cuanto antes para poder acceder a cualquier tipo de información sin depender de nadie. No sólo acceder a la información sino también saber gestionarla, esto es, analizarla, criticarla y desechar aquello que fuera incorrecto o inútil para su propósito. ¿No debería ser éste el propósito de toda actividad educadora, dentro o fuera del sistema oficial?

No necesitamos informes como los de PISA para saber que los jóvenes salen de la escuela sin saber leer y escribir correctamente. Yo he tenido profesores en la universidad que no sabían escribir bien. Profesores de la carrera de Pedagogía, además. Su discurso muchas veces no era coherente porque no sabían razonar. Y no sabían razonar porque no sabían usar bien el lenguaje. Por eso no se salían nunca de la programación, del o que decía el manual y de lo que mandaba la universidad. No podías cuestionarles nada porque no eran capaces de responder. Eso sucede también en los institutos y en las escuelas de primaria. Es el sistema que se retroalimenta: profesores mediocres “educando” a los niños y jóvenes. Y si a alguno se le ocurre exigir el buen uso del lenguaje y, por ejemplo, suspender un examen por faltas de ortografía, se le llama como mínimo retrógrado y, muy posiblemente, fascista. 


Y no digo que la creatividad y el inglés y la felicidad de los niños no sean importantes, que lo son; pero también lo es la adquisición de determinados conocimientos. Porque dos más dos seguirán siendo cuatro por más creativos que nos pongamos. Y porque si yo escribiera este artículo como me diera la gana, porque me negara a someterme a las reglas ortográficas, a ustedes les costaría tanto entenderlo que probablemente no pasarían del primer párrafo. Así que, si ha llegado hasta aquí, querido lector, le agradezco el tiempo dedicado y le invito a reflexionar sobre lo expuesto.

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