lunes, 20 de octubre de 2014

El lugar de los niños




Siempre que haya que defender a los niños, allí estaré yo. Suelo recomendar, a quien me quiera escuchar, algunas pautas para tratar a los niños con respeto como ponerse a su altura para hablarles (físicamente, quiero decir, agacharse para mirarles de frente a la cara, no desde una posición de altura que puede resultar intimidante); no besarles ni abrazarles sin pedir permiso expreso (preguntándoles; a ellos, no a sus madres) o tácito (por ejemplo, abriendo los brazos para que se acerquen si quieren); no decirles cosas como “no ha sido nada” cuando se caen y lloran o cosas como que los Reyes Magos no les traerán regalos si se portan mal (para empezar porque el concepto de portarse bien o mal no siempre coincide en los niños y los adultos; y sobretodo porque es un chantaje).

Y sin embargo, cada vez que se desata la polémica cuando a alguien se le ocurre proponer algún tipo de negocio sólo para adultos (como los hoteles y los vuelos de avión sin niños) yo defiendo esa propuesta por la sencilla razón de que los niños tienen unas necesidades que en no pocas ocasiones son incompatibles con las de algunos adultos. Los niños necesitan moverse y a veces son incapaces de hablar en voz baja, mucho menos de estar en silencio. Y a veces algunos adultos necesitan esa calma y ese ambiente que con niños es imposible conseguir (también con algunos adultos, todo hay que decirlo).

La otra cara de la moneda es que corremos el peligro de apartar a los niños de la vida social y comunitaria a la que por naturaleza deben pertenecer. Lo que en principio era una intención loable, la de proporcionar a los niños espacios y experiencias especialmente pensados para ellos, se ha convertido en una peligrosa separación que desconecta a los niños de los mayores, de sus familias, de su comunidad, del lugar y las gentes con las que naturalmente debieran aprender y prepararse para la vida adulta. Ello ha resultado en una extensión artificial de la infancia más allá de lo razonable por lo que la entrada en la vida adulta es cada vez más tardía y más difícil.



Los que creemos que los niños deben estar integrados en la sociedad somos a menudo objeto de duras críticas y a veces tenemos dificultades para encontrar espacios que nos acojan a todos. Este pasado verano tuvimos la inmensa suerte de encontrar un campamento especialmente pensado para familias. Nuestros amigos Max y Susagna, autores del blog Familias en Ruta, organizaron un campamento de verano en el prepirineo catalán. Durante varios días convivimos un centenar de personas de todas las edades. Y si bien es cierto que hubo algunos actividades sólo para adultos eso no es sino la demostración de que hay que saber dar a cada uno lo que necesita en el lugar y tiempo adecuados. La mayoría de actividades eran para todos, indistintamente de la edad y, lo más importante, su participación era siempre voluntaria. Uno pudo haber ido al campamento y no participar en ninguna de las actividades organizadas, compartiendo sólo los tiempos de las comidas y de ocio libre, cosa que no sucede en los campamentos destinados específicamente a niños.

Acabado el verano seguimos con nuestra buena estrella y encontramos dos actividades extraescolares abiertas a todas las edades. Y no me refiero a que hubiera un grupo para cada edad, sino a que el grupo es una mezcla de edades. Estamos, por ejemplo, en un taller de pintura de la educación creadora en el que participamos cuatro adultos y seis niños de entre cuatro y nueve años.

Y no digo que los niños no necesiten, también, espacios para compartir entre ellos sin la eterna presencia (y vigilancia) de los adultos, pero creo que debemos repensar sinceramente cuál es el lugar que corresponde a los niños; o cuál es el lugar que estamos dispuestos a darles y por qué. Si vamos a seguir robándoles besos y abrazos y amenazándoles para que se porten “bien”. Y luego, seamos consecuentes y no nos quejemos de los adolescentes que tenemos y del tipo de adultos en que se están convirtiendo.



lunes, 6 de octubre de 2014

Desescolarizando a los maestros




A veces me quejo mucho, lo sé. A veces la gente se desanima cuando me lee porque no hago más que decir lo mal que va el país y el daño que hace la escuela y todo eso. Pero otras veces estoy optimista; otras veces me fijo en la gente que hace las cosas bien o que, al menos, lo intenta.



De esa gente quiero hablar hoy. De esa gente que intenta hacer las cosas bien dentro del sistema escolar, con lo difícil que es sortear todas las zancadillas, todas las barreras y todas las espadas de Damocles que el sistema pone a los profesores que intentan hacer las cosas de un modo diferente.



Tengo un curso de desescolarización, por si no lo sabían. Es uno de esos proyectos que prácticamente nacen y crecen solos. Y crece tanto que a veces no sé si podré abarcarlo. El caso es que el año pasado, antes de irme a recorrer América con mi hijo, publiqué un libro que se titula “Sin escuela”. Ese libro incluye un capítulo que se titula “La desescolarización interior”. Va de cómo los padres que no escolarizan a sus hijos tienen a uno de sus peores enemigos dentro de su propia cabeza: la escolarización mental y emocional. Es como esas cadenas de hierro con una bola al final, las de los presos, que todavía te permiten caminar pero hacen mucho ruido y te obligan a ir arrastrando un pie. La escolarización mental es igual: todavía te permite educar a tu hijo en casa, sin escuela, pero es un lastre que debes soltar para sacar el máximo provecho de la educación en casa.



Estuve a punto de no incluir ese capítulo en el libro, por varios motivos que no vienen el caso. Lo que importa es que lo incluí y, para mi sorpresa, fue uno de los mejor valorados por mis lectores así que me auto-piratee y lo publiqué íntegro en internet. Cuando volví de América tuve la feliz ocurrencia de convertir ese pequeño gran capítulo en un curso online y, de nuevo, la sorpresa. Pensé que, si se apuntaba alguien, serían madres que habían desescolarizado a sus hijos. Pero no. O sea, sí, pero también se inscribieron personas que no tenían hijos y profesores. ¡Profesores! Ése fue un gran reto para mi. Era como tener al enemigo llamando a la puerta de mi casa para ver el arsenal. Disculpen el símil bélico, pero realmente al principio me sentí así, descolocada, sin saber bien qué buscaban unos maestros de escuela en mi curso pensado para madres homeschoolers.



Su feedback fue algo que cambió para siempre la percepción que yo tenía del colectivo y, sobre todo, la idea de que los profesores que querían cambiar algo dentro del sistema estaban atados de pies y manos. Fui adaptando el contenido del curso a estos nuevos e inesperados participantes, que no dejan de acudir, tanto a los cursos online como a los talleres presenciales. De vez en cuando me cuentan cómo aplican todo lo que han aprendido conmigo en sus clases. De vez en cuando también me cuentan cómo eso les ha costado una reprimenda de su jefe de estudios o de su director, alguna amenaza velada. Pero lo más importante es que sus alumnos están satisfechos, están aprendiendo más y mejor y los profesores hacen su trabajo de una manera más relajada, sin estrés ni presión. Ninguno ha llegado -aún- al nivel del maestro John Taylor Gatto, que se coló en varios edificios oficiales de Nueva York con alumnos de 13 años haciéndolos pasar por jóvenes profesores. Me explico: una de las cosas que Gatto quiso que sus alumnos aprendieran son las formas sociales y la manera de llegar a las personas y de establecer relaciones. Quería que, especialmente sus alumnos del barrio de Harlem, aprendieran que de su apariencia y de sus modales podían depender muchas de las cosas que fueran a lograr en sus vidas, tanto a nivel personal como profesional. Así que, para cubrir la ratio alumno/profesor necesaria para acceder a determinados edificios públicos, hizo que varios de sus alumnos se hicieran pasar por profesores y, voilà, entraron en los edificios y los chicos aprendieron una valiosísima lección.