lunes, 6 de octubre de 2014

Desescolarizando a los maestros




A veces me quejo mucho, lo sé. A veces la gente se desanima cuando me lee porque no hago más que decir lo mal que va el país y el daño que hace la escuela y todo eso. Pero otras veces estoy optimista; otras veces me fijo en la gente que hace las cosas bien o que, al menos, lo intenta.



De esa gente quiero hablar hoy. De esa gente que intenta hacer las cosas bien dentro del sistema escolar, con lo difícil que es sortear todas las zancadillas, todas las barreras y todas las espadas de Damocles que el sistema pone a los profesores que intentan hacer las cosas de un modo diferente.



Tengo un curso de desescolarización, por si no lo sabían. Es uno de esos proyectos que prácticamente nacen y crecen solos. Y crece tanto que a veces no sé si podré abarcarlo. El caso es que el año pasado, antes de irme a recorrer América con mi hijo, publiqué un libro que se titula “Sin escuela”. Ese libro incluye un capítulo que se titula “La desescolarización interior”. Va de cómo los padres que no escolarizan a sus hijos tienen a uno de sus peores enemigos dentro de su propia cabeza: la escolarización mental y emocional. Es como esas cadenas de hierro con una bola al final, las de los presos, que todavía te permiten caminar pero hacen mucho ruido y te obligan a ir arrastrando un pie. La escolarización mental es igual: todavía te permite educar a tu hijo en casa, sin escuela, pero es un lastre que debes soltar para sacar el máximo provecho de la educación en casa.



Estuve a punto de no incluir ese capítulo en el libro, por varios motivos que no vienen el caso. Lo que importa es que lo incluí y, para mi sorpresa, fue uno de los mejor valorados por mis lectores así que me auto-piratee y lo publiqué íntegro en internet. Cuando volví de América tuve la feliz ocurrencia de convertir ese pequeño gran capítulo en un curso online y, de nuevo, la sorpresa. Pensé que, si se apuntaba alguien, serían madres que habían desescolarizado a sus hijos. Pero no. O sea, sí, pero también se inscribieron personas que no tenían hijos y profesores. ¡Profesores! Ése fue un gran reto para mi. Era como tener al enemigo llamando a la puerta de mi casa para ver el arsenal. Disculpen el símil bélico, pero realmente al principio me sentí así, descolocada, sin saber bien qué buscaban unos maestros de escuela en mi curso pensado para madres homeschoolers.



Su feedback fue algo que cambió para siempre la percepción que yo tenía del colectivo y, sobre todo, la idea de que los profesores que querían cambiar algo dentro del sistema estaban atados de pies y manos. Fui adaptando el contenido del curso a estos nuevos e inesperados participantes, que no dejan de acudir, tanto a los cursos online como a los talleres presenciales. De vez en cuando me cuentan cómo aplican todo lo que han aprendido conmigo en sus clases. De vez en cuando también me cuentan cómo eso les ha costado una reprimenda de su jefe de estudios o de su director, alguna amenaza velada. Pero lo más importante es que sus alumnos están satisfechos, están aprendiendo más y mejor y los profesores hacen su trabajo de una manera más relajada, sin estrés ni presión. Ninguno ha llegado -aún- al nivel del maestro John Taylor Gatto, que se coló en varios edificios oficiales de Nueva York con alumnos de 13 años haciéndolos pasar por jóvenes profesores. Me explico: una de las cosas que Gatto quiso que sus alumnos aprendieran son las formas sociales y la manera de llegar a las personas y de establecer relaciones. Quería que, especialmente sus alumnos del barrio de Harlem, aprendieran que de su apariencia y de sus modales podían depender muchas de las cosas que fueran a lograr en sus vidas, tanto a nivel personal como profesional. Así que, para cubrir la ratio alumno/profesor necesaria para acceder a determinados edificios públicos, hizo que varios de sus alumnos se hicieran pasar por profesores y, voilà, entraron en los edificios y los chicos aprendieron una valiosísima lección.