sábado, 24 de enero de 2015

Evidentemente, yo nunca fui a la escuela





"Me llamo André, soy un niño, no como caramelos y no voy a la escuela". Así se presentaba André Stern cuando era pequeño. Lo cuenta en su libro "Yo nunca fui a la escuela". Él dice que no es un libro autobiográfico sino un testimonio. Lo leí en diciembre y no me gustó, me encantó, porque siempre he creído que la mejor defensa de la no escolarización son este tipo de testimonio. Da igual cuantas teorías tengamos; el mejor argumento son los resultados.


Iba a escribir una reseña y decir que es un libro fácil de leer, que defiende bien la educación sin escuela pero sin entrar en polémicas, que cuenta anécdotas ilustrativas de cómo los niños educados en casa socializan, de cómo se puede aprender a leer y a escribir sin que nadie te enseñe, de cómo la educación sin escuela te deja mucho tiempo libre para explorar cualesquiera que sean tus intereses y pasiones y todo eso. Pero prefiero dejaros simplemente unos extractos del libro, que podéis comprar pinchando en los enlaces de abajo. Sólo voy a comentar una cosa que me llamó la atención: la cantidad de veces que utiliza el adverbio "evidentemente" para referirse a cosas que, para la mayoría de la gente, no son nada evidentes. Pero no pierdo la esperanza de que en un futuro no muy lejano, lo sean.





"Recuerdo mis días, hechos de encuentros y de juegos, como un fluido próspero a salvo de pruebas. Esa era, ciertamente, la clave: yo era un niño feliz y lleno de entusiasmo. Aprendizaje y juego eran para mí sinónimos... Yo era un niño feliz y mi horario era apacible y hermoso"



"Nunca he desdeñado a los que creen en la norma, pero nunca he intentado parecerme a ellos. Su omnipresencia no altera el rumbo de mis pasos, y nadar contracorriente no me da miedo. Cuando nado contra ella es por convicción, con un objetivo definido, y no por principio."

"Muchas veces mamá me señalaba que a mis textos les faltaban tildes y signos de puntuación. Yo permanecía hermético a esas observaciones, hechas sin insistencia, con la confianza de que llegaría un momento en que yo naturalmente pondría acentos y comas. Un día, durante uno de esos largos veranos que pasábamos en Lezan en casa de mis abuelos, nuestro amigo apicultor [...] se puso a leer en voz alta mi cuaderno de reflexiones sobre la dinanderie. Sinceramente interesado, me dijo, al final de una lectura a la que yo asistí sin perder ni una palabra: "Está muy bien, es muy interesante este libro, sólo le faltan los acentos y las comas...". Desde ese día no le han vuelto a faltar tildes ni comas a mis textos... algo había hecho clic."

"Además de estas actividades semanales de estructura rigurosa estaban todas las demás horas, las horas "improvisadas".

Estas estaban llenas de tal cantidad y tal variedad de preocupaciones y actividades que no creo que se pudiera hacer un inventario exhaustivo de ellas. Además, ciertos procesos de aprendizaje son interiores y permaneces invisibles, tanto a los ojos del protagonista como a los de los que están a su alrededor."

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