jueves, 8 de enero de 2015

Teleología de la escolarización


No importa cuántas horas y cuánta energía dediquemos a debatir sobre el estado del sistema escolar; nada va a cambiar (no para bien, al menos) mientras no tengamos claro cuál es el objetivo de las escuelas. El objetivo no es el mismo para los distintos gobiernos, ni para todos los profesores, ni para todos los padres.

Hay quien cree (cada vez menos) que la escuela es la institución dedicada a la transmisión del conocimiento. Otros creen que lo fundamental es aprender a socializar y a integrarse en la sociedad. Para otros lo más importante es el bienestar y la felicidad del niño, a lo que se suelen referir como desarrollo integral. Otros creen que la escuela debe enseñar valores (en lo que no se ponen de acuerdo es en determinar qué valores son esos que deberían enseñarse). Para otros, siguiendo a Dewey, lo fundamental es aprender a aprender, así que el sistema debe enfocarse en la metodología.

El constante tira y afloja entre estas diferentes concepciones de lo que la escuela es y debe ser, añadido a la triste realidad de que muchos de los agentes implicados no tienen clara cuál es su propia posición en el asunto, ha convertido al sistema escolar en un refrito de ideas y teorías de imposible aplicación práctica, resultando en grave perjuicio para los niños y jóvenes que salen de la escuela creyendo que saben cosas que no saben. Por ejemplo, no saben leer, no saben hablar y no saben pensar. De escribir no digo nada, porque es una consecuencia de todo lo anterior y ahí está internet para atestiguar la realidad.

Los humanos construimos el conocimiento sobre las bases de nuestro conocimiento previo y lo hacemos en dos fases. La primera es la percepción: percibimos cosas a través de los sentidos. Para ello no hace falta seguir ningún método, no hace falta que haya un orden ni una estructura. Lo que nos diferencia de los animales es que somos capaces de organizar toda la información percibida en la primera fase y convertir una multiplicidad de cosas concretas en una unidad conceptual. Este proceso se llama abstracción y la herramienta que usamos para llevarlo a cabo es el pensamiento. Pensar sí requiere seguir un orden y una estructura. Pensar no es un acto aleatorio ni espontáneo.

El primer elemento necesario e imprescindible para poder pensar es el lenguaje. Quien no domina el lenguaje no será capaz de desarrollar un pensamiento lógico, de determinar la validez o la falsedad de un argumento, de detectar falacias y errores ni, en definitiva, de expresarse. Asistí atónita a un debate entre adolescentes cuya respuesta para casi todo era “estoy de acuerdo” o “no estoy de acuerdo” o “me gusta” o “no me gusta” o “no lo sé”. Eran incapaces, en su mayoría, de explicar de modo racional y con argumentos por qué estaban de acuerdo o en desacuerdo con las cuestiones planteadas. En algunos casos no podían hacerlo simplemente porque les faltaban datos. No conocían los hechos objetivos y por tanto les era imposible extraer conclusiones.

La escuela actual se enfoca tanto en el concepto de “aprender a aprender” que los niños se pasan la vida aprendiendo a aprender y no llegan a aprender ni siquiera eso. Es como pasarse los años leyendo libros sobre equitación sin llegar a subirse nunca a un caballo. El concepto de “competencias”, encomiable en un principio, se ha desvirtuado al inclinarse con terquedad hacia el “saber hacer” y el “saber ser” olvidando casi por completo el “saber”.

Claro que a lo mejor estoy cometiendo un error de juicio. A lo mejor lo que la sociedad quiere (si es que la sociedad fuese un ente con voluntad propia) no es que los niños aprendan a pensar. A lo mejor aún hay profesores que no quieren ser otra cosa que una suerte de Wikipedia con patas; y profesores que sólo quieren un trabajo y un sueldo fijos, y les daría igual que fuese éste o cualquier otro; y padres que sólo quieren un parking barato donde colocar a los niños por largas horas; y padres que quieren que la escuela enseñe valores y “educación emocional” a sus hijos; y padres que quieren que la escuela sea el lugar donde los niños expresan libremente su personalidad y desarrollan su creatividad; y gobiernos que reducen la cuestión a un asunto económico y a una lucha de poderes. Es por eso que los “debates” no son debates y que cada grupúsculo está enrocado en su posición, exigiendo al de enfrente que ceda en sus pretensiones, sin darse cuenta -tal vez porque a nadie interesa- de que sus objetivos están tan alejados entre si que es imposible el debate, la comunicación y mucho menos el pacto.


Tal vez por eso la única solución es la libertad. Quitar al gobierno de la ecuación y que padres y profesores se asocien según sus preferencias, intereses y objetivos.



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