jueves, 5 de febrero de 2015

Las flores del Sr. Ministro




Un llamativo titular ha saltado a las portadas esta semana: “Wert elimina del Bachillerato el estudio de los animales y las plantas”. Las críticas no se han hecho esperar (los insultos de fascista, tampoco) y hay quien asegura que es muy importante que los niños tengan una oportunidad de acercarse al conocimiento y respeto por la naturaleza. Se ha dicho que esto es dar un “paso atrás” y que están convirtiendo a las escuelas en fábricas de ignorantes (como si hasta ahora hubieran sido fábricas de mentes prodigiosas). Casi todo el mundo ha puesto el grito en el cielo sin plantearse cuál es realmente el problema de fondo.

En primer lugar, no estamos hablando de niños sino de jóvenes -prácticamente adultos- que cursan Bachillerato y que ya han estudiado los animales y las plantas en Primaria y Secundaria. En segundo lugar, pasar de estudiar biodiversidad a estudiar teoría celular, genética molecular o bioquímica es un cambio, sí, pero no un paso “atrás”.

Pero lo más importante es que en este país no existe un auténtico debate en torno a la educación. Existe un enfrentamiento entre varias partes que, en el mejor de los casos, quieren imponer su propio modelo educativo y, en el peor, simplemente adoptan una actitud de oponerse a cualquier cosa que el otro proponga. Algunos incluso utilizan un lenguaje bélico para referirse al supuesto debate. Pelean por la lengua vehicular, por la religión, por el número de horas de matemáticas, por la música, por el contenido de la asignatura de historia y un sinfín de nimiedades que no se acercan ni de lejos a la cuestión de fondo que es ésta: ¿Quién tiene legitimidad para decidir qué cosas debe aprender un niño (o joven casi adulto), y para decidir cómo y cuándo debe aprenderlas?

En realidad el problema se genera por la hipertrofia del sistema escolar que, al crecer desproporcionadamente, ha perdido de vista su objetivo original, que era alfabetizar a la población. Enseñar a leer y a escribir (y “leer” no significa juntar letras y palabras, sino comprender aquello que se lee y ser capaz de analizarlo), enseñar nociones básicas de aritmética y proporcionar una base de cultura general. Con eso cualquiera puede desempeñarse bien en la vida y continuar formándose si así lo desea o necesita. En todo lo demás es imposible lograr un acuerdo.


Imagine una enorme pared con un millón de azulejos. Imagine que esa pared representa todo el conocimiento humano, que hemos adquirido a lo largo de muchos siglos. Ahora imagine que llega Wert con una vara y señala 15 de los pequeños azulejos que conforman la pared anunciando que, a partir de ahora, ése va a ser el conocimiento que todos los niños de 6 a 16 años deberán adquirir obligatoriamente. Acto seguido, aparece un representante del partido socialista, señala otros 20 azulejos y exclama: “¿Cómo es posible que el Señor Ministro quiera dejar fuera estos 20 azulejos tan importantes?”. Pero luego llegan los profesores de música y reclaman sus siete azulejos correspondientes. Y continúan llegando profesores, políticos, padres, tertulianos, ciudadanos y un largo etcétera, cada uno reivindicando la porción de azulejos que más importante le parece, por el motivo que sea.

Y esto es lo que está sucediendo. En vez de tener un auténtico debate sobre cuál debe ser el objetivo de la educación, sobre cuáles los principios que la informan y sobre la multitud de métodos pedagógicos que existen, lo que hay es una pelea de patio de colegio por ver quién impone su modelo y quién consigue meter la pata dentro del currículum.

La solución, en realidad, está en la mano de cada uno. Sé el cambio que quieres ver en el mundo, decía Ghandi. Es una frase muy bonita y muy fácil de compartir en Facebook pero muy difícil de aplicar en la vida. Alguien me decía que quería una escuela pública pero en la que el poder de decidir lo tuvieran las familias. Eso es una contradicción de términos. En la democracia representativa, el poder de decisión lo ejerces en las urnas. Después, quien decide es el gobierno.