jueves, 14 de mayo de 2015

Violencia obstétrica: una y no más


Atención: post no apto para personas sensibles. Dedicado a las mujeres que no saben parir.


He tardado 10 años en poder decirlo y escribirlo. Diez años de sentirme culpable e inútil. Diez años de investigación, de muchas lecturas, de aprender y de reconciliarme conmigo misma. Diez años para entender y asumir que yo, en ese momento, no tenía información ni apoyo para hacer algo diferente de lo que hice.

¿Y qué fue lo que hice? Confiar ciegamente en los médicos. Creer que ellos eran los que sabían y no yo. Creer que eran ellos quienes tenían que tomar las decisiones. Pero estaba embarazada, no enferma.

Ahora que vuelvo a estarlo y que estoy logrando un embarazo respetado y suspirando por un parto igualmente respetado, mi gata también ha parido. Y me pregunto: ¿por qué todo el mundo me ha aconsejado dejar a la gata en paz porque "ella sabe lo que tiene que hacer"? ¿Por qué todo el mundo da por hecho que su parto va a ir bien, que va a ser capaz de parir, cuidar y alimentar a su crías? Pero sobre todo ¿por qué la gente no da lo mismo por hecho cuando se trata de una mujer y no de una gata?

En el parto de mi primer hijo me cascaron una maniobra de Hamilton sin avisar, sin informar y, desde luego, sin preguntar. ¿No sabes lo que es eso? No te preocupes, yo tampoco lo sabía. Sólo es una maniobra desaconsejada por la OMS para provocar el parto cuando éste no comienza de forma natural.   Te meten un par de dedos en la vagina y separan las membranas que rodean al bebé del cuello del útero. Es molesto, doloroso y humillante. Al menos así lo viví yo, porque nadie me avisó, nadie me explicó qué estaban haciendo, y no lo supe hasta varios años después.

Tumbada boca arriba en la camilla me separaron las piernas de un modo poco gentil y me pusieron un enema. De nuevo, sin informar, sin preguntar, sin avisar. 

Después repitieron la jugada. Esta vez, para rasurarme sin previo aviso. Yo no entendía nada. Nadie me había contado que te hacían todas esas cosas para que pudieras parir. ¿Cómo ha sobrevivido nuestra especie durante tantos siglos? Es incomprensible.

Para monitorizar la frecuencia cardíaca del bebé me ataron unos cinturones y me impidieron moverme con libertad durante casi 8 horas. Algunas mujeres cuentan que, además del cinturón, las atan de manos a la cama. A lo mejor tengo que dar gracias porque no me hicieron eso. Pero a mi el cuerpo me pedía moverme. Me dolían muchísimo las contracciones provocadas por la oxitocina sintética y, obviamente, pedí la epidural. De todo el "pack" de intervenciones es lo único que pedí y que realmente quería. Quería porque desconocía, porque el resultado fue que me insensibilizó medio cuerpo, de modo que yo no sentía nada de cintura para abajo. No sentía a mi bebé, no sabía dónde estaba. Y, por eso, los pujos tuvieron que ser dirigidos. La matrona me avisaba cuando "tocaba" empujar y yo lo hacía porque soy muy obediente, no porque mi cuerpo me lo pidiera. Porque ¿qué va a pedir un cuerpo anestesiado? Entretanto, la mujer aprovechó para preguntarme "si no me habían enseñado nada en las clases de preparación al parto". Y como el niño no salía, se subió encima de la cama y me regaló una maniobra de Kristeller, también sin avisar y sin pedir permiso. Es otra de esas cosas que la OMS desaconseja y que las gatas no necesitan. Pero, claro, las mujeres que no sabemos parir sí las necesitamos.

Otra palabra que aprendí después de esa experiencia es "episiotomía". Una cosa que no supe que me habían hecho hasta que me dijeron que iban a coserme. Creo que les dio tiempo a sacarse un máster en punto de cruz, y se negaron a decirme cuántos puntos me ponían.

De lo que vino después no voy a hablar porque casi le costó la vida a mi hijo, que pasó su primera semana en una incubadora en la que, con sus más de cuatro kilos de peso y sus 52 centímetros de longitud, apenas cabía.

Tuve la "suerte" de tener una lactancia exitosa y un niño sanísimo. Tuve la suerte de vivir en la era de internet y poder informarme, tarde pero bien, de todo lo que había sucedido en el hospital. Y por eso yo, que no me gustan los "días de", todos los años me uno a la Revolución de las Rosas, al día internacional contra la violencia obstétrica, para que ninguna mujer pase por lo que yo pasé. Para que, si un día tengo hijas, ellas puedan tener partos respetados y disponer de toda la información necesaria para no ser víctimas de la violencia obstétrica como tantas lo hemos sido.

Han pasado diez años y sólo quedan unos meses para mi segundo parto. Esta vez estoy informada.  Esta vez sé lo que quiero y lo que no quiero. Sé lo que no voy a admitir bajo ninguna circunstancia y sé que aquella matrona no tenía razón cuando me hizo creer que algunas mujeres no sabemos parir. Esta vez no tengo miedo.





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