martes, 21 de julio de 2015

Educar a hijos de edades diferentes, por Liliana Castro


Cuando nazca mi segundo hijo, el mayor tendrá 10 años. Es una diferencia de edad muy considerable, por eso llevo una temporada hablando con madres de hijos que se llevan muchos años. Una de ellas es Liliana Castro, quien ha accedido a publicar aquí su testimonio.


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Hola, mi nombre es Liliana Castro.



Soy madre de tres, reciente unschooler, o más claro, desescolarizada.



Fui convocada por la querida Laura, para contarles cómo es esto de educar a hijos con edades tan diferentes.



Ellos tienen 24, sí, ¡años!, 21 y 10 respectivamente.



La verdad es que no sabía cómo empezar esta historia, y todavía creo aun no saberlo, a pesar de que ya lo hice.



Eso sí, puedo contarles como fue en mi caso.



Fui mamá a los 3 años de terminar mi secundaria. Con el papá de Gabriel y Paulino, nos casamos a mis 19, enamoradísimos y llenos de ganas de formar una familia, si era numerosa, mejor.



Pasé mi infancia creyendo que mis padres eran muy mayores para mi edad, por algunos sinsabores que viví, cosa que hacía que yo los viera poco o nada agiornados, y fundamentalmente no me entendieron casi nada. Y me formé la idea de que a los niños no les gustan los padres viejos. -Ya sé, una taradez, pero estaba convencida-. 



Siendo como desde niña muy curiosa y amante de la TV como compañía, no me perdía programa ni sección de pediatría, psicología, o de todo experto en temas de maternidad, límites, alimentación sana y todo lo que tiene que ver con la crianza de los niños. Pasando por el Dr. Socolinsky, hablando de la mentira del empacho y del mal de ojo, de alimentación saludable, hasta algún psicólogo refiriéndose a casos emblemáticos en Argentina de la época respondiendo sobre cómo prevenir casos de abuso sexual. Y solo les doy un par de miles de ejemplos más.



Hasta el día de hoy continúo en esa línea, de informarme muchísimo, buscando en las fuentes que a mi criterio son las más confiables para cada caso. Así que podría decirles que tengo casi 25 años de carrera en “crianza de hijos varones”, aunque los últimos 10 años la misma se aceleró gracias a la multilplicación de los recursos, que se volvieron infinitos, por los giros de la vida que me llevaron a especializarme en cada tema que nos involucraba. Para empezar, hace unos 10 años comencé a disfrutar del placer de la lectura, sin dejar de ser muy fanática del cine y las series. Lo practico tanto con libros en papel como vía internet.



Para qué negarles que muchas de mis lecturas devenían de inquietudes, otras veces de preocupaciones por alguna dificultad u obstáculo que aparece ante alguna conducta que ante mis ojos (aclaro que en aquel momento miraban como era yo: exigentes y estructurados) veía en ellos. Muchas otras por mera curiosidad y afinidad con la Psicología, con el fin de pulir mis acciones para su bienestar y así lograr que lleguen a ser personas de gran humanidad.



Así transcurrió la infancia de Gabriel y de Paulino, en un barrio de edificios, con plazas y espacios verdes diseminados, donde desde mi ventana podía verlos jugar…hamacas, toboganes, bicicleta, y más niños, con una libertad cuidada, y yendo al jardín de infantes y luego colegio, con las arduas jornadas infaltables e infinitas de la tarea en casa. Esto último considerado por mi al principio la única opción, y luego, a medida que se hacía enorme trabajo en casa y casi nada en los colegios, uno de los enormes garrones (como decimos en Buenos Aires) para padres e hijos. De colegios y tareas fueron desilusionándose, según analizo recién ahora, pues desde sala de 3 iban felices, y a medida que pasaban los años se fue perdiendo la magia, entre otras cosas muy básicas.



Recuerdo una anécdota que ocurrió en la primera adolescencia de Gabriel e infancia de unos sobrinos, donde yo les preguntaba –¿les gusta el cole? Ellos respondían sonriendo que sí. Y Gabriel les dijo: - Ya les va a dejar de gustar… ¿Qué tal? Y les confieso que así fue, menos con la nena, pero los dos varones dejaron de gustar del cole, como bien dijo Gabriel. Premonitorio hasta para mí, a quien le fascinaba el colegio desde la propia sala de 3. Eso de que me gustaba tanto, entre otras cosas lo atribuyo a un poco de ganas de despegar de problemas en casa y a mi espíritu competitivo y celoso, alimentado seguramente sin maldad por mis adorables seños y por mis padres: “Sos de las 2 mejores” “sos de las 3 mejores” “sos la mejor”. Anécdota: “mayor puntaje en el examen de ingreso a la secundaria, entre 180 aspirantes”…y así me fue a nivel soberbia y sus consecuencias.



Creo que es terrible para una persona soberbia encotrarse con los obstáculos que la vida te presenta. No lo es tanto para alguien a quien la humildad se le enseña desde pequeño. Este último no fue mi caso.



Así tuve que ir a terapia a mis 24 años, donde entre millones de cosas descubrí que ese pozo depresivo profundo en el que estaba, entre otros factores estaba impreso por mi perfeccionismo.



Ahora bien, saltearé épocas… si hace 15 años se cambió el chip de mi filosofía de vida que hasta el momento era muy…¡muy! estructurada, hace 11 me recibí de lo que yo llamaría “persona capaz de patear su propio tablero”. Aunque muchos le digan loca, que por cierto hoy ya lo siento como un halago.



A ver, nos conocimos con Marcelo, el papá de Lucca, mi pareja desde hacen 10 años y medio.



Gabriel y Paulino ya me buscaban novio, y cuando lo conocieron pegaron la mejor.



A partir de nuestra amistad, preguntaron si nos íbamos a poner de novios, y a partir de que sucedió, si iba a vivir con nosotros, y sin tiempo a responderles por completo, si íbamos a tener un hermanito…así de espontáneos y alegres. Siempre quisieron un tercer hermano, no me pregunten por qué. Además les cuento que a mis 3 hijos siempre les gustaron los bebés.



Cuando Lu nació creo que para sus hermanos fue amor a primera vista, pelearse por hacerle upa y por darle la mamadera era parte de lo cotidiano. Tenían 14 y 11 años respectivamente.





Y Laura me solicita hoy que cuente cómo es ser madre de tres varones de tan dispares edades…



Y puedo decirles: son muy ¡muy! diferentes, y yo fui siendo con cada uno muy diferente también.



Porque cada uno me enseñó alguna cosa, que con el siguiente vi que no funcionaba. Y también algunas otras que volvía a poner en práctica entre uno y otro y sí funcionaban en ambos casos. Igualmente hoy por hoy me doy cuenta de que nunca aprenderé lo suficiente para mi curiosidad. 



Pero hay algo que recién aprendimos cuando Lucca tenía 3 años: todos tenemos tiempos diferentes, pero literal, infinitamente diferentes, y por lo tanto tenemos necesidades diferentes. Tenemos talentos, inquietudes, fortalezas, habilidades y experiencias totalmente diferentes unos de otros, todos y cada uno de los seres humanos sobre la Tierra. Lo aprendimos a partir de llantos de los 4, cuando nos dijeron que “era” diferente. Fue una pesadilla, que es para otro relato, de la cual salimos progresivamente, juntos y con la compañía y el sostén amoroso de su neurólogo, sus fonoaudiólogas, su psicóloga y su psicopedagoga. Por supuesto también con la contención de mi psicóloga, su amor y su paciencia. Pero además con toda la información que no solo leí, vi, escuché, sino que DEVORÉ. Hoy Lucca tiene su alta, ya se cumplieron ni sé cuántos años de que la obtuvo, porque no recuerdo si fue en 2011 o en 2012, pero tampoco me preocupa.





Y yo, su mamá, estoy comprometida de por vida a brindarles a los tres mi paciencia (confieso que más reciente de lo que me gustaría), mi compañía, mis conocimientos, además de mi amor enorme. Pero principalmente a transitar junto a ellos el camino para llegar hasta el infinito de la felicidad de cada uno.




Cada niño se educa no solo de su mamá (cosa que en mi idilio con Gabriel y Paulino creí fervientemente), sino de su papá, de su hermano, primos tíos, abuelos y entorno en general.


Cada niño aprende de cada miembro de su familia, pero además enseña a cada miembro de su familia algo. Pero gente, ese algo es muy pero muy valioso, porque tiene una dimensión enorme, tal vez infinita. Como cada persona con la que uno se relaciona, que puede imprimir en nuestra vida muchísimo de su propia humanidad. 



Tal vez en algún momento tendí a generalizar, por eso les pido que sepan que solamente hablé de nuestra historia, de la de nuestra familia.





Y además un favor muy personal: que me envíen preguntas, porque estoy segura de que algo falta, siempre, cuando se trata de “contar” aunque sea parte de la vida de las personas.


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Para contactar con Liliana: Unschoolers en Argentina (Facebook)