viernes, 4 de marzo de 2016

No son proyectos, es unschooling



Cada vez me resulta más difícil explicar qué es el unschooling,  cómo se hace y cómo funciona. Lo tenemos ya tan integrado en nuestra vida que me cuesta encontrar palabras para que los que no son unschoolers, y sobre todo los que están altamente escolarizados, me entiendan. Es como si viniera un alienígena y nos preguntara qué se siente al respirar o qué se siente al ser humano. ¡Sería muy difícil de explicar!

Me preguntan, por ejemplo, si la visita cultural que hacemos cada semana nos sirve de base para hacer un proyecto. La respuesta es no. Esto no es aprendizaje basado en proyectos sino aprendizaje integrado en la vida.

Hacemos una visita cultural cada semana porque nos gusta y nos apetece. Y tener una periodicidad nos ayuda a organizarnos. Es práctico para nosotros, eso no significa que otros tengan que hacerlo. Si te planteas hacer unschooling, por favor, ¡no copies lo que yo hago! Busca lo que funcione mejor para tu familia. ¿Qué os interesa? ¿Qué os motiva? Prueba y desecha cuantas ideas hagan falta. ¿Tenías una idea estupenda y no ha salido bien? ¿No ha sido tan divertido como pensabas? ¿Tus hijos -o tú, o todos- se han aburrido soberanamente? ¡No pasa nada! ahora ya lo sabéis y no tenéis por qué repetir.

Algunas familias -homeschoolers o no- cuando van a hacer alguna de estas salidas que llamamos "culturales" (visitar un museo, una exposición, una actuación, etc) la preparan antes. Buscan toda la información que pueden sobre el evento y sobre el tema. Anotan preguntas que piensan que después de la visita sabrán responder. Incluso pueden buscar un cuaderno pedagógico específico (la exposición sobre Julio Verne, por ejemplo, tenía materiales de este tipo, y también el Museo del Prado tiene materiales especialmente diseñados para que los niños "trabajen" lo que allí van a ver). Y después de la visita continúan trabajando sobre el mismo tema durante varios días o semanas. Su tarea culmina con la plasmación del trabajo en algún formato para su archivo.


En la mezquita de Córdoba, haciendo "travelschooling"


Nosotros no hacemos nada de todo esto. En primer lugar, porque nos gusta dejarnos sorprender. Nos gusta hacer este tipo de visitas teniendo la mínima información sobre el evento y sobre el tema. Nos basta, por ejemplo, con saber cuál es el horario de la exposición sobre el Titanic, que es apta para niños y que se recomienda el uso de la audioguía. No necesitamos más.

Al salir, solemos tener una conversación sobre lo que hemos visto: qué nos ha sorprendido, qué nos ha gustado, qué habríamos hecho de otra manera si hubiéramos sido nosotros los responsables de organizar el evento, qué no hemos entendido bien, etc. Pero no es un cuestionario preparado de antemano. Es una conversación informal, espontánea y sincera.

O a lo mejor no hablamos porque es tarde y sólo podemos pensar en qué vamos a comer. Pero, sea como sea, esas visitas siempre dan pie a ulteriores conversaciones, preguntas y debates, que no son actividades organizadas ni temporizadas. Puede que pasen días, semanas o incluso años, pero todas las actividades que hacemos vuelven a nuestra memoria -y a nuestras conversaciones- cuando nos encontramos con algo que podría estar relacionado de algún modo con aquello que vimos o que hicimos. Uno nunca sabe cuándo aparecerá de nuevo una cuestión. Puede suceder -y de hecho sucede-en cualquier momento. Como si fueran el Guadiana, los temas van y vienen, pero siempre vuelven y van tejiendo una red inmensa de cuestiones interconectadas.

Uno sabe que se ha desescolarizado cuando organiza una de estas visitas culturales y no se preocupa en absoluto porque el niño no haga comentarios ni preguntas. O porque directamente diga que no le ha gustado. O que no le ha interesado. Cuando ya no necesita tener un listado exhaustivo de todo lo que se aprende -o se podría aprender- a partir de cada visita que se haga.